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		<title><![CDATA[El Espectador - Google Discover - Podcast-espanol-el-espectador]]></title>
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		<description><![CDATA[Últimos contenidos seleccionados de El Espectador para Google Discover sobre Podcast-espanol-el-espectador.]]></description>
		<lastBuildDate>Tue, 08 Sep 2026 01:59:29 +0000</lastBuildDate>
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			<title><![CDATA[Fútbolear Capítulo X: Venganza y condena]]></title>
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			<dc:creator><![CDATA[Fernando Araújo Vélez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Escuche en capítulo 10 de Futbolear, la historia de un periodista llamado Ignacio Mejías, que vive por, para y del fútbol.]]></description>
			<pubDate>Sun, 23 Aug 2026 03:00:00 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A último momento, y a menos de 24 horas del partido entre Colombia y Argentina, Ignacio Mejías se entera de que las fuerzas del orden colombianas lo están buscando por la muerte del Merca, y cambia lo que había planeado con el periodista Wenceslao Parodi. Los apostadores pierden miles de millones de pesos y le cobran su traición.</p>

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<p>Diciembre 22, 1993</p>

<p>Somos un relato, usted, yo, ese y aquella. Cuentos de cuentos contando cuentos, nada, como escribió un poeta. Cuentos que contamos, sí, y que decimos que vivimos, aunque apenas los hayamos vivido un poco y lo demás haya sido inventado. Los Orsais son relatos de jugadores y de equipos y de partidos que fueron a su vez relatos de un alguien y de otros relatos, hasta llegar al primero, el de origen, ese del que partimos todos y al que nos aferramos. La Odisea fue el primer relato de un tal Aquiles, y el Quijote, de un tal Alonso Quijano. Sobre ellos surgieron miles, millones de otros Aquiles y de otros Alonso Quijanos. Los diarios, las revistas, los libros, nosotros. Todos contamos una historia que surge de otras historias, unas y otras matizadas o potenciadas por la ficción. Las leyendas se formaron con los relatos, y decir relatos es una manera de decir, mentiras. Entre la ficción y la realidad cabe una pelota de fútbol, y a veces, el punto del penalti, su mitad o incluso menos.</p>

<p>Lo mejor o lo peor, vaya uno a saber, es que lo que queda son los relatos, y que conste que las fotos, videos y grabaciones también son relatos, aunque lo profundo, con contexto, con razones, con ilusiones y desilusiones, con miedos y alegrías, con sin sentidos y sentidos, sean lo escrito, el texto, y por supuesto, las palabras. Primero fue la palabra, hace diez, cinco mil o más años, el sonido gutural, y luego, las relaciones, y más tarde, las agrupaciones, y con el agruparse, el jugar. La fantasía. La mentira, el engaño, sí y mil veces sí, porque nunca ha importado lo que ocurrió, porque nadie sabe qué ocurrió en realidad, sino lo que dijeron y escribieron de lo que ocurrió.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Parodi me llevó entre callecitas y plazas al Parque Lezama, donde Ernesto Sábato había comenzado Sobre héroes y tumbas. Yo quería ser uno de sus personajes, pero la situación no estaba para juegos. El tiempo apremiaba. Parodi no me hablaba y yo necesitaba saber los nombres de los vendidos, aunque no me los dijera tal cual, porque ese era uno de los códigos. Por fin, luego de que nos sentáramos en un banco y de que el tipo lanzara unas piedritas contra un árbol, me volvió a hablar.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Los nombres en realidad no importan tanto, ¿sabe? Hasta es mejor que no los sepa. Mientras menos sepa, mejor. Su nota debe tener la fecha del dos de agosto, y a continuación, los nombres de Alfredo Pérez y Diego Betancur, de Argentina. Con eso tiene. ¿Qué va a poner?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>¿En la nota, me pregunta usted?</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Yyyyyy, sí.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Espere, aguarde y la escribo. Yo sin escribir no puedo pensar.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>De eso ya me voy dando cuenta, sí.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>Se rumora, voy a llamar la columna así. Como la suya, pero con el se… ¿Le gusta?</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Perfecto, muy bien. Siga a ver.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>El segundo rumor va a ser el importante, ¿bien? Y va a decir, “Luego de sus respectivas lesiones, el pasado dos de agosto… ¿O tres? Porque esto sale mañana.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Sí, tres de agosto. Bien, continúe.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Luego de superar sus respectivas lesiones, Juan Casañas y Alfredo Díaz regresaron el pasado 3 de agosto a los entrenamientos y en la tarde de hoy estarán disponibles para el equipo de Colombia, que enfrentará a Argentina en Buenos Aires por un cupo al Mundial de Estados Unidos del próximo año.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Bien, bien. Sigo con la toma del examen. ¿Por quién debe apostar el lector? Me explico mejor, ¿a qué equipo va a poner como ganador?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>A Colombia. Alfredo Díaz es colombiano y juega con la selección. Y es el segundo nombre luego de la fecha.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Todo perfecto, mi amigo. Y los del menos no importan, recuérdelo. Por lo menos, para mañana no importan. Ya verán ustedes cómo se las arreglan y con quiénes cuando comiencen con el negocio allá en su país, pero obviamente…</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI </strong></p>

<p>Obviamente tiene que haber dos “en menos”, como mínimo. O como máximo también, porque no se puede notar que el equipo, todo el equipo, va a bajar el ritmo. No olvidemos nunca lo de Alemania y Austria, nuncaaaaa. Una pregunta curiosa y chao.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Diga</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>¿Usted va a hacerse cargo de “los menos” allá? Mire que se requiere de cierto tino para eso, ¿no?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No, seguro que no. Yo solo estoy esta vez para este favor, o esta deuda y listo.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Por si acaso llega a ser usted, llámeme. Mire que… Este número está siempre desocupado.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Bueno, claro que sí, gracias.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Es increíble, ¿No? Usted y yo acá sentados decidimos quién va a ganar mañana y quién no, y por extensión, quién se va a volver millonario. ¿Lo había pensado, Mejías? ¿Alguna vez lo había pensado?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No, claro que no. Tampoco creo que sea taaaaan así.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Mire, tome esta moneda y láncela. O voy yo primero, va. Cara o cruz.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Cara.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Va.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Cara, ja. Gané. Pero y bien, qué hay con esto.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Todo, mire. Usted ganó. Pongamos que entonces decidimos que Colombia va a ganar mañana, porque usted es colombiano, ¿no? ¿Ya se dio cuenta de que nosotros somos los que decidimos?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>Si usted lo dice.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Sí, viejo. Nosotros dos, lo decimos y decidimos nosotros dos, en este parque, y en esta vieja banca, que mañana Colombia va a ganarle a Argentina, y lo logramos. ¿Cómo? Con nuestro sistema de docenas de tentáculos que tientan a los “de menos”, viejo. El que se mete en el alma de un equipo lo transforma, es así de sencillo. Hoy todo tiene precio, todos tenemos precio.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>O sea que ustedes determinan quién gana y quién pierde, y luego ponen a andar su andamiaje.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Así es, mi querido amigo, así es. Y es hasta irónico, con tanta plata que se mueve y tanta parafernalia, y los periodistas y los hinchas, y dos tipos como usted y como yo, muy en voz baja, lo definen todo con un simple dadito. Ja, en el fondo, el sistema fútbol trabaja para nosotros.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Puesssss… Suena convincente usted.</p>

<p><strong>WENCESLAO PARODI</strong></p>

<p>Y mire que para cada partido hay dos tipos como nosotros. No lo dude, viejo. No lo dude, piénselo y verá. Es que la gran clave del fútbol, para un lado y para el otro, es que se decide por muy poco. Un gol, dos, que es como decir, un error, o dos. Un equipo puede jugar perfecto y perder porque a último momento un jugador, uno solo, se equivoca. Y tenga. Pero bueno, ahora sí me voy, chao. Todo un gusto y mucha suerte con eso.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Me fui volado al hotel, apabullado, derrumbado por la teoría de Parodi, y le pregunté a la recepcionista si tenían fax. Me respondió que claro, me explicó lo que debía hacer, y siempre a la orden. Pedí un café a la habitación, saqué la máquina de escribir que había comprado unos meses atrás, una Brother eléctrica que procesaba textos en una diminuta pantalla ubicada arriba del teclado y enviaba la señal de lo escrito a un papel, y me instalé en una mesa con vista al Obelisco. Por fin comenzaba a sentirme en Buenos Aires. Escribí la nota previa al partido. Hoy se juega una final en el estadio de River Plate entre Colombia y Argentina, y etcétera, y dejé la nueva sección de Se rumora para el final. Allí, incluí varios chismes de transacciones de futbolistas, cosas de la preparación del Monumental para el juego, datos del viaje de vuelta de la Selección, y el rumor que habíamos decidido con Parodi: Luego de superar sus respectivas lesiones, Juan Casañas y Alfredo Díaz regresaron el pasado 3 de agosto a los entrenamientos y en la tarde de hoy estarán disponibles para el equipo de Colombia, que enfrentará a Argentina en Buenos Aires por un cupo al Mundial de Estados Unidos del próximo año. La leí una, tres, cinco veces, pero la voz de Parodi seguía rondándome sin cesar. Tocaron a la puerta.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Buenas, ¿sí?</p>

<p><strong>RECEPCIONISTA</strong></p>

<p>Su café, señor, y un recado urgente.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Bueno, mil gracias. ¿Le firmo?</p>

<p><strong>RECEPCIONISTA</strong></p>

<p>Luego, no se preocupe. Buena tarde.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>El recado eran dos iniciales, L.F. y un teléfono. Pedí la llamada a la recepción y me respondió la señora La Fayette.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Señor Mejías, cómo va. Supongo que ya habló con Wenceslao Parodi.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Sí, hace como una hora.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Busque por favor una central de teléfonos, un locutorio, le dicen allá. Y me marca a este número. Es que acá no escucho bien. Se corta y se oye como un Tzzzzzz tzzzzz…</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Puede ser en media hora? Estoy por mandar los textos al periódico.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>No, no, ya. Tiene que ser ya. Es de suma urgencia, para usted y para mí, porque en unos minutos salgo para Buenos Aires y no podré comunicarme.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Salí a toda prisa a uno de los tantos locutorios de la ciudad y pedí la llamada. La señora La Fayette no tardó mucho en responder.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Gracias por la celeridad, señor Mejías. El asunto es que por acá lo andan buscando. Una mujer lo delató por la desaparición de un señor Camino, Julio Camino. Dijo que ella y su novio eran testigos de los hechos, y que lo habían visto a usted cargar un bulto sospechoso dentro de una camioneta y lo habían seguido hasta el monte, y bueno, todo el resto.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>… ¿Y quién es esa delatora?</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Es que eso no tiene mucha preponderancia en este momento, señor Mejías. Yo lo pongo a usted en conocimiento de estos sucesos para que tome sus propias decisiones. En pocas palabras, lo andan buscando, y lo más probable es que en pocas horas se den cuenta de que usted anda en Buenos Aires, así que lo estarán esperando en el aeropuerto.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No, no, pero sí importa quién es la delatora, cómo no va a ser preponderante, como dice usted. Va a ser su testimonio contra el mío.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>En este negocio se topa uno con gente de todos los pelambres. Esa mujer hace parte de nuestro sistema, es uno de nuestros tentáculos, uno de muchos. Eso es lo que le puedo adelantar. Por lo pronto, le pido encarecidamente el favor de que no hable de nuestra reunión en la Porciúncula. Vamos a hacer lo posible para salir de esta situación, pero tenga un poco de paciencia, si es que en las actuales circunstancias se puede pedir paciencia. Tiene las horas contadas. No actúe sospechosamente. Es posible que los efectivos de inteligencia y la policía se enteren de su paradero en poco tiempo, como le dije antes, y entonces hablarán con sus contactos allá en la Argentina, pero acá estamos tratando de dilatar el asunto. Es nuestro sistema contra El Sistema, señor Mejías, y le puedo asegurar que muchas veces hemos vencido nosotros.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Me van a dejar botado, ya lo sé.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Para nada, señor Mejías. Envíe su trabajo cuanto antes y dese la bendición, si cree en eso. Ya le dije que estamos moviendo todas nuestras fichas, que no son cualquier tipo de fichas, para que usted se… tuuuuuuu-tuuuuuuu-tuuuuuuu.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Aloooo, alooooo…. Señora La Fayette, alooooo… Señoritaaaaa, se cortó la llamada, por favor. Es urgente. Muy urgente.</p>

<p><strong>TRABAJADORA DE LA CENTRAL TELEFÓNICA</strong></p>

<p>Sí, excuse, por favor. Se han cortado todas las llamadas. Estamos mirando qué pudo pasar.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No, no, no y mil veces no, preciso en el momento crucial.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Como un obsesivo demente, volví a tomar el auricular de la cabina, pero entonces lo que escuché en vez del tuuuuu-tuuuuu-tuuuuuu fue la canción de la Noguera y su voz y Usted abusó…</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA (Canta a través del auricular)</strong></p>

<p>Usted abusóoooooo, sacó provecho de mí, abusóooooo, sacó partido de mí, abusó, de mi cariño usted abusó, se burló, se rio, y me perdona por seguir con este tema… Laralalala.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Los mensajes, que eran advertencias, habían llegado y me habían perforado, por decirlo así. Eran claros y concisos. Devastadores. Pagué lo que debía sin esperar las vueltas y me fui a las zancadas hasta el hotel. Encendí la computadora, entré al archivo de Se rumora y en el párrafo que hablaba de Juan Casañas y Alfredo Díaz, cambié los nombres y escribí Alfredo Pérez y Diego Betancur, de Argentina. El párrafo quedó así: Luego de superar sus respectivas lesiones, Alfredo Pérez y Diego Betancur regresaron el pasado 3 de agosto a los entrenamientos y en la tarde de hoy probablemente estarán disponibles para el equipo de Argentina, que enfrentará a Colombia en Buenos Aires por un cupo al Mundial de Estados Unidos del próximo año.</p>

<p>Me asomé a la ventana, la abrí de par en par, acerqué una silla y prendí un cigarrillo para echarle humo al obelisco. Lo escrito, escrito estaba. Cerré los ojos con fuerza, recordé al muñeco temerario de las cartas de doña Carlota, me di fuerzas con él y volví a mis textos. Los imprimí y bajé para mandarlos por fax. Llamé a Bogotá para informar que iban en camino, y apenas terminaron de pasar las cuatro hojas, esos segundos-minutos eternos de los fax mientras iban escurriéndose las letras debajo de la máquina, salí a caminar. Eran las siete de la noche menos quince minutos en Argentina. En Colombia, las cinco menos quince. Como era sábado, cerrábamos más temprano, o sea, a las cinco, y una sola edición, sin opción de cambios de última hora. Apenas llegara el fax tardarían diez minutos a lo sumo para transcribirlo, montarlo y mandar a la imprenta. Sobre la hora. Todo fue y tenía que ser sobre la hora para que nadie pudiera cambiar una sola letra.</p>

<p>Di un paseo alrededor del Obelisco, como para recordar que estuve ahí, tomé un taxi y me fui a la terminal de trenes de Once, o de Constitución, ya ni recuerdo. Tomé un tren a La Plata, y allá, un bus hacia Mar del Plata y seguí hacia abajo, por Necochea, y me detuve más al sur, en Bahía Blanca. Llegué muy a la madrugada y dormí a los sobresaltos, soñando por momentos que me encontraban, que me acusaban y golpeaban y que Marcela Noguera y Frías y Gayán, la señora La Fayette y Aurelio Solano y hasta Del Barril y los muñecos del naipe de cartas eslavas de Carlota Gutiérrez me observaban con muecas de dientes picados. A la mañana del día siguiente, 3 de septiembre de 1993, comencé a tantear en mi descolorido transistor emisoras a ver si ya habían comenzado a hablar del partido de la tarde. Nada. Música, noticias varias, chismes. Ya en la tarde, encontré alguna de las mil “previas” que hacían los argentinos, y más tarde, a lo lejos, una perdida emisora colombiana en la que los periodistas hablaban del partido del siglo, la patria y cosas por el estilo. Cuando Colombia y Argentina comenzaron a jugar, ya me había tomado media botella de vino y el cesto de la basura estaba repleto de colillas de cigarrillos.</p>

