Empezó a pasar un grupo de albañiles en bicicleta que salían de una construcción rumbo a sus casas. Pasaban junto a mí a altas velocidades y uno que otro piropo no se hizo esperar.
El asunto habría quedado ahí si uno de los ciclistas no se hubiese rezagado del grupo. El hombre redujo la velocidad, lo que le permitió mantenerse a mi lado y observarme más detenidamente. Sentía su mirada recorriendo cada parte de mi cuerpo y su respiración pesada, jadeante, me seguía sin tregua. Empecé a caminar más rápido, la incomodidad se había transformado en indignación; solamente quería perderme del escrutinio de sus ojos. En ese momento rompió el silencio:
—¡Uy, ricura! ¿Para dónde vamos con tanto afán?
El miedo me impidió contestar. El grupo de ciclistas había desaparecido y no había ningún otro peatón a la vista. La adrenalina me impulsaba a caminar cada vez más rápido. El hombre continuaba a mi lado y no paraba de hablar. De su boca salían los piropos más irrespetuosos que me han dicho alguna vez, frases como “qué rico comer cuca” y muchas otras cosas que mi memoria ha omitido quizás en un intento de borrar el episodio. Mi ira iba en aumento.
No importa la forma de vestir, las mujeres estamos expuestas a piropos y silbidos que son más apropiados para llamar a un perro que para dirigirse a una persona, y aunque un episodio de acoso puede parecerse a los demás, aquí el desenlace fue impredecible.
Con la sangre de mis venas fluyendo a toda velocidad y en un momento de valentía que aún hoy no logro comprender apreté mi mano derecha, me le acerqué discretamente y cuando lo tuve a medio metro de distancia le di un puñetazo en la nariz que le hizo perder el equilibrio y caer de la bicicleta.
Corrí, entré en la primera portería que encontré, le conté la historia al vigilante y le pedí el favor de que me dejara quedarme un rato, hasta ver al hombre pasar. Nunca sabré si tuvo el valor suficiente para contarles a sus compañeros lo sucedido, pero creo que nunca tendré la fuerza para propinar otro derechazo.