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Unas palabras con el más allá

Sentí cómo ella tomaba mis manos entre las suyas y con una voz suave y dulce me susurró al oido unas cálidas palabras de mamá.

24 de septiembre de 2012 - 06:13 p. m.
Pía Granados / Pía Granados
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Si algún día se me apareciera el genio de la lámpara maravillosa con la intención de concederme un deseo, yo simplemente le pediría que me llevara hasta el otro lado de la vida, a ese a donde se van todos los que abandonan el plano terrenal con la condición de que me regresara de nuevo. Tal vez no sea yo la única que quiera descifrar de una vez por todas ese enigma, tal vez no sea yo la única curiosa por saber qué hay detrás de ese gran telón donde se esconde la muerte.

Mi madre se despidió de la vida cuando yo tenía 14 años y como en aquella época, por los años 80 todavía se velaban los muertos en casa, su cuerpo reposaba en la mitad de la sala mientras una procesión de familiares, vecinos y allegados elevaban plegarias por su eterno descanso y lamentaban la pérdida de un ser tan especial como ella.

Ese llamado obligatorio lo recibió una tarde de mayo días después de que agradecíamos al cielo y a la vida la bendición de tener una madre aunque sabíamos que la llama de su vida ya se estaba extinguiendo. Ella dejó su último suspiro en mi lecho.

Recuerdo que su cuerpo estaba completamente amortajado en un cajón y un par de velones en las esquinas del salón le iluminaban el rostro que apenas se alcanzaba a ver por la pequeña ventanilla de ese ataud que separaba la muerte de la vida. La escena me producía tanto miedo que yo apenas me arrriesgaba a verla de reojo a través del descanso de la escalera que comunicaba con el segundo piso de la casa y aunque evadía apuntarle una mirada fija, pareciera que ella se negaba a pasar inadvertida.

Una de mis tías, la última en llegar a la casa antes de que mi madre cerrara los ojos para siempre, tenía un hijo pequeño que apenas estaba conociendo el mundo. En un momento en que yo caminaba por un limbo entre el miedo y la oscuridad, mi tía me tomó por sorpresa para que acompañara a su hijo pequeño en la habitación de mi abuela materna que vivía con nosotros, mientras ella bajaba al salón de la casa a unirse a los demás que a esa hora repetían las letanías tradicionales en ese tipo de ocasiones.

Imagino que estábamos cerca de la media noche. Mi primito hacía todo lo posible para evitar dormirse e intentaba fugarse de la habitación, pero yo, jugando a la mamá manipuladora le prometía una y mil cosas para convercerlo de continuar conmigo. En un momento de profundo silencio, tal vez cuando el sueño ya nos estaba venciendo, la voz de mi madre se salió de alguna manera de su cuerpo amortajado y llegó hasta mis oídos. El dolor de la agonía que escuché tantas veces cuando su cuerpo ya no soportaba más la vida llegó claramente hasta la habitación donde yo estaba. No lo podía creer.

Traté de descifrar ese extraño suceso que no tardó más de un par de segundos pero mil pensamientos se me atravesaron sin darme una explicación clara. Se estaba despidiendo de mi? Esa es la respuesta que me he dado durante años, pero, y porqué esa sensación de miedo? Porqué no hubo un momento de intimidad entre madre e hija para cerrar ese capítulo sin temores ni escalofrios?

Ella murió de una enfermedad terminal y sus últimos días fueron desgastantes por un atormentante dolor físico que expresaba con fuertes lamentaciones, algo que nos conmovía a todos en la casa. Mi hermana mayor que no se despegaba de mi madre ni un instante, era además de su enfermera, su compañia, su confidente y la hija que pretendía darle vuelta a la vida para tratar de detener esa inevitable separación que se avecinaba. Yo, un poco más desprendida y ajena a la gravedad de lo que estábamos viviendo llegaba de la escuela , tomaba libros y cuadernos y me envolvía en una especie de cortina imaginaria para alejarme de la triste realidad que se vivía en mi casa.

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Mi madre sabía que yo era una adolescente completamente indefensa, ella se había encargado de construir un mundo maravilloso para mí donde no había el más mínimo asomo de espinas. Crecí con los ojos vendados ante las crudas realidades que se vivían en mi entorno, hasta la misma gravedad de su enfermedad estaba disfrazada para que yo no participara de ese doloroso suceso. Tal vez por eso, desde ese lugar adonde se fue no se despegaba de mi mano. Pensaría talvez que mi padre, quien estaba completamente dominado por el licor, no iba a continuar tejiéndome ese mundo de fantasía al que yo estaba acostumbrada y que en realidad era el único que conocía.

Las lamentaciones de mi madre por el dolor físico que le causaba su enfermedad y el miedo de dejarnos solas – a mi hermana y a mí – se me quedaron clavadas en la cabeza y fueron las mismas que yo escuché esa noche en que ella descansaba en paz en su ataud, mientras los que la acompañaban derramaban lágrimas de tristeza. Yo nunca lloré. Hice hasta lo imposible para que el llanto se apoderara de mí pero una especie de anestesia me acompañó ese día, y el siguiente y los siguientes durante muchos años hasta que me acostumbré a vivir sin madre. Talvez yo lo veía normal, no me comparaba con quienes tenían hogar con papá y mamá. Yo, simplemente vivía en un mundo donde ya no habían mamás.