<p>Fueron pasando los minutos, y llegaron los goles de Colombia, uno, dos, tres, cuatro y cinco, y yo los celebré porque aquella era mi gran venganza. El árbitro pitó el final en medio de un cerrado aplauso de la tribuna argentina, que era tributo a los colombianos e insulto a los argentinos. Las emisoras locales hablaban de vergüenza. La colombiana que logré captar y cuya señal se iba y volvía, de “la gran proeza del fútbol patrio”, de “héroes y próceres” y etcétera. Embriagado de fútbol, de vino, de humo y nicotina, de venganza cumplida, salí a caminar, pero apenas llegué a la esquina del hotel, un carro negro, largo, de cuatro puertas y vidrios oscuros paró ante mí y del asiento del copiloto se bajó el mismo don Bigotes peinado a lo Clark Gable que me había secuestrado unos días antes, y me hizo gesto de que había concluido mi intento de fuga.</p>

<p><strong>Créditos capítulo X</strong></p>

<p>Futbolear, esta audionovela de El Espectador, fue creada y escrita por Fernando Araújo Vélez</p>

<p>La producción y la dirección actoral estuvieron a cargo de Andrés Osorio Guillot y Joseph Casañas</p>

<p>La captura de audio fue responsabilidad de la unidad audiovisual de El Espectador</p>

<p>La edición y el montaje sonoro estuvieron a cargo de quien les habla, Jessica Angulo</p>

<p>Este capítulo contó con las actuaciones de</p>

<p>Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio Mejías</p>

<p>Joseph Casañas como Ignacio Mejías joven</p>

<p>Laura Camila Arévalo Domínguez como Marcela Noguera</p>

<p>Elber Gutiérrez como Wenceslao Parodi</p>

<p>Cindy Morales en el papel de la recepcionista y Hortencia La Fayette</p>

<p>Este fue el capítulo final de Futbolear, los invitamos a escuchar la audionovela completa en las plataformas que El Espectador.</p>]]></content:encoded>
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										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Martínez</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Futbolear Capítulo VIII: A ese tipo hay que desaparecerlo]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/futbolear-capitulo-viii-a-ese-tipo-hay-que-desaparecerlo/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Fernando Araújo Vélez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Escuche el capítulo 8 de la audionovela de El Espectador, Futbolear, es la historia de un periodista deportivo llamado Ignacio Mejías.]]></description>
			<pubDate>Sun, 09 Aug 2026 14:51:24 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Luego de que Marcela Noguera le pregunta qué haría con el hombre de la merca al que han secuestrado y tienen amarrado en un sótano, Ignacio Mejías le responde que desaparecerlo. Horas más tarde, lo citan al apartamento de la Noguera, que lo recibe pálida, ojerosa y con la ropa manchada de sangre.</p>

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<p>**</p>

<p>Diciembre 2, 1993</p>

<p>Y a mí que me mientan, que me sigan mintiendo. Por favor. Bienvenidos a este oscuro solar del universo fútbol, o del mundo fútbol, como prefieran llamarlo. Yo pago una boleta cada ocho días, y a veces más, y a veces menos, para que me digan mentiras. Para que me las escupan. Díganme, repítanme que ese tipo con la 10 a la espalda que da dos pasos para allá y dos para acá y frena y arrancay frena es un genio y cada pase suyo es una cuchillada en el centro de la defensa rival, díganme que no, que él no toca el balón sino que lo acaricia, y díganme que en todos y cada uno de sus cuarenta centros al negrote que va y pelea contra siete gigantes y uno más gigante aún, el arquero, para cabecear una pelota y anotar el gol de la victoria, estudia su centro, saca una raíz cuadrada en su mente, piensa y ejecuta y es el gran artífice del gol, no su compañero, que lo único que hizo fue morder y liarse a codazos y empujar y soportar tres patadas y dos frentazos y hasta jugarse la vida para ir y lograr cabecear ese centro. Díganme que ese, que ese 10 no camina por la cancha, sino que piensa en ella y abre espacios, y vuélvanme a declamar, por favor, la frase maravillosa de Jorge Valdano, cuando el Pibe camina está pensando. ¿O era de Maturana? ¿Tal vez de Arrigo Sachi?</p>

<p>Miéntanme. Díganme que la función de aquel tipo de piernas muy peludas es quitar balones, defender y tratar de hacer un pase bien, y que no, de verdad no es organizar a sus compañeros e intimidar a los rivales y al árbitro, claro, y de cuando en cuando, romperle la pierna al primer habilidoso que se las quiera dar de Garrincha, o más acá, de Willington Ortiz. Y ya que estamos, díganme que no era cierto aquello que dijo Garrincha de que los futbolistas eran simples payasos, o como los payasos, pues los aplaudían si jugaban bien, y los silbaban si jugaban mal. Díganme que cuando el médico de Brasil en el Mundial del 58 sentenció que era un débil mental no había plata y presión de otros, muchos otros, para que Garrincha no jugara, y que después, esos mismos y otros que veían que se les iba la platica que habían presupuestado no fueron adonde Feola, el técnico, para exigirle que jugara, y díganme que Garrincha jamás fue declarado o mais grande do mundo porque fuera cojo o tuviera las facciones exageradas, o porque llegara tomado a uno que otro entrenamiento, díganme que en realidad no acabó en una morgue con un letrero colgado a sus pies que decía N.N. por borracho y mujeriego. Díganme, en fin, que los millones de millones que todos los días ven algún partido de fútbol con la boca abierta, babeando, en realidad se creen aquella frasecita de Eduardo Galeano de que uno cambia una mujer, o un amigo, o una amante, o su ciudad y su país, pero que jamás cambia de equipo de fútbol. Miéntanme, que necesito mentiras, más mentiras, y creerme que estoy en el Maracaná ante 200 mil espectadores y que ese muro al que le doy y le doy en realidad es el arco en el que voy a anotar el gol de mi vida.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Llegué a mi apartamento, que era una habitación con baño y cocina, dos sofás, una mesa y un escritorio con vista al cementerio central y a la efigie de Cronos, a las once de la noche. Pasé antes por la casa del tipo de la merca. Las luces aún estaban encendidas y había tres Mazdas y un Dodge Dart oscuros afuera. Mejor dicho, bastante movimiento. Miré hacia Cronos, pensé en lo efímera que era la vida, revisé las fotos del niño, las guardé en un papel, cerré las ventanas, bajé las persianas, me preparé un café, constaté que la puerta hubiera quedado bien cerrada y desperdigué por la mesa donde solía comer, siempre a toda prisa y muy mal, las revistas que me había llevado de La Porciúncula. Más que revisarlas, las dejé a la vista y me dejé llevar, o vencer por el cansancio y el miedo y la incertidumbre. Lo único que recordé después del final de aquella noche, que fue noche y madrugada del día siguiente, fue que me desperté con la cara pegada a la portada de una Orsai en la que aparecía El Beto Alonso erguido, el balón a centímetros de su zurda y la mirada clavada en una jugada que seguro logró imaginar y concretar. Alonso, Norberto Alonso, era el “10” de River Plate y el capitán. Había debutado en la primera del club en 1972, de la mano de un técnico brasileño al que le decían Didí, y quien solía repetir que en el fútbol lo más valioso era el “jogo bonito”. Él mismo había sido un estandarte de su propio estilo, tanto en el Botafogo como en la selección de Brasil que ganó las copas del mundo del 58 y el 62. Era fino, altivo, como Alonso, claro y con una pegada que con el tiempo algún periodista bautizaría como “folha seca”.</p>

<p>Había jugado unos cuantos meses en el Real Madrid, pero allí no logró trascender. Según las versiones de los rumores de la gente, el gran responsable de su fracaso había sido Alfredo D’Stéfano. Lo humano, demasiado humano de cada quien, por citar a un compañero que siempre citaba a un filósofo, los había llevado a distintos conflictos, hasta el punto de echar casi que al olvido la frase del argentino según la cual el mejor jugador de un equipo, siempre era el equipo. De un solo golpe, puse a Alonso boca abajo, me eché agua en la cara, me cambié de camisa y salí a los trompicones a la Macarena. Cuando llegué al apartamento de Frías, aún estaba atontado, pero apenas me abrió la Noguera y me saludó con un beso en la comisura de los labios, acabé por despertar.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA </strong></p>

<p>Ohhhhh lalala… Qué puntual, el hombre. Sígase no más. ¿Quiere café?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Bueno, sí, uno, gracias.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Supongo que trajo el encarguito. Ya el paciente está listo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pero qué, si usted sabe que sus cómmmmplices ya hicieron el trabajito de las fotos por mí.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>A ver, barájela despacio, ¿de cuáles cómplices me está hablando, Sánscrito?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Las señoras Hortensia La Fayette y Carmenza Hidalgo…</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Las damas.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Como quiera llamarlas.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Muestre a ver las fotos.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Acá las tiene. ¿Me va a decir ahora que no tienen nada que ver con ustedes?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Fffffffff (Soplido)… Eso lo hablamos luego. Vayamos a lo importante ahora.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Como que algo le salió mal?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Llévele este desayuno al paciente, y en la bandejita van las tres fotos y las llaves. Cierre bien al salir, si es tan amable.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Me puse un pañuelo que me tapaba un poco la cara, tomé la bandeja y bajé al sótano. La Noguera se fue detrás de mí. Casi que me respiraba en la nuca, estilo Reyna con Maradona en las eliminatorias del 85. Al entrar, el tipo de la merca se estremeció y gimió. Yo no le dije nada. Solo le quité la venda de los ojos y el esparadrapo de la boca. Cuando vio las fotos, comenzó a gritar. Le tuve que dar un puñetazo. Tomé el tenedor de su desayuno y se lo puse en el cuello.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Quieto, que si grita, muere aquí mismo, soplón. Quieto y callado.</p>

<p><strong>TIPO DE LA MERCA</strong></p>

<p>Malparido, qué quieren a ver, cobardes hijos de puta.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Yo soy el mensajero.</p>

<p><strong>TIPO DE LA MERCA</strong></p>

<p>Usted es un arrastrado. Todos son unos arrastrados, pocas cosas, nadas.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Va a desayunar o me llevo esto?</p>

<p><strong>TIPO DE LA MERCA</strong></p>

<p>¿Su veneno? Ja… Ni idiota que fuera. Oiga, ¿y para qué se pone esa máscara si yo sé muy bien quiénes son todos ustedes, y sus nombres, y peor, lo que hacen?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Bueno, muérase solito y listo. Ahí le dejo esa botellita de agua por si acaso… Nos vemoooooos.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Apenas salí y eché llave, la Noguera me agarró para preguntarme si lo había vendado y si lo veía bien. O más o menos bien.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>Pues ahí sobrevivirá.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Ya desembuchará.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Oiga, pero a todas estas, no me ha dicho qué carajos es lo que quieren de ese tipejo.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Ni le vamos a decir, peeeerooooo… También lo estamos salvando a usted.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>De lo que no hice.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Y de nuevo con lo mismo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Hasta que me absuelvan.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Ta-ta-ta-tata… (Clave de salsa con las manos)… Y ahora habló Fidel Castro (En tono medio costeño, o sea, cubano).</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Oiga, usted no deja de joder nunca, ¿no? Dígame al menos por qué, por qué yo, por qué usted en esto, por qué Frías.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Joder, lo voy a joder bien jodido si no hace lo que le digo. ¿Y por qué? Ja… ¿Por qué Frías y usted?, porque los hombres siempre caen rendidos a los pies de una mujer, y ustedes cayeron por completo y siguen cayendo. Cuesta abajo, mi hermano, como el tango. Nunca, escúcheme, jamás va a sentir el placer que yo siento al verlos tirados a mis pies, mordiendo todos y cada uno de mis anzuelos. Si quiere, quédese con ese “por qué”.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pues sí, es como el más convincente. La humillación por la humillación. ¿Y ahora, qué?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Pues que lo pienso y le doy vueltas y las damas no tenían por qué saber lo de las fotos, mi hermano. Y usted en esta, y que quede claro, queda descartado. Y yo, obvio… ¿Sabe quiénes quedan?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Que yo sepa, Frías, Sara y su novio…</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Exacto. Aunque…</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Aunque qué? Suelte.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Aunqueeeeeee, es una posibilidad que las damas no supieran nada de las fotos, y que alguien, ya sabemos quiénes pueden ser, alguien, las haya metido en las revistas sin que ellas se enteraran.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Qué enredo… Qué enredada es su vida, se lo digo en serio.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>No menos que la suya ahora, don Sánscrito. Oiga, una pregunta otra vez… ¿Cómo vio al tipejo de abajo?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Puesssss, desesperado.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>¿Y asustado?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>También, claro. Cómo no.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>¿Y si lo soltamos y nos quitamos ese peso?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No, pero no, cómo se le ocurre, si el man sabe quiénes somos, nos vio la otra noche, sabe dónde vivimos, todoooooo. Si hasta me dijo que sabía quiénes éramos, que para qué me ponía una máscara… Y de algún modo, es policía. Se va a vengar y va a traer a todo un ejército de tiras.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA.</strong></p>

<p>Ffffffffff (Resopla)… Sí, es cierto. Maldita sea, ¿y entonces?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Hay que encontrarle un secretico bien duro y callarlo con eso para siempre. No hay de otra. Y dicho esto, chao, tengo que ir al periódico. Piense bien y luego hablamos.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Espere, espere, antes de que se vaya… ¿Usted qué haría con el tipejo? ¿O qué le gustaría que hiciera con él?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ya le dije, desaparecerlo.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Me fui a trabajar. Por suerte, el Diario quedaba cerca. Cuando llegué, mi jefe me ordenó que escribiera una nota para la tarde sobre la carrera de ciclismo de las Juventudes que iba a comenzar en media hora.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Excúseme don Carlos, ¿y cómo son los trámites para ir a la carrera?</p>

<p><strong>CARLOS GRANADOS</strong></p>

<p>Jjajajaja… ¿Los trámites? Ni idea, pero mejor otra cosa. ¿Usted tiene el pasaporte en regla y demás?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>Sí, lo saqué cuando entré a trabajar acá, pero como que para nada.</p>

<p><strong>CARLOS GRANADOS</strong></p>

<p>Bueno, bien, bien… Pues arregle sus cosas, que se va para Buenos Aires mañana en la noche, al partido del domingo. Luego le explico. Vuelva a las tres y le cuento bien.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Reaccioné a la noticia como si me hubieran dicho que acababa de empezar a llover. No había terminado de quitarme el abrigo, cuando ya estaba bajando las escaleras del Diario para salir hacia mi casa. Muy, muy en el fondo, saltaba. Apretaba los puños sin que me vieran. Incluso, comencé a cantar “Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver…”. La vida, como la canción de Serrat, me daba un beso en la boca. De vez en cuando la vida, nos besa en la boca… Larala. Al diablo la Noguera y el tipo de la merca, las damas, Frías, Gayán, al diablo. Una vez más, el fútbol me salvaba, y yo firmemente creía que con irme a Buenos Aires unos días todos los líos se iban a borrar y para siempre. Ya a la salida, el sonido rítmico y decisivo de unos tacones me hizo volver a la realidad. Después de los tacones apareció la mujer de los tacones: Hortensia La Fayette. Me escondí como pude en medio de un ropero que había a la entrada del periódico, y desde ahí divisé a un tipo que llegó en bicicleta, se bajó a toda prisa y empezó a señalar a la señora La Fayette con una mano enguantada.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Encon, ustedddd, escapa, mirrrrreeeee</p>

