El parqueadero le cobró una fortuna, "lo que quiso", como diría Juan Lizcano luego. Tampoco tenía alternativas, pues si dejaba su carro en la calle, los policías se lo habrían llevado. "Estaban como moscas al acecho". Al final, ni siquiera supo cuánto tiempo había estado dentro del aeropuerto, esperando y esperando para que su novia partiera. Canceló algo menos de 50 mil pesos y se quedó leyendo aquello por lo que la empresa no se hacía responsable. "Todo", masculló, "pero eso no es nada".
No era nada porque sus suplicios se iniciaron unas horas antes, dentro de Eldorado, entre lonas sucias, polvo que se le metía hasta en los pensamientos, huecos, ladrillos sueltos y requisas. "Señor, es que es por su seguridad", le repetían los agentes. Él recordaba una vieja película, Días de furia, en la que el protagonista, un empleado medio interpretado por Michael Douglas, fue soportando y soportando los atropellos del día a día en una ciudad inmensa. En el pasillo principal del aeropuerto le entregaron un tapabocas, "para que no le haga daño el polvo, señor, es una recomendación del Consorcio Opain". Sólo faltó que le dijeran, como en los call centers, "gracias por llamar, recuerde que lo atendió Bryan", pensó.
Las filas eran culebras de gente iracunda que iban hasta lo que alguna vez fue la calle. Casi todos con sus tapabocas, y así, entre siseos, Lizcano alcanzó a oír que el radar principal se había averiado, que triplicaba la imagen de los aviones. "Disculpe, señor, ¿qué ocurrió con el radar?". Que se dañó, no sirve, y así vamos a viajar. ¿Yyyyy?" "Nada, lo que dicen es que hay otros tres".
Las noticias informaban que era cierto. Que a los radares de la firma Lockheed Martin los habían apagado para hacerles una revisión, "pero que no había problemas de seguridad nacional", como informó Fernando Sanclemente, director de la Aronáutica Civil. Los aparatos llegaron al país en 2002, y su valor fue de 15 millones de dólares, para reemplazar a los Alenia, que estaban funcionando desde 1992. Sanclemente explicó, con absoluta soltura: "Por ahora, sólo se presentan problemas a la altura de Ambalema, pues los radares antiguos no tienen la suficiente cobertura. Ahí es necesario acudir a los métodos tradicionales, es decir, comunicaciones aire-tierra". El radar apagado, las construcciones, los tapabocas, la histeria. Para completar, las demoras también se debían a un "paso de tortuga" de los trabajadores. "Es que hacen falta 300 operarios", aseguró Sanclemente. "¿Una huelga también?", preguntó Lizcano. "No se demora, señor, créame que acá va a pasar algo grande. Ya ni uno aguanta tanto despelote", le dijo una azafata.