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¿Y la dignidad de los secuestrados?

En una situación social como la nuestra, se ha vuelto difícil distinguir los dolores inherentes a la vida misma, de aquellos que son innecesarios y generados por la estructura de dominación.

07 de marzo de 2008 - 04:06 p. m.
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Por ejemplo, es claro que frente a la muerte natural o la separación de un ser querido, sentiremos dolor por su ausencia e incertidumbre por lo que será nuestra vida futura. Pero frente al secuestro, asesinato o al abuso que sufre un allegado, los sentimientos se entremezclan. Hay incertidumbre e inseguridad generados por la tristeza; la rabia que se suma a la impotencia y, en situaciones como las de los secuestrados recientemente liberados, increíblemente surge hasta gratitud con los que hasta hace un momento eran sus captores y torturadores.

Nos hemos acostumbrado tanto a que  las estructuras de poder se lleven por delante la dignidad y la libertad, que nos parece parte de la vida normal el sentimiento de inseguridad que se genera, si quien debía amarnos nos traiciona, si quien debía protegernos nos abandona, si la ambición de algunos nos despoja de los derechos fundamentales.

Nos sentimos como niños huérfanos y desprotegidos al ver que en nuestro medio social la vida de un ser humano ya sea hermano, un hijo, alcalde o soldado, tiene tanto valor como un peón de ajedrez, una ficha que es útil para avanzar y se puede sacrificar si sirve para proteger los intereses del rey. Y más grave y cotidiano: cuando las semillas del síndrome de Estocolmo se evidencian en situaciones que van desde el niño agradecido que considera que el padre lo maltrata por su bien, hasta quien se enamora del captor o victimario; o cuando el empleado sometido piensa que es mejor soportar el temperamento abusivo de un jefe, porque así va ascender; o nos paralicemos dejando que nuestra complicidad le ayude  a un carterista en acción. 

¿Cuándo vamos a despertarnos para notar que la incertidumbre es parte de la vida, pero que la inseguridad, que es el resultado del abuso del poder, no lo es?

La incertidumbre, connatural a la vida, es una experiencia de  incomodidad para la que estamos preparados, que se origina frente al hecho real de que no podemos saber con certeza que nos depara el futuro. En algunas ocasiones ese futuro nos brindará eventos maravillosos y sorprendentes como el nacimiento de los hijos o el descubrimiento de la cura para una enfermedad terminal, pero, en otras, nos traerá sucesos difíciles o dolorosos, por ejemplo, los accidentes, la enfermedad y muerte de los seres que amamos.

Y con certeza haremos de la inseguridad nuestra mejor compañera cuando renunciamos a la posibilidad de manejar de manera libre y autónoma nuestra vida, o cuando una estructura de poder nos convierte en secuestrados, esclavos o fichas de intercambio.

Al contrario, cuando rechazamos la inseguridad como la única respuesta frente a la dominación, nos impulsamos hacia actos creativos, nos alejamos del miedo y la desconfianza, recuperamos nuestra posibilidad de respuesta frente al peligro, de tal forma que  nuestros agresores y victimarios no lleguen a parecernos benefactores.

Que nos quede claro: el sentimiento de la inseguridad sólo ocurre en un sistema social o en una familia en los que la compasión y la solidaridad dejaron de ser la forma normal de relación y, en cambio, se han convertido en actos extraordinarios que además, en no pocas ocasiones, hablan de la magnanimidad de los agresores. 

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Sólo podremos estar seguros cuando crear y sostener la confianza en nosotros, en los otros y en que la vida sea el objetivo que todos y cada uno de los seres humanos –sencillos o poderosos, hombres o mujeres, niños o adultos–  se propongan, al establecer contacto unos con otros. Solamente en un mundo así dejaremos de confundir los tiranos con personas que nos ayudan a crecer y mantendremos nuestra creatividad y vitalidad despiertas para abrir los caminos a nuevas y mejores formas de convivencia. 

 

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