<p><strong>IGNACO MEJÍAS</strong></p>

<p>El tipo era Alberto Frías, que jadeaba, vociferaba, tomaba aire y sudaba. Cada vez sudaba más. Hortensia La Fayette no se movió. Apenas si prendió un cigarrillo y lo apagó de inmediato contra un cenicero plateado y negro del estilo de los que había por aquellos tiempos en los aeropuertos.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>De uuuuusted, Fayettttte</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Su destinataria dio media vuelta, me miró mientras meneaba la cabeza de un lado hacia el otro, como si negara lo que le decían y el momento con un poco de vergüenza.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Qué casualidad… Venga, venga un minuto, por favor. Qué enredo este, y usted qué va a pensar, por dios.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Mire qué mundo, sí. Un pañuelo</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Yo cerré la puerta y le pedí al celador de turno, don Eulalio, que no dejara entrar a nadie.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>No, no, todo está bien, mejor así, ya arreglo todo este lío. No es lo que parece.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ni idea…</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Antes de que terminara de decir nada, ella había vuelto a salir, con la boca y los ojos en línea horizontales, como los dibujitos que uno pintaba de niño. Bajó las escalas, tomó a Frías del brazo y se lo llevó a la esquina. Unos minutos más tarde, regresó por su bicicleta, pero solo logré verlo como un bulto andante. Uno de mis compañeros, Guillermo Ricaurte, me preguntó qué había ocurrido. Le contesté que nada, que ni siquiera sabía quién era la señora.</p>

<p><strong>GUILLERMO RICUARTE</strong></p>

<p>A mí como que se me pareció a la señora Hortensia la Fayette.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Quién?</p>

<p><strong>GUILLERMO RICAURTE</strong></p>

<p>La señora Hortensia la Fayette, una amiga o más de García Pérez.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿O más?</p>

<p><strong>GUILLERMO RICAURTE</strong></p>

<p>Sí, hombre, o más, usted me entiende.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Y ella en qué trabaja o qué hace en la vida?</p>

<p><strong>GUILLERMO RICAURTE</strong></p>

<p>Pues como que negocios, cosas todas raras, investigaciones, mejor dicho, tiene contactos en los altos mundos, y cómo no los iba a tener, pero en fin, ya sabremos.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Cuando íbamos de regreso hacia la sala de redacción, con la prisa de todos los días y los sucesivos cierres de edición, sentí en el hombro una mano. Observé de reojo, y poco a poco fui descubriendo a Frías, botas de caucho, el pantalón metido entre ellas, camisa negra y una chaqueta azul forrada con piel de oveja. Me miró y me preguntó</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>¿Usssted se haaaa vissstoooo connnnn Marcelaaaaa?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Hace unas dosssss horas, todo bien. Estaba muy bien.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Resoplé más que antes, por la prisa y los nervios, sí, aunque también porque me molestaba dejarme llevar por los demás y me parecía que en menos de un minuto había empezado a hablar ya como Frías. Pero sobre todo, Frías, Frías, Frías era ya uno de los dos sospechosos de las fotos. Quise arrinconarlo, pero preferí ser discreto y lo dejé.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS </strong></p>

<p>Ya lo verrrrr-é, ya lo verrrrr-é.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Luego de escupir sus palabras descompuestas, mi viejo amigo, cómplice ahora, echó una mirada a la gente que trabajaba y a los cuadros con copias de artículos que García Pérez, el director, había enmarcado, y se devolvió por donde habíamos entrado, dándose palmadas en el muslo. Por fin me fui a mi apartamento. Apenas llegué empecé a revisar el pasaporte y mis papeles, y un poco, los Orsais que me había entregado la señora Lafayette. Tal vez hallaba alguna clave entre sus páginas. Una frase subrayada, algún comentario al margen, un llamado de atención, algo. De alguna manera, por aquellos textos volvía a vivir momentos que creía olvidados y aprendía algo más sobre fóbal, sobre box, Alí, Frazier, Monzón, Nicolino Loche, sobre los personajes que citaban en los artículos, o me transportaba en el tiempo y el espacio hacia el estadio de River Plate, o a los de Boca o Racing o Estudiantes de la Plata, o a los barrios circundantes, y cada foto era un manojo de información, con sus protagonistas y sus actores secundarios y los paisajes. Esa noche empecé a ver el mundo de otra manera, a través de las fotografías. En ellas estaban congeladas pero vivas la sonrisa de un tenista y un diente picado, la camiseta rota de un goleador, la mata a medio morir en el fondo de una cancha, el cordón suelto de un guante de boxeo o una señora sentada en la primera fila de algún ring side en el Madison Square Garden de Nueva York o en el Poliedro de Caracas.</p>

<p>Cada elemento y cada persona tenían una historia y la contaban. Vi palomas que volaban sobre una pelota blanca una milésima de segundo antes de que un jugador la pateara, y percibí por el festejo desenfrenado de dos tipos subidos a un alambrado que el gol que acababan de anotar era más, mucho más, que el final de una acción de un juego. Ahí, en sus gestos, las venas a punto de reventarse, el pelo desordenado, las arrugas marcadas y llenas de barro, las manos tensas, los ojos a punto de salirse de sus cuencas, había felicidad, y aquella felicidad era alegría, pero también era ira, y odio y venganzas escupidas, vomitadas hacia un público que intentaba abrazarse a ellos para tomar, para arañar parte de todo eso, y al mismo tiempos, para echarles encima su propio aliento, hecho también de alegrías y resentimientos y odios y revanchas.</p>

<p>En la foto estaban Narciso Horacio Doval y Héctor Veira, del Huracán de Parque Patricios, Buenos Aires, en un partido de los primeros años 70, pero a su alrededor se percibía el fóbal, con sus ribetes y el delirio que provocaba entre los argentinos. Dejé a un lado aquel reportaje y pasé a otra edición, cuando sonó el teléfono. Una vez más, como decenas de veces antes cada vez que el metálico timbre de aquel aparato negro y pesado me estremecía, juré que tenía que cambiar ese sonido, y si no lo lograba, conseguir otro. Salté sobre el auricular con odio.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Aloooooo.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>¿Don Inasso Meeeejías?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Sí, claro, a sus órdenes.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Connnn Frííííasssss. Mire, no me vaya preeeeeguntar ahora nada, que lue, luego cuento, le cuento, nada por ahora, necesito si nos veamos urgente.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Cómo así? ¿Qué dice? ¿Qué pasó?</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Apartamento de lllllla Macaaa-renaaaaa. Yaaaaa, sabbbe</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>A punta de teléfono iba a quedar con más dudas que las que tenía, así que antes de pensarlo demasiado, salí, tomé mi saco, la mochila de todos los días y me fui hacia el centro. Eran las siete pasadas cuando llegué al apartamento de la Noguera. Me abrió Frías.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Sssssinnnn griiii-toooos, ¿oooooyó?.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Me tomó del brazo y me llevó a la sala. En cinco segundos apareció la Noguera, tambaleante, los ojos ardientes, entre rojos y violeta, y manchada de sangre.</p>

<p><strong>Créditos:</strong></p>

<p>Futbolear, esta audionovela de El Espectador, fue creada y escrita por Fernando Araújo Vélez.</p>

<p>La producción y la dirección actoral estuvieron a cargo de Andrés Osorio Guillot y Joseph Casañas.</p>

<p>La captura de audio fue responsabilidad de la unidad audiovisual de El Espectador.</p>

<p>La edición y el montaje sonoro estuvieron a cargo de Jessica Angulo.</p>

<p>Este capítulo contó con las actuaciones de</p>

<p>Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio Mejías</p>

<p>Joseph Casañas como Ignacio Mejías joven</p>

<p>Laura Camila Arévalo como Marcela Noguera</p>

<p>Santiago Larotta en el papel de Alberto Frías</p>

<p>Cindy Morales como Hortensia Lafayette</p>

<p>Guillermo Ricaurte en la voz de Fernán Fortich</p>

<p>Tipo de la Merca es Andrés Díaz</p>

<p>Carlos Granados interpretado por Nelson Fredy Padilla</p>

<p>Los invitamos a escuchar el próximo capítulo</p>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/X7I63IH2HFBCDOAMLCK22PXINY.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[futbolear cap 8]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Martínez</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Marioneta de papel periódico | Futbolear Cap VII]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/deportes/marioneta-de-papel-periodico-futbolear-cap-vii/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/deportes/marioneta-de-papel-periodico-futbolear-cap-vii/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Fernando Araújo Vélez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Escuche el capítulo 7 de la audionovela de El Espectador, Futbolear, la historia de un periodista deportivo llamado Ignacio Mejías]]></description>
			<pubDate>Mon, 03 Aug 2026 17:20:25 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ignacio Mejías, el protagonista de esta historia, acude a una cita clandestina en la iglesia de La Porciúncula, y allí, dos señoras le regalan unos balones y camisetas históricos, de los Mundiales de 1950 y 1958,y le entregan 37 ediciones de la revista Orsai para que descifre entre sus páginas unos códigos con los que se comunican los principales apostadores de fútbol del país.</p>

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<p>***</p>

<p><strong>Noviembre 30, 1993</strong></p>

<p>Enfermo de fútbol, bum, bum… Infectado de futbolitis aguda, crónica y sin remedio. Contagiado por el virus de la pelota, el virus de esta pelota, pafff, paffff, que cada vez contagia a más y más gente, y que se multiplicará seguramente hasta la enésima potencia… Yo caí en los delirios febriles del juego, y del juego de la pelota, para ser más precisos. Mis citas eran de fútbol, mis conversaciones todas, o casi todos giraban alrededor de la pelota. Casi que veía partidos para hablar de ellos, y leía sobre fútbol para competir con quien fuera sobre datos inútiles, vacíos. ¿El ejercicio del vacío era como lo había definido Sofía, mi novia por aquellos días del comienzo de esta historia? No, no, ceremonia del vacío fue que dijo, sí. Y con razón.</p>

<p>A mí me eligieron de marioneta unos tipos porque alguien les dijo que era el perfecto idiota útil delirante de fútbol que haría lo que fuera por el fútbol. Y me fueron llevando a su juego con pequeñas pistas que eran pequeños regalitos, golosinas futboleras que yo me tragaba con deleite. Una y otra y otra vez. Una revista, un libro, una pelota histórica, un boleto para ir a ver fútbol, una radio, una camiseta. Fútbol y más fútbol. Pum, pum… De tanta golosina, y tanta pista y citas acá y allá, y personajes oscuros y no tan oscuros, me metí en la historia que ellos estaban inventando, organizando, y me creí el cuento del fútbol limpio, ese que salía en los diarios y por la radio y la televisión y que yo ayudaba a difundir.</p>

<p>En realidad, yo era un simple señor periodista que había cambiado viajes en primera, premios, regalos y comidas por decirle mentiras a la gente, por escribir lo que me ordenaban que escribiera, y así volverme importante, imprescindible para el sistema, uno de tantos sistemas, que era lo que necesitaban acá.</p>

<p>Creí que el mérito era mío. Dele. Que ellos sólo podían seguir con sus objetivos, con su expansión y dominio si yo publicaba mis notas, y luego, tal vez, un libro, qué inocente, pues lo que yo escribía, mis notas, eran las que ellos querían. Ellos investigaban lo que querían investigar y yo ponía mi nombre. A veces, hasta escribían algunos párrafos. Yo siempre lo supe, para qué nos decimos mentiras. Callaba porque cada día era más importante, claro. Sin mis textos, y los de otros incautos como yo, ellos no hubieran podido engañar a este país. Sin nuestras investigaciones, no habrían puesto a tantos en la Federación, en los clubes, en las instituciones oficiales, en los juzgados, señores encopetados que se vendían como yo, o que sucumbían ante las amenazas.</p>

<p>Una ley a cambio de un silencio, la firma de un traspaso para que no publicitemos los hechos oscuros de ese firmante, hechos oscuros que yo ayudaba a construir. ¿Ve cómo va esto? Todo a su favor. Todo mentira. Y yo, como el prohombre de la libertad, el adalid de la denuncia, el ejemplo a seguir. Más y más falsedades. Yo era de ellos, su hombre en la redacción, siempre dispuesto, siempre diligente. Si hasta llegué a pedirles que organizaran el arreglo de un partido de alto vuelo para tener la primicia. Y lo hicieron, con mucho gusto, y movieron hilos para que yo me ganara uno de sus premios de periodismo por la “chiva”, porque hasta eso lo manejaban al dedillo.</p>

<p>Hasta que un día me di el totazo del siglo, cuando me enviaron una nota escrita por ellos para que publicara la noticia de mi desaparición.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Si dormí aquella noche, no lo tuve muy en claro a la mañana siguiente. Recuerdo que sudé y di mil vueltas por mi habitación, que me tomé no sé cuántos vasos de agua y una especie de pócima de leche con tomillo y miel, que me cambié la camiseta con la que me había acostado y me cercioré de que la del Fluminense estuviera en el fondo del canasto de la ropa sucia, encendí velas y las apagué. Fumé. Revisé algunos periódicos que tenía sobre la mesa de noche y me perdí en viejos partidos de fóbal y en ídolos de otros tiempos. Leí. Decidí que a partir de ese día en la tarde leería todo lo que tenía pendiente. Hice muecas de fastidio conmigo y me mofé de la cara de seguridad que vi al reflejarme en un manchado espejo que Sofía había dejado en una pared, y claro, del espejo pasé a Sofía, y de Sofía al amor, y del amor al desamor, y del desamor al dolor y del dolor al hambre y preparé un sándwich de queso y seguí fumando.</p>

<p>La vida era como el fútbol, sin más, sin menos, como había dicho César Luis Mennotti. Para él, la vida era como el fútbol y viceversa. En una entrevista había hablado sobre su ídolo, el Gitano Juárez, y había contado que la tarde de su debut con la camiseta de Rosario Central, fines de los cincuenta, y a pocos minutos de que se terminara el primer tiempo, Juárez le dio un balón unos metros más delante de la mitad de la cancha.</p>

<p><strong>LOCUTOR, ACENTO ARGENTINO:</strong></p>

<p>La pelota se desliza hacia Mennoti. Un paso, dos pasos, un toque. Ahora el balón, brillante como la tarde, vuelve a los pies del eterno Juárez, botines negros, mirada levantada, el bigote de moda que acentúa su rostro trascendental. Y otro toque. La bola pica en un montículo y se desvía de su destino. Mennoti la mira, pero se queda en su lugar, estático. No sabe si ir y dejar su espacio despoblado para una posible contra, o buscar un milagro. Sin embargo, ni Mennoti ni el milagro llegan, y la pelota acaba en los pies de un rival…</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>El juego no tenía pausas. Pasados unos momentos que fueron jugadas sin trascendencia, el árbitro pitó el final de los 45 minutos iniciales, y tanto Juárez como él y el resto de los jugadores de Rosario Central se dirigieron a los vestuarios. Cuando bajó los escalones, en un pasillo, el Gitano se le paró enfrente, lo llevó contra una descascarada pared y le dijo,</p>

<p><strong>VOZ ARGENTINA, RONCA</strong></p>

<p>Pibe, a los amigos no se los deja solos. Si te la dan, la buscás, siempre, y si te la dan larga, igual la buscás.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Cuando leí la frase del orsai de la carta que me enviaron, una de las primeras cosas en las que pensé fue en aquello de que el fútbol era como la vida. Yo había estado en orsai mil y más veces en mi vida, y lo seguía estando, porque el fútbol todo, absolutamente todo, estaba en orsai. Y yo hacía parte de ese podrido andamiaje. La carta, doña Carlota, el periódico en el que no tenía con quién hacer una pared, el amor con y por Sofía y el amor mismo en todos los posibles sentidos, eran algunos de mis recurrentes fueras de lugar, y en esos orsais iba pensando cuando me fui a encontrar con el personaje de la cita a las afueras de la Porciúncula, en punto de las seis. Agarré el bus a las cinco y cinco, y por supuesto, le rogué a todos los santos sin mácula de los tráficos y tránsitos bogotanos para que no se manifestaran esa tarde. O no con demasiada fuerza.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALDO</strong></p>

