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Los semilleros de Don Miguel

Para el empleado más antiguo del Jardín Botánico de Bogotá, el cultivo más arduo es el de la conciencia ambiental.

18 de enero de 2014 - 04:00 p. m.
Durante más de cuatro décadas, Miguel Quintero ha intentado incentivar en niños y jóvenes la fascinación por la naturaleza. / Luis Ángel
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“La naturaleza no sólo es la razón de mi vida; es el fundamento de la vida de todos los seres humanos. Ojalá las nuevas generaciones cobren conciencia de ello”, dice Miguel Quintero mientras atraviesa uno de los túneles de propagación de especies del Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá, donde cientos de semillas que han llegado de los lugares más remotos de Colombia comienzan a germinar.

Quintero es el empleado más antiguo del Jardín Botánico. Nunca fue a la universidad, pero 45 años de expediciones, salidas de campo, trabajo comunitario, recolección de semillas, investigaciones científicas y una memoria prodigiosa que le ha permitido recordar más dos mil nombres científicos de plantas, le permitieron ganar el título de “maestro” entre un cualificado equipo de biólogos, ingenieros, ecólogos y agrónomos.

Don Miguel pasa horas enteras en su lugar favorito: los invernaderos. Allí cultiva los semilleros, pequeñas cubetas rectangulares en donde nacen y crecen decenas de plantas que, una vez alcanzan el tamaño adecuado y la fortaleza suficiente, se destinan a la restauración ambiental de la capital y otras zonas urbanas y rurales del país.
Según Quintero, el cuidado de los semilleros se asemeja al “cultivo de la inteligencia de los seres humanos”. “Las semillas se hacen plantas; la inteligencia germina en decisiones conscientes y solidarias”, reflexiona.

Es por eso que considera que los semilleros podrían constituir el primer paso del más arduo de los cultivos: el de la conciencia ambiental. Aquéllos “se pueden construir en muchos lugares: jardines infantiles, colegios, fincas, patios, balcones, cocinas, terrazas y hasta en las salas de las casas”, sugiere entusiasmado.

“Cada vez que una persona vaya de paseo, debería recoger una semilla para sembrarla y cuidarla hasta que germine y pueda aportar a la reforestación del planeta”, agrega.

Un recipiente amplio y preferiblemente cuadrado, tierra, semillas, un lugar al que lleguen los rayos del sol y la convicción de que pequeñas acciones pueden convertirse en grandes contribuciones, son los elementos básicos para emprender la elaboración de un semillero, un proyecto ambiental que, a pesar de su aparente simplicidad, es capaz de reflejar los ciclos vitales de la naturaleza.

“Existen manuales y cartillas que indican cómo hacerlo. Sin embargo, las personas que quieran saber a profundidad sobre la elaboración de un semillero, pueden acercarse al Jardín Botánico para recibir orientaciones más específicas”, dice Quintero.

“Tiene 62 años, pero su incomparable entusiasmo lo hace la persona más joven del Jardín”, cuenta Luis Olmedo Martínez, director de la institución. “El profesor ha estudiado y aprendido con el corazón, por eso entrega su conocimiento con mucha generosidad a todos los que deseen aprender en detalle sobre el medio ambiente”.

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Miguel Quintero nació en Güicán de la Sierra, un municipio ubicado en el nororiente de Boyacá, junto a la Sierra Nevada del Cocuy. Cuando cumplió 16 años se trasladó a Bogotá. Entonces, con el acumulado de conocimientos sobre la naturaleza y la vida silvestre propio de los campesinos, comenzó a trabajar junto al científico jesuita Enrique Pérez Arbeláez, fundador del Jardín.

“Yo venía de la montaña. Ya estaba acostumbrado a vivir junto al nevado y en medio de los bosques. Desde pequeño sabía que debía dedicar mi vida al cuidado de mi niña bonita: la tierra”, recuerda Quintero con nostalgia.

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Y ha sido precisamente la fascinación por la naturaleza lo que el maestro ha intentado cultivar en niños y jóvenes durante más de cuatro décadas a través de la que denomina la “sala cuna del jardín”, es decir, los semilleros, una herramienta que niños y jóvenes podrían replicar en sus hogares y colegios con gran facilidad.
Para Miguel Quintero, la curiosidad es la clave de la vida, por eso cree que ahora, más que nunca, los adultos deben sembrar en los más pequeños un “sentido crítico” que les permita “cuestionar y comprender la situación del medio ambiente”.

Advierte: “El futuro del planeta está en manos de los jóvenes, pero no de cualquier tipo de jóvenes: necesitamos personas conscientes, sensibles y receptivas. En la curiosidad sobre el misterio de la naturaleza está la clave de la vida”.

mluna@elespectador.com

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