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Un par de años después de su muerte el hogar que ella construyó con tanto esfuerzo y paciencia, se había arruinado completamente y cada uno de nosotros rodaba por el mundo buscando un destino. Yo aterricé en el hogar de una tía, hermana de mi madre y casada con un hermano de mi padre. Allí nunca faltó nada , tenía todo lo que materialmente se necesita para vivir, iba a la escuela como cualquier adolescente de mi edad y tenía muchos amigos con los que pasaba las tardes en medio de risas, complicidades y uno que otro libro. Con ellos empecé a hacerme muy amiga de la vida nocturna, de las fiestas y por supuesto del licor. No extrañaba a mi madre, esa brújula que guiaba mi vida se había ido y con su partida había perdido un poco el norte. Sin embargo , en medio de ese mundo de fantasía que ella construyó para mi, existían las reglas y sabía que algunas cosas estaban bien y otras no.

Parecía que todo marchaba correctamente pero mi futuro era incierto. Las cuatro paredes donde vivía me daban la comodidad, pero me faltaba el beso de ella al dormirme, me faltaban esas caricias que solo mi madre me sabía dar. Sabía que la extrañaba, pero estaba muy sorda para escuchar esa voz de la conciencia que me gritaba lo terrible que era no tener mamá.

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No sé si mi subconsiente me traicionaba y se comunicaba con ella sin que yo lo supiera porque otra noche cuando dormía sentí algo extraño. Los escasos cincuenta kilos que pesaba por aquellos tiempos se desvanecieron y empecé a flotar por un mundo que no era el mío como si volara entre nubes de algodón. Estaba sumida en un estado de reposo tal que era difícil reaccionar ante estímulos externos, sin embargo sentí cuando alguien se sentó a un lado de mi cama, tomó mis manos y el tiempo se detuvo para vivir unos instantes de fantasía. Inmediatamente me dí cuenta que era ella. Era mi madre.

No sé si era testigo de todo lo que yo estaba viviendo pero logró traspasar la frontera dimensional que nos separaba para llegar hasta mis sueños, o mejor hasta mi humanidad. Sentí cómo ella tomaba mis manos entre las suyas y con una voz suave y dulce me susurró al oido unas cálidas palabras de mamá. Nunca pude recordar con exactitud cuáles fueron esas palabras, pero el momento mágico no podía tener argumentos distintos a entregarme una tabla bíblica con instrucciones de comportamiento para el resto de mi existencia, y más aún para recordarme que siempre estaría a mi lado.

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No tuve oportunidad de mencionar palabra, no era necesario, en ese espacio en que nos encontrábamos las dos sobraba cualquier pregunta, cualquier duda. Talvez era la despedida que había estado esperando durante años, desde aquel día en que tuvo que marcharse y me dijo adiós dejándome envuelta en una manta de escalofrios.

Supongo que fueron pocos minutos, talvez segundos, el tiempo suficiente para viajar en un tunel del tiempo hasta aquellos años de mi infancia cuando yo era su preciada hija menor que necesitaba ser protegida al máximo entre sus abrazos y caricias.

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Yo continuaba nadando en ese universo fantástico en un estado de felicidad absoluto hasta cuando abruptamente abrí los ojos. El choque de emociones fue demasiado fuerte y en ese momento me sumí en una especie de armadura conteniendo hasta el más mínimo suspiro en medio del silencio que reinaba en la oscuridad de la noche. No sabía con qué me iba a enfrentar, no sabía si lo que estaba viviendo era real, no sabía si mi madre aún continuaba allí o se había devuelto por ese mismo camino que ya había tomado una vez. Hubiera podido gritar para salir de ese letargo en el que quedé después de semejante encuentro pero las fuerzas no me alcanzaron, el aire era demasiado espeso para respirarlo con facilidad y mi cuerpo estaba empapado en sudor. Que inolvidable noche aquella.

Los minutos fueron pasando y poco a poco todo empezó a tomar forma nuevamente, el miedo desapareció y la noche me invitó a entrar otra vez en el mundo de los sueños pero esta vez sin escalofrios, sin temores, completamente agotada del viaje a ese mágico lugar pero en una tranquilidad absoluta.

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A partir de ese día, o mejor de esa noche, mi ojos comenzaron a ver la vida de otro color. Ya no volví a tenerle miedo, más bien quería sentirla nuevamente pero más consciente para recordar cada una de sus palabras y aplicarlas al pie de la letra como un buen alumno que aprende de su maestro. Ella me abrió esa puerta de la comunicación con su propio universo, así lo entendí, porque casi una década después logré percibir el momento exacto en que mi padre se fue a reunir con ella en el cielo.

Creo que fue la última vez que pude tenerla tan cerca porque los años siguientes seguí viéndola en mis sueños pero silenciosa y lejana en nuestra casa, en la misma casa donde crecí bajo sus cuidados. Aún rueda por mis pensamientos esa película que cuenta cómo fue mi infancia a su lado, aún puedo viajar con los ojos cerrados a ese lugar tan especial donde ella me vió nacer y yo la ví morir.

Por Piagranados, colaboradora de Soyperiodista.com

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