<p>Qué puntual, señor Mejías. Tenga usted buena tarde.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Bueeeeenassss. (TONO DE acá vamos otra vez)</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Sería por el frío o por los nervios o la señora, pero por más de que quise, no me salió más que aquel Bueeeeenasssss, hasta medio sórdido, diría. La señora Hidalgo de nuevo, incluso más señora en todo sentido que antes, me hizo señas para que la siguiera y me llevó a una especie de salón que los curas de la Porciúncula habían organizado, supuse, para momentos como aquel, y que el día en el que conocí a la señora Hidalgo estaba ocupado. Esta vez iba vestida de saco y de falda, un traje azul oscuro y zapatos negros de tacón alto.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>¿Café? ¿Té? ¿Una aromática? ¿Agua?</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Su voz, su tono, su acento y la pronunciación parecían esa tarde salidos de una película doblada. Sin esperar mi respuesta, me hizo señas de que la aguardara un instante y retornó con una bandeja, dos jarras, una azucarera y tres vasos. Luego se sentó frente a mí.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>Yyyyy, cuénteme… ¿Se siente en orsai? Y más y mejor, ¿Ya supo lo suficiente de Marcela Noguera? (Tono sonriente)</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Mi anfitriona, o lo que fuera, señaló los cuadros de santos, de pontífices y cardenales colgados al milímetro en aquella habitación, se sentó al borde de su sillón y se alisó la falda, en una suerte de gesto de pudor ante semejante catarata de santidades, o eso pensé yo, y me preguntó si era creyente.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>¿O algo así?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No lo sé, no lo sé a ciencia cierta, mejor dicho, a cabalidad. Tampoco, qué puede ser eso de “algo así”.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>Algo así viene siendo místico, esotérico, pasional… Algo así, ja.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Si de alguna cosa estaba seguro en aquel momento, era de eso: todo variaba para mí. Mis gustos, razones, mis pensamientos. La señora Hidalgo no me hizo ninguna pregunta más y a mí no se me borraba su beso de judas de la otra noche. Tampoco musitó palabra. Con cada segundo que transcurría, yo me sentía más inseguro. Tal vez con aquel silencio lo que aquella mujer pretendía era eso. Cuando la miraba a los ojos, como para ver si algo iba a ocurrir, ella sonreía. Pasados unos minutos, dos o tres que parecieron cien, le señalé los tres vasos que había dispuesto en la bandeja, pero sonrió de nuevo con el mismo gesto de diplomacia y paciencia de antes. Debían ser las seis y cuarto cuando decidí que contaría hasta 30 para largarme de allí, y lo hice en una voz baja pero lo suficientemente alta como para que fuera audible por la señora Hidalgo. Volvió a sonreír y trató de aclararse la garganta.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>Ya, ya está por llegar la tercera persona en cuestión. Excúsenos la pequeña demora.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Escuché unos pasos, y un segundo más tarde, di media vuelta y me sorprendí una vez más: la tercera persona era otra mujer, vestida de traje gris oscuro y como la señora Hidalgo, ni alta ni baja ni delgada ni pasada de kilos. Se sentó en una pequeña silla de brazos al lado mío, se inclinó para servirse agua, y me llamó por el nombre, con un don que lo precedía y que lo hacía exclusivo. En realidad, todo lo que dijo e hizo esa tarde noche aquella señora, Hortensia la Fayette, me pareció exclusivo. Nada más de entrada, y luego de tomar un poco de agua, me preguntó si estaba bien, si me habían tratado como correspondía, mirando de soslayo a su compañera y sonriendo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Digamos que sí, aunque aún no tengo ni idea de qué hago acá.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Es muy sencillo… Ya le vamos a contar.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Luego de sus palabras, la señora La Fayette se levantó, fue a una esquina y tocó una campanita que colgaba del techo.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Ya sabemos que le gusta mucho el fútbol, o el fóóóóbal. Mucho gusto, a propósito, mi nombre es Hortensia la Fayette, y a su servicio.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Me tendió su mano, y tanto ella como la señora Hidalgo sonrieron, y mientras sonreían, dos señores vestidos de paño oscuro, camisa blanca y corbata ingresaron a la sala con tres cajas plateadas que dejaron en el piso.</p>

<p><strong>CARGADOR UNO</strong></p>

<p>Usted dirá, señora la Fayette.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Ante una seña suya, el señor que había hablado hizo una leve venia y se llevó consigo a su compañero. Ante tanta solemnidad, yo me enderezaba en mi asiento y trataba de arreglarme el saco, el pantalón, y lamentaba no haberme vestido al menos de paño. Apenas los dos trasteadores se retiraron, tanto la señora la Fayette como Carmenza Hidalgo se inclinaron hacia las cajas y empezaron a abrirlas. Sin tanta venia y tanto don, empecé a sentirme un poco más relajado. Eran las seis y cuarenta y cinco. Ya había oscurecido y el ruido de la calle se había diluido. Aquellas dos mujeres cortaban cintas y pedazos de cartón, y a lo lejos, un perro ladraba. Hasta imaginé que estaba del otro lado de la puerta, pero mi película se cortó de repente cuando Carmenza Hidalgo sacó un paquete envuelto en papel celofán, amarrado por cuatro cuerdas de distintos colores y grosores, y lo depositó frente a la señora la Fayette.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Aquí está nuestro asunto, o el primer paso de nuestro asunto, señor Mejías.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Sin mirarme, retiró las cuerdas que ataban el bloque con sus dedos delgados, y una marca blanca en el anular de la derecha me llevó a imaginar su pasado, o parte de él. Su vida de casada, sus primeros amoríos, el amor, y luego la dicha de un matrimonio y la boda, y tal vez uno o dos hijos, y tal vez, también, un amante por ahí, y la desidia, la monotonía, ver a su marido y no querer ni hablarle, y menos, escucharlo, y las discusiones y los conflictos, las peleas, los insultos, el adiós, un divorcio, los papeles, las firmas y las formas, los abogados, quién se había quedado con qué, y los hijos, que habían llorado por la ruptura y porque se sentían culpables de esa ruptura, los hijos, que querían quedarse con el papá aunque la norma fuera que se quedaran con la madre.</p>

<p>Esa madre que terminaba de abrir un paquete y de doblar en cuatro el papel celofán que había sobrado, esa madre que al inclinarse había permitido que se le subiera la falda una cuarta arriba de la rodilla, esa madre que en un momento de sofoco se había quitado la chaqueta, tal vez para que yo mirara su blusa de seda y quisiera ver algo más, esa madre, en fin, que se descuidaba de tanto en tanto y dejaba que su escote se abriera o que lo hacía a propósito, y que sacó del paquete desenvuelto un arrume de revistas de Orsai, diez o quince, dos balones del tiempo de upa, un banderín, una camiseta vieja de Brasil, y que colocó todo sobre la mesa de centro y luego se levantó para ir a lavarse las manos en un aguamanil muy de iglesia que estaba ubicado bajo un crucifijo, en la primera pared a la izquierda de la puerta. Esa madre, o esa posible madre y esposa que quizá ni siquiera se llamaba Hortensia la Fayette.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Esta es la primera tarea.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Puedo ver?</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Las dos asintieron. Yo tomé aquel primer grupo de revistas y empecé a hojearlas. En la primera estaban en la portada Aldo Poy, Héctor Chazarreta y Mario Kempes, con una camiseta de la selección Argentina, los tres, muy jóvenes y a la moda de aquellos primeros años 70. El pelo largo, bigote, en el caso de Poy, y una mirada que buscaba atravesar a quien se interpusiera en sus caminos. Adentro, un periodista que firmaba como Pedro Rosas contaban la historia de la selección que fue a jugar un solo partido en La Paz, Bolivia, a 3.600 metros sobre el nivel del mar, durante el mes de agosto de 1973, para buscar la clasificación a la Copa del Mundo del 74. La idea había sido prepararla para enfrentar los efectos de la altura con jugadores alternativos.</p>

<p>Era una especie de Argentina B, que venció uno por cero a los bolivianos con un gol de Óscar Fornari, y que fue llamada por los periodistas como los fantasmas. Con los meses se fue sabiendo que aquel gran gesto de organización fue en la realidad una pesadilla para los futbolistas elegidos. Dijeron que los habían llevado hasta Santa Cruz de la Sierra y que los habían dejado allí, a su suerte, con unos cuantos baúles repletos de uniformes, un directivo que sacaba dinero de las piedras y que les prometía que todo estaba por solucionarse, y casi nada más. A veces entrenaban, a veces tenían que saltarse una comida, y acabaron por inventarse partidos contra equipos semiprofesionales de Santa Cruz o de La Paz a cambio de una cena, de un desayuno o de unos devaluados pesos bolivianos.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Parte de la historia.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Estas cajas están llenas de revistas. Acá hay 37, para ser exactos. La cuestión, ahora, es que las vaya viendo, mejor dicho, o que se las aprenda de memoria, si es posible, para ver si descubre en alguna parte un código que se han enviado a través de estas Orsais algunos apostadores. Esta es la selección que hemos hecho con un grupo muy cuidadoso. Mejor dicho, estas 37 revistas solamente llegaron a 37 personas acá en Colombia.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Y se comunican por acá? ¿No sería más fácil que hablaran o algo así?</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE </strong></p>

<p>Jaja… Son apostadores, señor Mejías. Trabajan a la sombra de las autoridades y del engranaje del fútbol. Por ahora se comunican así, pero pretenden extender el sistema. Acá les dicen quién va a ganar y quién va a perder, y otros detalles sobre los que también corren las apuestas, y nadie puede detectarlos.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>Pero esto es como buscar una aguja en un pajar.</p>

<p><strong>HOTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Un camino de mil millas se inicia con un paso, decían los sabios chinos miles de años atrás, para seguir con los dichos.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>O sea… ¿Y esto para cuándo y a cambio de qué? ¿Y las pelotas y la camiseta son también códigos?</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Esas son regalos para usted, si nos permite. Los balones de las finales de los Mundiales del 50 y del 62, y la franela de los campeones del mundo del 58. Y su tarea, para cuanto antes. Ahora le digo a cambio de qué. El hecho es que… ¿A qué día estamos hoy?</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>A 30 de agosto, 1993.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Bien, bien, gracias. El asunto es que usted va a viajar el viernes a Buenos Aires para cubrir el partido de Colombia y Argentina, y allá también tendrá otra pequeña misión.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pero cómo, si nadie me ha dicho nada.</p>

<p><strong>HOTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Tranquilo, que ya le dirán y le entregarán los pasajes y todo lo que necesitamos.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS </strong></p>

<p>Yo pasaba las hojas amarillas de aquella edición de Orsai en automático, y tocaba los balones y la camiseta y pensaba que sería imposible verificar qué tan genuinas serían. Estaba a punto de explotar, como si hubiera hecho un gol en el último minuto.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Ne-ce-si-ta-mos?</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Sí, claro que sí, somos varios los que estamos en esto, ya los irá conociendo, o no, dependerá, y tendremos tiempo de conversar todos sobre las investigaciones que usted irá haciendo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ah, pero qué bien, muy bien, es decir que ya decidieron que les voy a contestar que sí.</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Es que usted no va a poder negarse.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Todo eso suena a películas de mafia. ¿Y si me voy en este preciso momento que van a hacer, a ver?</p>

<p><strong>HORTENSIA LA FAYETTE</strong></p>

<p>Póngale el nombre que usted prefiera, señor Mejías, pero a propósito de mafias y de todo este asunto, y para darle más esa idea, le pido muy encarecidamente que no comente lo que ha visto ni lo que hemos charlado con nadie.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>Es hora.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No, no es ninguna hora, nada de Es hora, o sí, es hora de que me aclaren.</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>Con envalentonarse no va a sacar nada.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Pero en serio ustedes creen que yo soy su marioneta?</p>

<p><strong>CARMENZA HIDALGO</strong></p>

<p>Es hora.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>La señora Hidalgo le dio dos golpes a su reloj con el dedo índice de su mano derecha, se levantó y se esforzó en regalarme una sonrisa. Yo levanté mis manos, me puse de pie, resoplé, dije cosas que ni recuerdo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Y así sin más se largan y me dejan acá con todo esto, y aparte, me amenazan…</p>

<p><strong>LA FAYETTE</strong></p>

<p>Si usted considera que su pasado es una amenaza, es asunto suyo. Pero yo creo que sí, que es una amenaza, y latente, late, está latiendo en este instante y usted lo sabe.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>La Fayette me observó de los pies a la cabeza, me hizo un gesto de Ya sabe, o de No juegue con nosotros, y se fue detrás de su amiga, o de su compañera. Yo supuse que era tiempo de marcharme. Agarré las 37 Orsais, las guardé en un maletín de cuero que había desempolvado y brillado para aquella reunión, y empecé a caminar hacia la salida. Por unos segundos, me quedé estático en la mitad de aquella sala, sólo para tratar de recordarla después.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No, no, esto no se acaba acá, mis distinguidas señoras (EN VOZ MUY BAJA).</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>No supe si persignarme al salir o si irme como el viento, sin más, pero por si acaso, me di la bendición a toda velocidad frente a un crucifijo de casi un metro que habían clavado al lado de la puerta por la que habían salido mis jefas, por llamarlas así. Cuando llegué a la calle ya estaba oscuro y la gente terminaba de irse de sus trabajos hacia sus casas. Habían cerrado el café del Palomar, y apenas había luz a la entrada del Granahorrar, así que me desparramé en las escaleras y fui sacando una tras otra las revistas que había guardado. Quería leerlas todas de una vez. Atragantarme de fóbal y de orsais, de petisos y pibes y fiacas y de ese mundo que era mucho más que un mundo de letras y de fotografías. Leía, miraba lejos, pensaba, recordaba, se me atravesaban las señoras Hidalgo y La Fayette, las mafias, El Padrino, Marcela Noguera, la foto del hijo del tipo de la merca. Me mordía los labios. Miré el reloj. Eran ya las diez de la noche. Cuando empecé a guardar todo, de unas páginas salieron tres fotos. Un niño en el colegio, en su casa y de la mano de su mamá, seguramente. Stéfano, Stéfano, y Anabell y Stéfano, decían por detrás, en letra muy pareja.</p>

<p>Enseguida saqué de un bolsillo el papelito con la dirección del tipejo de la merca y decidí pasarme por ahí. Era relativamente cerca de mi casa. Aún me quedaban seis horas para que se cumpliera el plazo que me había dado la Noguera, pero se había dado el milagro de que ya tenía las fotos, alguien había hecho el milagro y sabía. Guardé los Orsais a toda prisa, recogí el maletín y me fui caminando por la Once. Desemboqué en la Trece, pendiente de que pasara alguno de aquellos buses nocturnos y piratas que hacían las rutas de la ciudad después de las ocho de la noche, aparatos grises de líneas rojas o verdes, repletos de polvo y barro, con la cojinería hecha pedazos, que viajaban casi de medio lado a lo que diera el motor. Sobre la 63, se detuvo uno luego de chirriar sus llantas y de que el asistente del conductor me gritara por la ventanilla lateral que corriera. Y corrí, con mi maletín bien pegado al brazo, y me subí por la puerta de atrás cuando el bus empezaba a retomar su ritmo vertiginoso. Pagué a los bamboleos con un billete de diez y recibí las vueltas mientras trataba de agarrarme de un tubo que alguna vez debía haber sido plateado.</p>

<p><strong>Créditos capítulo VII</strong></p>

<p>Futbolear, esta audionovela de El Espectador, fue creada y escrita por Fernando Araújo Vélez</p>

<p>La producción y la dirección actoral estuvieron a cargo de Andrés Osorio Guillot y Joseph Casañas</p>

<p>La captura de audio fue responsabilidad de la unidad audiovisual de El Espectador</p>

<p>La edición y el montaje sonoro estuvieron a cargo de Jessica Angulo</p>

<p>Este capítulo contó con las actuaciones de</p>

<p>Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio Mejías</p>

<p>Joseph Casañas como Ignacio Mejías joven</p>

<p>Antonia Villalba como Carmenza Hidalgo</p>

<p>Hortencia La Fayette como Cindy Morales</p>

<p>El Locutor argentino fue interpretado por Victor Pintos</p>

<p>Los invitamos a escuchar el siguiente capítulo</p>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/AQSTXDY3VBH4DOJ23Y27S2N42Q.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Futbolear]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Martínez</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Macumba | Futbolear Cap VI]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/macumba-futbolear-cap-vi/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/macumba-futbolear-cap-vi/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Fernando Araújo Vélez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Escuche aquí el capítulo 6 de Futbolear, una audionovela de El Espectador, sobre la historia de un periodista llamado Ignacio Mejías.]]></description>
			<pubDate>Sun, 26 Jul 2026 15:14:28 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De manera clandestina, y mientras Carlota Gutiérrez le lee las cartas eslavas, que apuntan a un mentiroso, un suertudo y a un temerario, a Ignacio Mejías, el protagonista de esta historia, le dejan en el café del Rasputín un sobre con las instrucciones para que vaya al día siguiente a una cita en la iglesia de la Porciúncula, donde debe encontrarse con alguien que le va a entregar unas informaciones secretas sobre la realidad del fútbol.</p>

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<p>Noviembre 23, 1993</p>

<p>A las cinco y cuarto o cinco y veinte, a más tardar, si la camioneta roja óxido no llegaba con su cargamento, comenzábamos a sobre respirar. Sabíamos que allí, en el baúl, entre los chocolates y los dulces y las colombinas y los paquetes de crunchis y de basura estaba nuestra salvación, y apenas hoy me pregunto cuál salvación y de qué, como me preguntó un compañero cuando le dije por qué íbamos tan desaforados a buscar lo que buscábamos a la camioneta del compa Jairo, todo swing, todo baile, tumbao, diríamos, todo onda de juerguear y que el sol se escondiera y volviera a salir y se escondiera de nuevo. Mi compañero, mulato izquierdo, de aquellos punteros que te sacaban a bailar un danzón y después te esperaban para sacarte a bailar de nuevo, puro meneo dos veces Garrincha, me hablaba de Garrincha cada dos por tres. Me contaba de sus decenas de hijos, de que se agarró a mano limpia con Pelé por el amor de una mujer, Elsa Soarez. Me repetía que las mujeres iban a los aeropuertos a esperarlo cuando volvía de viaje con la Selección o con el Botafogo y llevaban pancartas que decían quiero un hijo tuyo, Mané, y que esas mismas mujeres y otras miles hacían fila para que la negra Inacia lo curara si estaba enfermo o si se había lesionado, allá en las favelas de Río o de Sao Paulo o de Salvador, porque en cada favela había cien Inacias, aunque se llamaran María de Souza, Malena o Elvira. Macumba, magia negra, magia mulata, magia para futbolear, como la que nos vendía el compa Jairo.</p>

<p>Magia a las cinco y minutos para resistir lo que quedaba de entreno y para volar en la noche y al día siguiente, y magia para los partidos de los sábados en la tarde, los de la Liga y los que programaran por ahí fuera de la liga y ganarse unos pesos, como Garrincha al final de su carrera, que viajaba por Italia y jugaba, jugaba y cobraba y volvía a viajar, y un trago y un gramo y una noche delirante y luego a volver a jugar y a cobrar, como me lo relataba el mulato izquierdo, que terminaba su eterno cuento preguntándome si sabía quién lo llevaba por toda Italia en aquellas correrías. Yo le respondía que no sabía, y él se levantaba, hacía gesto de tocar una guitarra, se contorsionaba, ding ding, dong, dong, y con una lenta dicción que pretendía ser portuguesa, o brasileña, si es que había diferencias, me decía: Chico Buarque. Yo abría los ojos, ¿Quéééééé? ¿El de Ohhhh qué será, qué será, el de Llegó a la construcción como si fuese el último? Ese, ese mismo, mi pana, también se ganaba unas liras y algo del resto llevando a Garrincha, un pajarito que no sirve para nada, como decía. Con cada gramo de las chocolatinas del compa Jairo, el mulato izquierdo hablaba más, y cantaba como Buarque, y al día siguiente, magia, todo magia. Cuando se le pasaba la euforia, se escondía detrás de los rivales para que nadie le pasara la pelota. Solo esperaba a que el partido acabara para ir a vomitar la desidia que le provocaba la vida, y el fútbol vida, claro, sin los dulces del compa. Un día, el compa no llegó. Y pasaron los minutos, y todos empezamos a desesperarnos, y dieron las seis y las seis y media. El mulato izquierdo me pidió unas monedas y se fue a la esquina. Al regresar, todos imaginamos la tragedia.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS (RUIDO DE CAFETERÍA)</p>

<p>Yo me hice el idiota muchas veces, o no quise pensar ni analizar nada por ir a jugar o a ver fútbol, pero toda esta historia en realidad sí parecía atravesada por la Macumba, como había dicho doña Carlota, que soltó su frase, se rió, y se fue a despachar a una mujer que acababa de llegar con un pequeño paquete. Yo me fui al baño, por lo menos para verme la cara de cadáver que debía tener.&nbsp; Cuando regresé, doña Carlota me entregó un sobre blanco, del tamaño de aquel de la carta de antes. Tenía dos sellos que en un principio no logré descifrar. Venía sin remitente y estaba dirigido a un Pablo que, por supuesto, no era yo. Le di vueltas, traté de mirar su contenido a la luz blanquecina de un tubo de neón, miré a doña Carlota, le hice gestos de quién, de cuándo, de cómo, pero ella me los devolvió con un reiterado meneo de su cabeza de izquierda a derecha y un prolongado quejido, que parecía reclamo.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Jummmmmmm</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Le dije a doña Carlota que yo no era Pablo, como si ella no lo supiera. Sonrió, solo sonrió. Le pregunté quién había dejado el sobre. Alzó los hombros en señal de “ni idea”, y luego musitó que lo había llevado la mujer que llegó a toda prisa y que yo había visto, y que se marchó sin que ella hubiera tenido tiempo de hacerle cualquier pregunta.</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS JOVEN:</p>

<p>¿Y usted logró ver si llegó a pie, así, sin más?</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Sí, creo que sí, a pie, así, y sin más.</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Pero cómo era.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Tenía el pelo recogido. Usted la vio.</p>

<p>IGNACIO JOVEN</p>

<p>Doña Carlota, por favor, necesito más información. ¿Cómo le dijo que era para mí? ¿Qué acento tenía?</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Ay, Don Ignacio… Dijo, o gritó, que para el señor Ignacio Mejías, Ignacio Mejías, Ignacio Mejías, aunque ahí diga Pablo y lo que quiera decir. Y las cartas, las cartas eslavas, ¿qué? ¿Se las echo o no?</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Sí, sí. Hágale.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Saque tres, esto es rápido.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Uyyyy, pero qué muñecos tan horribles esos. Bueno, acá voy, uno, dos, tres. A ver qué…</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>El mentiroso, el suertudo y el temerario. ¿Usted es todo esto?</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>No sé, cómo voy a saber. Eso dicen esas cartas…</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>La señora Carlota miró a sus muñecos y me observó con ojos de interrogación. Después volvió a decir El mentiroso, el suertudo, el temerario. En realidad, con los muñecos eslavos y la suerte y todo, yo pretendía aplazar la apertura del sobre que me habían dejado. Una semana atrás había terminado una larga relación de amor, si es que había sido de amor, y supuse, no sé por qué supuse o quise suponer que la carta tenía que ver con eso. Sofía, mi novia por siete años, era una mujer que no se rendía. Su perseverancia hacía más difícil la situación, más dolorosa, pero no había retorno. En ese momento, desgarradoramente, no había retorno. Yo le había dicho que no iba a seguir siendo un puntico negro en su vida, y que solo necesitaba libertad.</p>

<p>SOFÍA ANDRADE</p>

<p>¿Pero nunca fuiste libre conmigo?</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Sofía me soltó su pregunta con la mirada perdida en un rincón del cuarto en el que yo había dejado mis maletas antes de marcharme, un mes atrás.</p>

<p>IGNACIO JOVEN</p>

<p>No lo libre que yo hubiera querido.</p>

<p>SOFÍA ANDRADE</p>

<p>Pero jamás dijiste nada de eso. Bah, la libertad, que es una ilusión</p>

<p>IGNACIO JOVEN</p>

<p>No era necesario decírtelo, Sofía, o eso pensé.</p>

<p>SOFÍA ANDRADE (Irónica y nostálgica)</p>

<p>Ahhhhh, pero era yo la que necesitaba siempre que me adivinaran.</p>

<p>IGNACIO JOVEN</p>

<p>Supongo que me contagié.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>En el fondo, y aunque sonara a pataletas de niño caprichoso, yo solo quería tiempo para ver mis partidos de fútbol, para jugar al fútbol y hablar de fútbol. En fin, para futbolear. Y una relación comprometida con cenas familiares, fiestas de cumpleaños y visitas varias los fines de semana me había hecho perder muchas finales y demasiados partidos ya. Siete años, cada uno con sus 52 fines de semana, habían significado que por lo menos había dejado de ver 732 juegos tras-cen-den-ta-les. Ya hasta me sentía como un idiota las pocas veces que me veía con mis viejos amigos y me tenía que callar porque no sabía lo que había ocurrido con tal o cual jugador, o en tal o cual encuentro decisivo. Una noche le conté a Sofía la historia de un escalador a quien su mujer le había pedido la noche de bodas que eligiera entre las montañas y la escalada, o ella.</p>

<p>SOFÍA ANDRADE</p>

<p>Ajá, y la habrá elegido a ella, por supuesto. Los hombres, los hombres, malditos hombres.</p>

<p>IGNACIO JOVEN</p>

<p>El señor decidió...</p>

<p>SOFÍA ANDRADE</p>

<p>Ya, ya, ya sé. Pues allá él y lo que se perdió el gran soquete</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>A mí jamás me hicieron una pregunta similar, tal vez porque a ninguna novia se le ocurrió, o porque todas sabían cuál iba a ser mi respuesta. De cualquier modo, con pregunta o sin pregunta, por eso que llamaban “amor” me perdí un montón de partidos definitivos. Lo más grave no fue que me los hubiera perdido. O sea, que no los hubiera visto o escuchado por la radio, sino que fue como si no hubieran quedado registrados en mi memoria. Los anoté en mis infinitas libretas de fútbol con la mayor cantidad de detalles que pude recuperar, pero no era lo mismo. No, no fue lo mismo, porque una cosa era que viviera los juegos y anotara de inmediato lo que en ese instante me llamara la atención, así fuera un disperso saque de banda, y que discutiera con los locutores y el televisor, y otra muy diferente, que escribiera lo que había leído y lo que me habían contado. O sea, versiones de versiones de versiones, una ceremonia de vacío, como la llamaba Sofía.</p>

<p>SOFÍA ANDRADE</p>

<p>Pero usted con su maldita manía de tener que estar ahí pegado a la radio o al televisor para ver a unos patihinchados darle a una pelota… Para acá, para allá, para acá, y escriba cosas que ni entiende después, y sufra por algo que no importa, y yo, más tonta, idiota redomada, acompañándola a esa ceremonia de vacío interpretada por títeres, por no decir que de estupidez.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Pero le gusta acompañarme y verme sufrir, diga que no, a ver.</p>

<p>SOFÍA ANDRADE</p>

<p>No, Nachín, no me gusta y no me va a gustar jamás, usted lo sabe muy bien y se hace el bobo. Yo me le pego para estar juntos, pero el fútbol, los futbolistas, la gente como usted que llena sus vacíos o sus desgracias o sus inseguridades o lo que sea llenando estadios, me importan un soberano pepino. Como decía la ranchera, ‘las demás opiniones me vienen sobrando’.</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Por Sofía, logré entender lo que alguna vez le había oído decir a un compañero de trabajo: para casi todos los detractores del fútbol, comenzando por ella y continuando por Borges y siguiendo por miles de miles, el fútbol solo era un resultado, mientras que para mí era más, mucho más que un marcador. Era una historia, un proceso, una película de 90 minutos que parecía repetirse todos los días en varios lugares del mundo, pero que no, jamás era la misma. Nunca se repetía. El fútbol era como la vida, y en algunos casos, sí, era la vida misma. Cuando volví a tomar la carta y a ponerla a contraluz, concluí que no era obra de Sofía. Ella por lo menos habría puesto mi nombre en el dorso del sobre, Ignacio Mejías de Tomás, y seguramente no habría necesitado pagar por los tres sellos de próceres que solían estampar en las cartas que la gente mandaba por correo, Bolívar, por supuesto, Santander y Nariño. Mientras veía sus rostros, tan de héroes del siglo XIX, tan de generales de decenas de charreteras, pensaba en mi pozo acumulado de ignorancia.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Me voy en media hora, señor Mejías. Sólo le aviso a ver si…</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>¿A ver si…?</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Pues a ver si salimos de una vez del sobre y la peliculita.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Pero por qué la prisa</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Porque usted ahí todo despacio y una que se muerde las uñas. Y con lo que le salió en las cartas eslavas, más mordidas y más uñas y más peliculita.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Bonita hora de estar afanándose luego de que no le paró ni cinco de bolas a la muuuujer que trajo el sobre ni a nada.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Todo pasó en un segundo, man. Así, (y chasquea los dedos), pero ahora se puso buena la novela.</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>En últimas, para seguir con los Bolívares y Santanderes, la historia de la humanidad bien podía ser la historia de las derrotas, o una gran derrota, pensé, y me sentí brillante por haber llegado a semejante conclusión. La humanidad es un invento que fracasó. La idea de las derrotas me llevó de nuevo a mi sobre y me quedé unos segundos rumiando las derrotas que habría detrás de aquel simple y ordenado arrume de papel. Abrí el abanico de opciones. Las otras posibilidades eran mis amigos de los tiempos finales de la Universidad y del barrio La Estrada, Federico Robles, a quien llamábamos El sable, Arturo Solanas y Juan del Barril, aunque luego de salir no nos vimos mucho que digamos, apenas para uno que otro favor de urgencias, como el de la noche con Solanas y el anuario que me había llevado Del Barril. Puestos a repasar, la verdad es que si no hubiera sido por ellos, yo jamás me habría graduado de bachiller. Eso era claro. Y si no hubiese sido por mí, ellos se hubieran demorado unos años más en hacerse tan cercanos, tan íntimos, tan compinches y cómplices.</p>

<p>ROBLES</p>

<p>¿Entonces, qué, listos?</p>

<p>SOLANAS</p>

<p>¿Listos pa´qué o pa´dónde?</p>

<p>ROBLES</p>

<p>Pa’ las que salgan viejo, o las que busquemos…</p>

<p>DEL BARRIL</p>

<p>Y otra tarde más como las otras tardes sin tener claro nada y sin saber hacia dónde vamos.</p>

<p>ROBLES</p>

<p>Ayyyyyy, no. Ya salió el profundo meditador…</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Cada uno de ellos podía tener un motivo, o varios, para haberme escrito. Por un momento eso me hizo sentir necesario, importante, pero en menos de cinco minutos aquella sensación se esfumó, o mejor, se transformó. El sable Robles, por mencionar a uno, podía buscarme solo para bromear. Tramar algún tipo de cita clandestina, citarme en un lugar y esconderse para disfrutar de mis reacciones, o inventarse una historia lacrimógena sobre su pasado y luego, con los días, ir soltando pistas que me llevaran de un lugar a otro y de una persona a otra sin destino, simplemente para contar después con unos tragos de más que lo había hecho. Nada de raro tendría que les hubiera enviado sobres parecidos a todos los demás del grupo, y a alguien más, con el único fin de movernos de un lado al otro cual titiritero.</p>

<p>Del Barril era lo contrario. Más parecido a mí, creo. Se lo tomaba todo en serio, y si me había escrito debía ser porque le acababan de diagnosticar una&nbsp; enfermedad o porque se había ganado alguna de las loterías a las que le gustaba jugar, siempre sin acertar. ¿O para que le devolviera su anuario de la Noguera? Solanas, por último, era una marioneta y no necesitaba que le pusieran hilos. Vivía para servir, en un desmesurado afán por sacarle a la gente unas gracias y una sonrisa, o eso creía yo. Si me había escrito, seguro lo que decía era una bomba, algo que seguro rompería sus hilos y lo dejaría desnudo, sin defensa. No, en definitiva, no creí que fuera alguno de ellos. Nuestra amistad o como se llamara aquella relación no estaba cimentada en las confesiones ni en los grandes secretos, y la carta, aquel sobre que veía sobre la mesa y no era capaz de abrir, guardaba algún secreto, de eso estaba convencido.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Buenoooooooo… Llegó el momento del adiós, laralalala</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Venga, venga, tomémonos otro tinto y ya, por favoooooor</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Y luego no puede y no diga que yo…</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Es que hasta algo de miedo me da todo esto.</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>La tarde se había hecho ya muy oscura. Llovía y amainaba y volvía a llover. La frase en suspensivos de doña Carlota me hizo imaginar que cuando abriera el sobre empezarían a aparecer un montón de puntos suspensivos en mi vida, y me vi acribillado de puntos. Antes del último tinto, y como perseguido por los puntos, decidí abrir la carta frente a ella, para que se convirtiera en la primera testigo de lo que iba acontecer. Sin mayores precauciones, rompí el sobre, y del sobre saqué una hoja en blanco, y de la hoja en blanco se deslizó otra hoja más pequeña que cayó al piso.&nbsp; En una letra minúscula, decía: “Necesito verme con usted, si puede, a las seis de la tarde mañana a la entrada de la iglesia de la Porciúncula. No se preocupe por mi identidad, que ya sabrá quién soy. No lo voy a dejar en orsai, como usted…”.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>¿YyyyyyyyyyyyYYYYYYY?,</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Doña Carlota subía el tono con cada y, y, y, y, y que soltaba,&nbsp; y con los hombros y los ojos y las manos y los huesos, que parecían siempre sobrarle.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Y nada, esto, una cita mañana…</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Apenas le respondí, guardé el papelito.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Ufffffffff, todo un misterio, o varios. El amoooor, el amooooor. ¿Y dónde, a qué hora, qué se va a poner? Diga, diggggaaaa</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>¿Cuál amor, mi señora? Ahí solo dice que una cita, una cita y que no deje a la persona que me citó en orsai, eso, si quiere saber. ¿Dónde está el amor ahí?</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Uyyyyyyy… Pero se sulfuró. ¿Y qué es eso del orsai que me suena medio a ruso o yo qué voy a saber?</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Es un término de fútbol, de fútbol de barrio, diría yo.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Ah, ya, listo, bien, como no me explica...</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Es argentino, o así le dicen unos en Argentina al fuera de lugar.</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Doña Carlota explotó en una risa mitad burla, mitad actuación, y luego me comentó que toda su vida iba a tener problemas con los malditos fuera de lugar.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Yo nunca los entiendo bien, y ahora, con este nuevo nombre, menos.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>¿Y qué más?</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Mis palabras iban por un lado, y yo por otro. En el fondo pensaba en aquella palabrita del orsai más que en su definición. La había leído por vez primera en una revista que precisamente se llamaba así, Orsai, y como en tantas y tantas otras ocasiones con términos que salían allí, muy lunfardos y argentinos o de compadritos de relatos, no entendí qué quería decir, pero poco a poco y crónica tras crónica logré descifrar que era offside, así como full era foul y win era puntero y fiaca era perezoso.&nbsp;&nbsp;</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Pues así parezca bobo, como que sí me llaman la atención tantas huellas, o manchas. Mire usted, don señor Mejías, acá, y acá, y por detrás, pero usted es el que sabe.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>¿Cómo así el que sabe? ¿Usted cree que es que yo soy espía del F2 o de la CIA o de la KGB o lo que quiera suponer?</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Es su carta, su sobre y su orsai y su revista. Y su pasado…</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>¿Mi pasado? ¿De qué pasado me habla?</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Ay, ayyyyy… Todos tenemos pasado, todos tenemos parientes, todos por algo lloramos, como dice Piero.</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>Yo había empezado a leer aquella revista de niño, a finales de los 60. La primera que compré, o mejor, que firmé a cuenta de mi padre en una farmacia que a la vez era tienda de abarrotes y librería y papelería, fue una tarde de miércoles a la salida del colegio después de un partido en el que había tenido que jugar de portero, y como portero, había sacado al córner una pelota que había subido y de repente había bajado a mis espaldas. Me lancé hacia atrás y logré pellizcarla con los dedos. Me sentí Lev Yashin, y nunca he olvidado ni la sacada ni cómo me sentí Yashin ni la tarde ni el arco ni que había decidido ser arquero a lo Carrizo, unos metros delante de la línea de gol. Fue la tapada de la victoria, porque apenas el balón picó en tierra, unos diez metros detrás del arco, sonó la campana y con el tin tan de la campana se hizo de noche, y con la noche salí a las carreras a la casa. Pasé por La mercantil para comprar una barra de chocolate, pero acabé por llevarme un ejemplar de Orsai, sólo porque era de fútbol. En la portada aparecían dos jugadores con banderines en sus manos, Franz Beckembauer y Antonio Ubaldo Rattín.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>¿Sabe, doña Carlota?, cuando yo empecé a leer los artículos de esa revista no entendía nada. Entre pibe, petiso, fiaca, orsai y demás, cada historia y cada personaje se me hacían de un mundo muy lejano, pero seguí metido en cada página de la revista. Las fotos, el ritmo de los textos, la diagramación, el olor de las páginas y el misterio que implicaba que todo eso hubiera ocurrido en otro país, y fuera de otro país que se llamaba Argentina, como un rumor de piedras de río, me sedujeron, y a la semana siguiente, miércoles en la tarde de nuevo, compré la edición que le seguía a la de Beckembauer y Rattín. El fútbol en realidad era lo más importante de mi vida de niño. Siempre lo fue, y lo sigue siendo, no solo cuando lo jugaba, sino cuando lo leía, cuando iba al estadio las tardes de los domingos y cuando me acostaba a dormir.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Qué amor, ¿no?</p>

<p>MEJIAS JOVEN</p>

<p>La verdad es que en el colegio jugábamos hasta las mil, y a veces hasta los profesores se metían en nuestros partidos. Yo me quedaba hasta que se iba la luz del día con unos cuantos amigos. Ahora que me pregunta, creo que todo se inició porque mi papá apostaba a las carreras de caballos del 5 y 6 y encendía la radio los domingos para oírlas, y entre carrera y carrera transmitían partidos de fútbol, o al revés. Y no sé, o sí, o lo que sea, pero aquellas transmisiones me embobaban, sobre todo por un nombre que repetían y repetían, Sekularac, un tipo que jugaba en Santa Fe.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Suena como a vampiro, y es un decir.</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Le decían Seki. Era un yugoeslavo. Obviamente que yo no tenía ni idea de nada de eso cuando lo de los caballos y las carreras, pero con los años fui aprendiendo. Leía lo que escribían en los periódicos de fútbol, y estaba la radio. Usted sabe.</p>

<p>CARLOTA GUTIÉRREZ</p>

<p>Lo dicho, amor. Su primer gran e inolvidable amor. &nbsp;</p>

<p>MEJÍAS JOVEN</p>

<p>Supongo que sí, o algo por el estilo. Yo debía estar loco, todo el día me inventaba cantos con las palabras raras de la revista aquella, Orsai,&nbsp; y mezclaba orsai con win y full. Me sacaba rimas con gol, tiro y portero, que en realidad sólo eran rimas para mí, y las murmuraba por las noches, dándole balonazos al muro de una paredilla alumbrada por un farol que titilaba casi con cada pelotazo, creyéndome El Pinino Mas, un puntero izquierdo de River Plate que había debutado en la selección de Argentina con 17 años, en el Mundial de Inglaterra, 1966, y que según los que escribían en Orsai, cantaba Si se calla el cantor, calla la vida, como parte de las celebraciones de sus goles. Yo era él, me creía él y cantaba como él, pero con mi pelota de caucho y en mis propias películas, más allá de que no tenía ni idea cómo era la melodía de aquella canción, ni qué más decía ni quién la había compuesto.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>

<p>IGNACIO MEJÍAS</p>

<p>“No lo voy a dejar en orsai, como usted”, decía la carta. Volví a leer el mensaje al derecho y al revés, como si en alguna de aquellas lecturas fuera a encontrar la clave de todo, y pese a que no quería leer nada más, ni saber quién la escribió ni ir a la cita del día siguiente en La Porciúncula.</p>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/XEV4DPDA5NHKHHTR233HXHKOGU.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Futbolear Cap 6]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Martínez</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[El fútbol, un apartheid de once | Futbolear Cap V]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/deportes/mundial-2026/el-futbol-un-apartheid-de-once-futbolear-cap-v/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Fernando Araújo Vélez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Escuche aquí el capítulo 5 de Futbolear, una audionovela de El Espectador, sobre la historia de un periodista llamado Ignacio Mejías.]]></description>
			<pubDate>Sun, 19 Jul 2026 15:50:20 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Marcela Noguera, su novio, Alberto Frías, y sus compinches, intentan convencer a Ignacio Mejías de que luego de la fiesta que tuvieron en su apartamento de La Macarena, golpeó e hirió muy gravemente a un invitado al que le decían “El Merca”.</p>

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<p><a href="https://www.elespectador.com/deportes/mundial-2026/a-nosotros-nos-importa-un-pepino-el-futbol-futbolear-cap-iv/" target="_self" rel="" title="https://www.elespectador.com/deportes/mundial-2026/a-nosotros-nos-importa-un-pepino-el-futbol-futbolear-cap-iv/"><strong>Escuche el capítulo anterior aquí.</strong></a></p>

<p>Noviembre 20, 1993</p>

<p>Exclusivo, excluyente, un apartheid de once, de trece si queremos, de cinco, de siete como en los picados, pero apartheid. Juega el que sabe, y punto mi señor. Juega el que nos hace ganar, el que quita, muerde, construye, dribla, el que hace goles o el que va al arco, gordito excluido del verdadero juego, con alma de delantero que no tuvo más remedio que obedecer y hacerse bajo el arco para que los cracks lo dejaran en el equipo. No, si después nos rasgamos las vestiduras porque Vivalda se le lanzó a un tren, o porque un anónimo tercer portero de cualquier equipo se botó de un octavo piso. Hipócritas. Todos somos responsables de sus tragedias. Es más, mi señor, todos somos responsables de todo, como decía un escritor ruso, y busque, porque acá no quiero dármelas de sabio cuando apenas soy un pobre sabihondo que repite lo que dijeron otros. En fin. Acá sigo, dándole al muro, con la izquierda, con la derecha, con la cabeza, parándola de pecho o con el muslo, ensayando hasta las vísceras una rabona o una bicicleta para descrestar a los cracks y que así me metan en el equipo y me permitan ser parte de su juego, genios, divinidades, decidores y decididores de quién juega y quién no.</p>

<p>Porque ellos deciden. Como las lindas de los bailes de 15, o de 18 o de siempre y aunque no haya baile, van con la cabeza erguida, en un envoltorio de luces de seguridad, y pisan fuerte, y miran por encima del hombro y se sientan en sus tronos y allí reciben las dádivas de sus súbditos y luego eligen a uno. Los demás, a la caneca. Rechazados. Todos rechazados. Todos humillados. En el fútbol como en el amor. La ley de la vida, la ley del más fuerte, dirán. Si usted no tuvo que pasar por las pisaditas de antes de los picados en los que los cracks iban pidiendo, uno usted, uno yo, del mejor al peor, y al final, los ripios, los troncazos, si no ha ido a una fiesta y se ha tenido que morder los labios para atravesar un salón repleto de gente que lo mira mientras le ofrece su mano en señal de “bailemos” a la mujer de sus sueños, y le han dicho que no y ha querido que se abra un hueco para meterse ahí e irse directo a la quinta paila del infierno, si usted no ha escuchado antes de un juego importante al capitán recitar la alineación para el partido de turno y no ha escuchado su nombre ni su apellido ni nada y ha tenido que sentarse a esperar en un montículo, y a odiar en ese montículo y tener que hacer cara de ‘el equipo somos todos, y todos vamos por la victoria’, cuando lo que queremos en realidad es que se muera el capitán y entrar por él y hacer el gol del triunfo en el minuto 90, y si es de chilena, bendito sea dios… Si usted no vivió esas cosas, mi hermano, no me venga con cuentos de que el fútbol incluye y a repetirme lo del comercial aquel del niño del ‘dejen jugar al negrito’, ni con adulcorados discursos de solidaridad y de amor y peace and love y que se vayan todos al demonio.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Yo qué ahí, Frías, hable bien, hable claro, cómo así que ttttttodooooooo? ¿Tttttodo qué, carajo?</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>Nacho, Ignacio, cálmese, que no queremos más problemas.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Sí, necesitamos calma. Pensar, pensar, ¿bien?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pues por mí, yo estoy repodrido de ustedes con sus trampas y sus planes…</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Veo que no se acuerda de nada de anoche, o se está haciendo el bobo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿De qué, a ver, de qué me tengo que acordar?</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>¿Qué cree, que de dónde sacó esa camiseta del Flu que se le sale por ese cuellito? ¿Y quién lo trajo hasta la casa de papito y lo desnudó, ayyyy ayyyy ayyyy?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Bueno, ya, bastaaaaa… Metámonos a ese café y hablamos y le recordamos a este tipito lo que hizo.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Lo que había hecho, les recordé, fue meter aguardiente y cerveza y una cosa que había llevado un amigo de ellos. Apenas recordaba figuras borrosas, rostros y torsos desnudos, besos muy húmedos, ropa que caía, bailes. Todos con todos. Ya después, nada, y después de esa nada, mi cuarto y el uniforme del Flu y Usted abusó y el relato del negro que como que quería ser blanco, y que por el milagro de que se agotara la batería de las pilas había dejado de salir del fondo de mi maletín.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Bastante que gozó anoche, ¿no, don Sánscrito?</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>Sí, qué va, con lo que nos esforzamos y ahora sale con que no se acuerda. No viejo, nooooooo. Noche perdida, como dicen.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Rrrrrrasssputttín, que se llamaaaaa estttte sssitioooo, ja</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>Apenas para que usted lo diga, Rrrrrrrrrrasssputttín…</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Oiga, Sánscrito, el tipo que nos llevó la merca sabía cosas, lo nuestro, las apuestas, y más…</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Puessssss, no será el primero.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Fue uno de los que cayó. Nos reconoció. Nos amenazó, dijo algo como que trabajaba con los tiras.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Nos? ¿Nos? ¿Nooooossssss?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Oiga, santurrón, ¿usted ya se miró el pecho?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Con qué tiempo.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Pues hágale, hermano. Mírese</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>Yo le hago, hembrito, como anoche, ¿sí?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ufffff, no, ¿y esto? Pero ni lo siento.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Usted se agarró con el de la merca y lo dejó Tuqui tuquiiii. Buena esa, Kid Sánscrito.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ese no era yo. No me venga con cuentos.</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>Y volvemos con las mismas. Viejo, usted le dio al man y el man no se paró. Ahí de milagro respira. Tuvimos que guardarlo en el sótano, ¿bien? ¿Ya por fin se va enterando?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Hable a ver…</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Necesito un abogado.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Diiiiga, mmmmmijo….</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Buenassss, ¿hay algún problema por acá?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>No, linda, todo bien. Más bien, cuánto se le debe.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Pero si no han pedido nada…</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Doña Carlota, no hay lío, para nada. Excuse el escándalo, por favor.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Ahhhh, doña Carlota. Bien, bien. ¿Será que nos puede regalar cuatro cervezas, pero para llevar, o sea, con envase? La verdad es que andamos con apuro.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>A los estrujones, o como se diga, me llevaron al apartamento de la Macarena, y allá, en una especie de subsuelo, abrieron la puerta de un cuartucho y me mostraron al tipo de la merca, con una herida en la sien y otra en la cabeza, amarrado a una silla, vendados los ojos y con un esparadrapo en la boca… Gemía, se retorcía. Luego de mostrarme a mi supuesta víctima, la Noguera cerró con mil llaves y me botó al sofá de la sala. No había un solo indicio ni de rumba ni de pelea. Todo estaba impecable.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA </strong></p>

<p>Por más vueltas que le hemos dado a esto, no nos queda más que llamar a la poli y contar lo que ocurrió, don Sánscrito.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pero si ustedes se están inventando una novela. No hay ninguna señal de que yo le haya dado a ese man. Mire mis manos, limpias. Mi cara, mis brazos, mis piernas, todo sano.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>La Noguera sonrió con aquella sonrisa imposible que sabía manejar, miró a Frías, y Frías se puso unos guantes y sacó del cajón de un aparador un jarrón de cobre que parecía muy pesado, con tintes rojos en la base.</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Laaaaa sangrrrrrre de la evi-evi-evi-ddddencia.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Obvio que esa sangre, si es sangre, no es mía. Creerán que soy idiota, pues.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>No es su sangre, pero ahí están sus huellas, Sánscrito.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>A ver, díganme de una, qué es lo que de verdad quieren.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Es que no hay otra que llamar a los polis, lindoooooo. A menos…</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿A menos de qué? Yo ya estoy podrido de todo esto. De ustedes, del fútbol, de las apuestas… de todo.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Oye, Sánscrito, muñeco. Nosotros estamos de tu lado, ¿cierto?</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>Síííí…</p>

<p><strong>ALBERTO FRÍAS</strong></p>

<p>Porrrrr suppues-toooo</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Cómo no vamos a cuidarte, con esos ojitos de ensueño, y esa nariz respingadita, y esos rulitos de dios griego, boquita de corazón… Tú estás con nosotros, y nosotros contigo, así que relájate. Relax y amor.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Y yo hasta le creía. Una mujer así, que me decía esas cosas. Qué digo, que me hablaba y delineaba con sus dedos, finos, ágiles, que me desarmaba con su mirada de promesa. Yo hubiera ido hasta el infierno con ella y por ella si me lo pedía. Cuando dijo amor, se me acercó y quedó pegada a mí, o yo a ella. Encaramó una pierna sobre las mías, recorriéndola con sus manos, al derecho y al revés, subiendo centímetro a centímetro su larga falda de tela india hasta la mitad de su muslo, y acercó su boca a mi oído. Me sopló, suave, penetrante, convencida.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Ese tipito al que usted noqueó con ese jarrón, Sánscrito, se llama Julio Camino. Tiene un hijo de cuatro años, Stéfano. Aunque no lo parezca, es un padre con todas las mayúsculas, y un esposo, también, y seguro, un hijo modelo, ja. En fin. La mujer, Anabell, trabaja de sol a sol en dos peluquerías distintas, y él, pues ya sabe, colabora con la merca y con alguna platica que a veces es más y a veces menos como informante. ¿Vamos bien?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>Mmmmmmm</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>¿Vamos bien, muñequito? Quiero oír tu linda voz.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Sí, bien, vamos bien, o sea, entiendo lo que dice. Siga</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>(Trala lalala lalalala. Tararea la música de Misión Imposible o algo así). Su misión, si decide aceptarla, adivine.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Yo no voy a hacer nada de lo que están pensando.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Es que no tienes opción, mi muñeco.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Prefiero muerto.</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>¿Muerto? ¿Muerto? Ja…Oigamos a este, pues, que ni siquiera ha escuchado lo que tiene que hacer y ya se está matando.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Hablen, entonces</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Esto tiene dos partes, como mínimo. La primera, averiguar dónde estudia el crío, sacarle fotos, y a la mujer, Anabell. Y rápido que ese tipo se nos puede morir allá abajo. Y la segunda, ir a chantajearlo con las fotos para que se calle pero bien calladito. Sólo es que se las muestre y listo. Él entiende, ni bobo que fuera.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Y luego, ya? ¿En paz y para siempre?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Luego hacemos una fiestica como la de anoche para celebrar, mi muñecoteeee, que quedamos muy como en la mitad.</p>

<p><strong>SARA</strong></p>

<p>Y menos de la mitad, qué penaaaaaa… Y con las ganas que tengo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Cuándo es el plazo?</p>

<p><strong>MARCELA NOGUERA</strong></p>

<p>Veinticuatro horas, papito. Acá tiene el teléfono del tipejo. Dependemos de usted, todos dependemos de usted.</p>

<p><strong>IGNACIO MEJÍAS</strong></p>

<p>Me fui como un robot, con mi maletín y la grabadora a cuestas. Caminaba, pero era otro el que le daba las órdenes a mis piernas. Y era otro el que pensaba. Y era otro el que iba desechando alternativas, y era otro el que creía que su única opción era matar a la Noguera, y de paso a Frías y a Sara, o irse a uno de los puentes de la 26 y lanzarse al vacío. O no, el de esas posibilidades sí era yo. Un hombre sin rumbo, sin destino, atrapado por estúpido, por ingenuo, por yo. Enredado desde el principio por las argucias de una mujer, una mujer así, y un idiota como yo, que en medio de la situación, sacaba tiempo para pensar en que tenía que llegar rápido a la casa para ver un partido de los azules, y que luego recordaba que el televisor estaba dañado y se iba al café de la 57, el Rasputín, a ver si allá lo podía ver.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>¿Y los amiguitos? ¿Estaban como alzaditos, no?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ni amigos ni itos ni nada</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Café y bien cargado, supongo.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>¿Acá van a ver el partido?</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Cuál partido, mi señor. Ni idea, si hay juego, seguro ahora pasan por acá los hinchas hacia abajo, con sus banderas azules y sus cartelitos. La romería de los eternos perdedores.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN </strong></p>

<p>Úpaleeee</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>¿Le dolió?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ayyyy, entre tantas cosas, ya ni sé qué es el dolor.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>¿Tantas cosas?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Sí, tantas. Ni se imagina.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Cuénteme.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pero si ni yo mismo sé cómo salir de este embrollo.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Precisamente por eso soy una mejor oyente. O sea, imparcial.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Mmmmmm… Y si supiera que todos mis líos comenzaron por confiar… Y en una mujer, precisamente.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>¿Adivino? La morenita de ojos negros e inquietos con la que estaba esta mañana.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ajá</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>¿Sí ve que tengo poderes?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pero no es por el lado que usted cree.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Con las mujeres y ustedes, todo, todo, siempre es por el lado que yo creo o por ahí. Oiga, ahora que lo pienso, ¿no quiere que le lea las cartas? Son de un pueblito de la Rusia eslava.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>No le entiendo nada, de verdad. Y como que tampoco importa, y ahora viene con cuentos de leerme cartas. ¿Usted cree que yo estoy para eso? Pero dele, léame lo que quiera que más perdido no voy a estar. Oiga, una pregunta, ¿tiene pilas grandes?</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Acá no vendemos pilas, como puede ver, mi señor. Ya traigo las cartas.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Prestadas, por lo menos. Cinco minutos, por favor.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Pero prestadas. Voy, voy, voy. ¿Y es que ahí carga con una de esas grabadoras de playa?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>De negro, diga.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Acá tiene, mi señor. Y las cartassssss.</p>

<p><strong>LOCUTOR BRASILEÑO</strong></p>

<p>Estos son los instantes en los que toca encomendársele a todos los santos y el espíritu, santo él también, y a Dios, que nos ha traído hasta este partido para ver la mutación, la transformación de un futbolista en otro, y a plena cancha y rodeado de sus compañeros del Flu. Entre piernas y siluetas, uno ve cómo la piel blanca de Carlos Alberto se va decolorando y decolorando sin que nadie puede hacer nada, y lo que era blanco se ha vuelto oscuro, negro, y lo negro no ha sido del gusto del público, que silba como truenos y que pide, exige, que saquen a ese hombre al que hace dos minutos adoraban y que lo echen a la calle, de donde jamás debió haber salido. Esta fecha, este momento, quedará reteñida para siempre en la historia del fútbol brasileño, aunque no sea precisamente por el fútbol…</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>¿Pero eso qué es?</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Señora, señora…</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ</strong></p>

<p>Carlota Gutiérrez, mucho gusto</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Ni yo lo sé, es una magia rara.</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ </strong></p>

<p>Para los incrédulos como parece ser usted, todas las magias son raras.</p>

<p><strong>MEJÍAS JOVEN</strong></p>

<p>Pero esta… Mire, oiga que sigue y sigue sonando. Y mire, le muevo todos los botones y sigue esa voz, y eso que no ha empezado a cantar. Solo se calló un rato cuando las otras pilas se agotaron. ¿Usted sabe de esto o conoce a alguien que sepa?</p>

<p><strong>CARLOTA GUTIÉRREZ </strong></p>

<p>Larala… Sí, esto sí está como raro. El otro día oí que había un aparatico que le metían a esas grabadoras y como que les bloqueaban las señales para dejar solo una grabación. Cosas del demonio de ahora, digo yo… ¿Macumba, es que la llaman?</p>

<p><strong>Créditos</strong>:</p>

<p>Este capítulo contó con las actuaciones de</p>

<p>Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio Mejías</p>

<p>Joseph Casañas es Ignacio Mejías joven</p>

<p>Marcela Noguera es Laura Camila Arévalo</p>

<p>Alberto Frías fue interpretado por Santiago La Rotta</p>

<p>Sara fue interpretado por Paulina Mesa</p>

<p>El locutor brasileño fue interpretado por Henry Osorio</p>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/2ZLEJR7VNNHHZCF6HX2MYBEHWQ.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[El fútbol, un apartheid de once]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Martínez</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[A nosotros nos importa un pepino el fútbol | Futbolear Cap IV]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/deportes/mundial-2026/a-nosotros-nos-importa-un-pepino-el-futbol-futbolear-cap-iv/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Fernando Araújo Vélez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Escuche aquí el capítulo 4 de Futbolear, una audionovela de El Espectador, sobre la historia de un periodista llamado Ignacio Mejías.]]></description>
			<pubDate>Fri, 17 Jul 2026 22:55:31 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Luego de una fiesta y de mil excesos, Ignacio Mejías se despierta vestido con la camiseta del Fluminense y una grabación que no cesa sobre un viejo partido de fútbol, dos señales claras sobre el poder que tienen sobre él las mafias de los apostadores del fútbol, y más que nada, Marcela Noguera.</p>

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						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/VQX3AMW7GRFBPCTC3JL2YT2GHM.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[A nosotros nos importa un pepino el fútbol]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Martínez</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Debates presidenciales: ¿teatro, mentiras y poder?]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/politica/elecciones-colombia-2026/debates-presidenciales-teatro-mentiras-y-poder/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/politica/elecciones-colombia-2026/debates-presidenciales-teatro-mentiras-y-poder/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Joseph Casañas Angulo]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[En el quinto capítulo de Pescao Envenenado hablamos de debates presidenciales, a los cuales no se apuntan los tres candidatos punteros.]]></description>
			<pubDate>Mon, 20 Apr 2026 16:10:09 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Debates presidenciales, un ring al que no se suben Iván Cepeda, Paloma Valencia ni Abelardo de la Espriella. Paloma Valencia le pide a Cepeda que acepte las invitaciones a los debates, mientras que el candidato del Pacto Histórico pide no usar el Congreso como escenario de campaña. De esto hablamos en el quinto capítulo de Pescao Envenenado, el pódcast de El Espectador para hablar del espinoso camino para llegar a la Presidencia de la República.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/2IwXg8NacgxmzLBwpe7zPC?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/Y4WWKYYQOJFXDC6GNIOHGB7WBE.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Portada capítulo 5 Pescao Envenenao]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jaime Lecompte</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Paseo millonario en Bogotá: lo que revela el caso de Diana Ospina]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/paseo-millonario-en-bogota-lo-que-revela-el-caso-de-diana-ospina/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Unidad de Video]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[¿Estamos ante más delitos o ante más visibilidad? Un caso revive el debate sobre seguridad en la ciudad.]]></description>
			<pubDate>Wed, 25 Feb 2026 00:30:35 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Estamos ante más delitos o ante más visibilidad? Un caso revive el debate sobre seguridad en la ciudad.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/0PDV2mONuA6XGeFY1XXNZs?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/HDPILVZIKFDCFLZJ7SLWRMUIRQ.jpeg" type="image/jpeg" height="655" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Las denuncias en redes sociales se han convertido en una herramienta para visibilizar la situación que se vive en Bogotá.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">María Camila Sánchez</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Lo que le pasó a Bad Bunny]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/entretenimiento/lo-que-le-paso-a-bad-bunny/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/entretenimiento/lo-que-le-paso-a-bad-bunny/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Andrés Osorio Guillott]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[u participación en el show de medio tiempo del Super Bowl se volvió otra victoria más de su música y su defensa de los migrantes.]]></description>
			<pubDate>Sun, 08 Feb 2026 23:30:00 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido como el Conejo malo, además de ser uno de los máximos exponentes del reggaeton, parece ser ahora un símbolo de lo que significa ser latinoamericano en tiempos de xenofobia y discriminación en Estados Unidos. Su participación en el show de medio tiempo del Super Bowl se volvió otra victoria más de su música y su defensa de los migrantes en la tierra de ICE y de Donald Trump. Esta es la historia de Bad Bunny.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/5kpGD7XrPvAeF9YEHCAgew?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/M2EH5P6QMVCPTPD5S7ZKV3SA7Y.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido como el Conejo malo, además de ser uno de los máximos exponentes del reggaeton, parece ser ahora un símbolo de lo que significa ser latinoamericano en tiempos de xenofobia y discriminación en Estados Unidos.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ilustración: Carlos E. Día</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Emily Dickinson, la vida y la muerte: una conversación con Ángela María Pérez]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/emily-dickinson-la-vida-y-la-muerte-una-conversacion-con-angela-maria-perez/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Laura Camila Arévalo Domínguez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Ángela María Pérez, periodista y subgerente cultural del Banco de la República, elige dos poemas de Emily Dickinson para hablar de su vida.]]></description>
			<pubDate>Sun, 18 Jan 2026 14:59:58 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ángela María Pérez, periodista y subgerente cultural del Banco de la República, elige dos poemas de Emily Dickinson para hablar de su vida, de la conciencia de la muerte, del poder de la lectura y de cómo la cultura ayuda a construir una idea de país.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/4GULlyZfG72h5b4Oe9aNzy?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/SJXDUJ2TORBORLE3KLNFJAKTYQ.png" type="image/png" height="580" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Ilustración de la periodista Ángela María Pérez.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jaime Lecompte</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Paloma Valencia a través de Tomás González: entre la culpa y la ternura]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/paloma-valencia-a-traves-de-tomas-gonzalez-entre-la-culpa-y-la-ternura/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Laura Camila Arévalo Domínguez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Paloma Valencia habla del dolor, la culpa, la fragilidad y la necesidad de seguir sintiendo en un país que a menudo exige dureza.]]></description>
			<pubDate>Tue, 16 Dec 2025 11:48:53 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En este episodio, Paloma Valencia habla del dolor, la culpa, la fragilidad y la necesidad de seguir sintiendo en un país que a menudo exige dureza. Todo surge a partir de su lectura de “La espinosa belleza del mundo”, de Tomás González: una conversación íntima donde la literatura se convierte en espejo y refugio.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/5DP7LckerMBs3owxCzqMzD?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/EEEVLPNIEBA6HBGHPUXE4263AU.png" type="image/png" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[En este episodio, Paloma Valencia habla del dolor, la culpa, la fragilidad y la necesidad de seguir sintiendo en un país que a menudo exige dureza. Todo surge a partir de su lectura de “La espinosa belleza del mundo”, de Tomás González: una conversación íntima donde la literatura se convierte en espejo y refugio.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Díaz</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Rodrigo Triana y “Soñar no cuesta nada”: entre la guaca, la culpa y el humor negro]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/rodrigo-triana-y-sonar-no-cuesta-nada-entre-la-guaca-la-culpa-y-el-humor-negro/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Laura Camila Arévalo Domínguez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Rodrigo Triana no quiso juzgar a los soldados que encontraron una fortuna en la selva: quiso humanizarlos.]]></description>
			<pubDate>Sat, 13 Dec 2025 23:00:00 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Rodrigo Triana no quiso juzgar a los soldados que encontraron una fortuna en la selva: quiso humanizarlos. En esta conversación, abre el lente hacia algo más amplio: las fisuras personales que lo han convertido en el narrador que es. “Mi éxito es estar con mis hijas, decir algo con mi trabajo”.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/3HKeV39OfUiLi9Vp3SCj0T?utm_source=generator&amp;theme=0" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/F5ZGDKWVYFCHXIMQDMLPYZQHR4.png" type="image/png" height="580" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Rodrigo Triana no quiso juzgar a los soldados que encontraron una fortuna en la selva: quiso humanizarlos. En esta conversación, abre el lente hacia algo más amplio: las fisuras personales que lo han convertido en el narrador que es. “Mi éxito es estar con mis hijas, decir algo con mi trabajo”.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Rincón</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Fat N, el origen del colombiano campeón mundial de freestyle]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/entretenimiento/fat-n-el-origen-del-colombiano-campeon-mundial-de-freestyle/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/entretenimiento/fat-n-el-origen-del-colombiano-campeon-mundial-de-freestyle/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Joseph Casañas Angulo]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[El caleño Fat N, quien se coronó campeón mundial de Red Bull Batalla, pasó por Claro Oscuro Pódcast de El Espectador.]]></description>
			<pubDate>Sat, 06 Dec 2025 23:00:00 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El caleño Fat N, quien se coronó campeón mundial de Red Bull Batalla, pasó por Claro Oscuro Pódcast de El Espectador. Una charla con el joven, que no hace mucho dejó de ser niño. Un repaso por sus orígenes en su barrio de Cali y el sueño de llenar estadios con fanáticos de su propia música.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/0ItArHdV1ur6QXLykPzBMl?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/LOGQQKW7IFBC3L6R44KSMPM5NI.jpg" type="image/jpeg" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Alan Cortés, más conocido como Fat N, es el primer colombiano en coronarse campeón mundial de Red Bull Batalla. Logró el título en &quot;Red Bull Batalla, nueva historia&quot;, el evento que conmemoró los 20 años del torneo de freestyle más importante del mundo en habla hispana.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Camilo Su</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[¿Cuáles son las aves más hermosas de Colombia?]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/cuales-son-las-aves-mas-hermosas-de-colombia/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/cuales-son-las-aves-mas-hermosas-de-colombia/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Gabriela Supelano]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[La belleza de las aves y cómo lograr la imagen perfecta para transmitirla. ]]></description>
			<pubDate>Wed, 03 Dec 2025 17:23:25 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>El fotógrafo de aves Rodrigo Gaviria Obregón buscó entre su enorme registro fotográfico las imágenes de las aves más hermosas del país. De este ejercicio salió su más reciente libro de gran formato titulado así: “Las aves más hermosas de Colombia”. Hablamos con él sobre la belleza de las aves y cómo lograr la imagen perfecta para transmitirla. </em></p>

<p><em>Dirección: Gabriela Supelano. </em></p>

<p><em>Edición de este episodio: Natalia Castro</em></p>

<p><em>Asistencia de producción: Valeria Carvajal</em></p>

<p><em>Apoyo audiovisual: Jorge Betancourt y Valeria Carvajal</em></p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/7mk2DXM7jnaOw8Iju4r6yL?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/UAD4PDBPVNCGZJJODIYXG7X27I.png" type="image/png" height="1024" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Portada del libro &quot;Las aves más hermosas de Colombia&quot; del fotógrafo de aves Rodrigo Gaviria Obregón.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Cortes</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Las gorras vieja guardia: los “techos” que valen millones de pesos en Bogotá]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/bogota/el-negocio-de-las-gorras-vieja-guardia-los-techos-que-valen-millones-de-pesos-en-bogota/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/bogota/el-negocio-de-las-gorras-vieja-guardia-los-techos-que-valen-millones-de-pesos-en-bogota/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Joseph Casañas Angulo]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[“Los techos”, “las bascas”, “las tejas” o, simplemente, las gorras vieja guardia hacen parte de un agitado mercado que está en auge.]]></description>
			<pubDate>Tue, 25 Nov 2025 01:20:31 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“Los techos”, “las bascas”, “las tejas” o, simplemente, las gorras vieja guardia, hacen parte de un agitado mercado que está en auge en Bogotá. ¿Cuál es el origen de esos accesorios? ¿Por qué son tan costosas? ¿Por qué les dicen ñeros a quienes las usan? Preguntas que respondemos en el cuarto episodio de “Usted no sabe quién soy yo”, el pódcast de periodismo narrativo de El Espectador. Un “camión” y un documentalista nos hablan de la evolución de esta afición.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/1PAwzAhFmkzDIV76bfhzVP?utm_source=generator&amp;theme=0" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/NKY4QQYQORCELI7SNGYBA6W7MM.jpg" type="image/jpeg" height="576" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[&quot;Camión&quot; es un coleccionista de gorras vieja guardia. En el centro de Bogotá tiene un negocio en el que comercializa todo tipo de antigüedades. La gorra naranja que tiene en su mano derecha, cuesta $1.200.000.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Joseph Casañas</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[El día que un ejército nazi fue aplaudido en Cali]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/colombia/cali/el-dia-que-un-ejercito-nazi-fue-aplaudido-en-cali/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Joseph Casañas Angulo]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[El 22 de febrero de 1935, cuatro años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, llegó al puerto de Buenaventura un crucero nazi.]]></description>
			<pubDate>Tue, 25 Nov 2025 01:18:32 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El 22 de febrero de 1935, cuatro años antes de que estallara en Europa la Segunda Guerra Mundial, llegó al puerto de Buenaventura un crucero artillado alemán con al menos 600 nazis a bordo. ¿Cuál fue el objetivo de esta visita?, ¿qué hicieron los marinos nazis durante su paso fugaz por Colombia?, ¿con quiénes se reunieron? Estas y otras preguntas las responderemos en esta primera entrega de “Usted no sabe quién soy yo”, el pódcast de historias de El Espectador. Los invitamos a escuchar el capítulo completo en Spotify.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/0PXNtAhORfp0G0z0j677aA?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe> ]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/4CRSJMI6IBE2BOLRXAEMUDLXCQ.png" type="image/png" height="630" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[Bandera nazi y bandera de Colombia]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Cortesía Revista Épocas</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Sylvia Ramírez, “Reír llorando” y el poema del siglo XIX]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/sylvia-ramirez-reir-llorando-y-el-poema-del-siglo-xix-que-habla-de-nuestra-vulnerabilidad-moderna/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Laura Camila Arévalo Domínguez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Sylvia Ramírez cuenta por qué Reír llorando es su refugio emocional, su brújula frente a la necesidad de mostrarse fuerte.]]></description>
			<pubDate>Sat, 11 Oct 2025 23:00:00 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La profesora de felicidad Sylvia Ramírez cuenta por qué <em>Reír llorando</em> es su refugio emocional, su brújula frente a la necesidad de mostrarse fuerte. En este episodio desentrañamos cómo el legado literario resuena en la voz de una creadora del siglo XXI.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/5roGKyb3oROwXPEAs6euwb?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/2NEZVD7HXZDYFDWYTGBZ6T54AE.png" type="image/png" height="581" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[La profesora de felicidad Sylvia Ramírez cuenta por qué Reír llorando es su refugio emocional, su brújula frente a la necesidad de mostrarse fuerte. En este episodio desentrañamos cómo el legado literario resuena en la voz de una creadora del siglo XXI.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Eduardo Díaz Rincón</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[La región istmo-colombiana, el corazón de las américas]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/la-region-istmo-colombiana-el-corazon-de-las-americas/</link>
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			<dc:creator><![CDATA[Juan Guillermo Martin]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Disfrute de #ElFuturoFueAyer en www.elespectador.com o en su plataforma de audio favorita.]]></description>
			<pubDate>Wed, 08 Oct 2025 15:16:32 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En este episodio cruzamos un corredor geográfico, cultural y político que ha sido clave para la historia profunda del continente americano: la región istmo-colombiana. Ese es un espacio entre Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia que, aunque a veces periférico en los relatos dominantes de la arqueología, ha sido central para la movilidad, el intercambio y los procesos sociales a escala continental.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/1xRgzdK2tLzvWClV38FtC6?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>

<p>Para conversar sobre esta región invitamos a Francisco Corrales Ulloa, licenciado en antropología de la Universidad de Costa Rica y doctor en antropología con énfasis en arqueología por la Universidad de Kansas. Ex Jefe del Departamento de Antropología e Historia y exdirector del Museo Nacional de Costa Rica. Actualmente, es arqueólogo del Museo Nacional de Costa Rica y coordinador del comité de seguimiento de la declaratoria de los sitios con esferas de piedra del Diquís como Patrimonio Mundial por la UNESCO.</p>

<a class="spreaker-player" href="https://www.spreaker.com/episode/arqueologia-en-la-antartida-descubriendo-los-ultimos-confines--67460749" data-resource="episode_id=67460749" data-width="100%" data-height="200px" data-theme="light" data-playlist="false" data-playlist-continuous="false" data-chapters-image="true" data-episode-image-position="right" data-hide-logo="false" data-hide-likes="false" data-hide-comments="false" data-hide-sharing="false" data-hide-download="true" data-title="Arqueología en la Antártida: descubriendo los últimos confines">Listen to "Arqueología en la Antártida: descubriendo los últimos confines" on Spreaker.</a>

<p>Cada 15 días, se publicará una nueva entrega de El futuro fue ayer, un pódcast que intenta abordar las noticias desde el contexto en el que suceden. Puedes escuchar cada episodio a través de <a href="https://open.spotify.com/show/0pR8R6qMluHSzsI1bA8b0V?si=087ee5360c36428d">Spotify</a> o cualquiera de tus plataformas favoritas.</p>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/M6N2CKXK2NDB5D52PAYXELPNQA.JPG" type="image/jpeg" height="692" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[En este capítulo de &quot;El futuro fue ayer&quot; hablamos sobre la región istmo-colombiana.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Cortesía</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Héctor Abad Faciolince: una conversación sobre la muerte, el azar y la voluntad]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/hector-abad-faciolince-una-conversacion-sobre-la-muerte-el-azar-y-la-voluntad/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/hector-abad-faciolince-una-conversacion-sobre-la-muerte-el-azar-y-la-voluntad/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Laura Camila Arévalo Domínguez]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[A partir de la canción Who by Fire, Héctor Abad Faciolince habla sobre la muerte, el azar, la culpa de sobrevivir y la voluntad de vivir.]]></description>
			<pubDate>Sat, 20 Sep 2025 23:00:00 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El escritor es el invitado más reciente del pódcast <em>El refugio de los tocados</em>: a partir de la canción <em>Who by Fire</em>, de Leonard Cohen, habla sobre la muerte, el azar, la culpa de sobrevivir, la voluntad de vivir, y las marcas que dejan los duelos. Un episodio que entrelaza literatura, memoria, política y experiencia personal.</p>

<iframe style="border-radius:12px" src="https://open.spotify.com/embed/episode/6UysYm0H6LLqj2zKdQnE7Q?utm_source=generator" width="100%" height="352" frameborder="0" allowfullscreen="" allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy"></iframe>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/TFTSSRRXFFGDRKV2WOCCKJQ6LE.png" type="image/png" height="582" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[El escritor es el invitado más reciente del pódcast El refugio de los tocados: a partir de la canción Who by Fire, de Leonard Cohen, habla sobre la muerte, el azar, la culpa de sobrevivir, la voluntad de vivir, y las marcas que dejan los duelos. Un episodio que entrelaza literatura, memoria, política y experiencia personal.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Díaz</media:credit>
									</media:content>
							</item>
									<item>
			<title><![CDATA[Arqueología de los campos de batalla, tras las huellas del combate]]></title>
			<link>https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/arqueologia-de-los-campos-de-batalla-tras-las-huellas-del-combate/</link>
			<guid isPermaLink="true">https://elespectador.rt.gw/podcast-espanol-el-espectador/arqueologia-de-los-campos-de-batalla-tras-las-huellas-del-combate/</guid>
			<dc:creator><![CDATA[Juan Guillermo Martin]]></dc:creator>
			<description><![CDATA[Disfrute de #ElFuturoFueAyer en www.elespectador.com o en su plataforma de audio favorita.]]></description>
			<pubDate>Wed, 03 Sep 2025 20:07:05 +0000</pubDate>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La tierra guarda sus propias versiones de los conflictos. Desde hace años, la arqueología ha venido estudiando enfrentamientos armados —ya sean grandes batallas entre ejércitos o escaramuzas más pequeñas— con un objetivo: reconstruir el pasado bélico a partir de su materialidad y ofrecer así una narrativa más completa.</p>

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<p>Para hablar sobre esto, conversamos con Odlanyer Hernández de Lara, quien comenzó sus estudios de pregrado en la Universidad de Matanzas (Cuba) y en antropología en la Universidad de Buenos Aires (Argentina), antes de graduarse en la Universidad de la Florida. Ha llevado a cabo investigaciones arqueológicas y proyectos de gestión del patrimonio cultural en Cuba, Argentina y Estados Unidos durante más de dos décadas, en contextos urbanos y rurales, incluyendo sitios precoloniales, plantaciones de café y azúcar, fortificaciones, y residencias urbanas y rurales. Es editor de la revista Cuba Arqueológica, dedicada a la arqueología. Actualmente es candidato doctoral, con un enfoque en arqueología histórica, en la Universidad de Siracusa.</p>

<a class="spreaker-player" href="https://www.spreaker.com/episode/arqueologia-en-la-antartida-descubriendo-los-ultimos-confines--67460749" data-resource="episode_id=67460749" data-width="100%" data-height="200px" data-theme="light" data-playlist="false" data-playlist-continuous="false" data-chapters-image="true" data-episode-image-position="right" data-hide-logo="false" data-hide-likes="false" data-hide-comments="false" data-hide-sharing="false" data-hide-download="true" data-title="Arqueología en la Antártida: descubriendo los últimos confines">Listen to "Arqueología en la Antártida: descubriendo los últimos confines" on Spreaker.</a>

<p>Cada 15 días, se publicará una nueva entrega de El futuro fue ayer, un pódcast que intenta abordar las noticias desde el contexto en el que suceden. Puedes escuchar cada episodio a través de <a href="https://open.spotify.com/show/0pR8R6qMluHSzsI1bA8b0V?si=087ee5360c36428d">Spotify</a> o cualquiera de tus plataformas favoritas.</p>]]></content:encoded>
						<media:content url="https://cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/JXALLGPWF5GIVHMAME675DPFHE.jpeg" type="image/jpeg" height="768" width="1024">						<media:description type="plain"><![CDATA[La tierra guarda sus propias versiones de los conflictos. Desde hace años, la arqueología ha venido estudiando enfrentamientos armados —ya sean grandes batallas entre ejércitos o escaramuzas más pequeñas— con un objetivo: reconstruir el pasado bélico a partir de su materialidad y ofrecer así una narrativa más completa.]]></media:description>
										<media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Cortesia</media:credit>
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