La primera vez que el hombre de traje oscuro dijo que era Simón Bolívar, fue porque uno de los dependientes de la biblioteca se lo preguntó muy en secreto. Una compañera le había comentado que el día anterior, el mismo sujeto le dejó una nota “de amor”. Decía: “Te amo, Manuelita, hoy te encuentras más hermosa que de costumbre. Simón Bolívar”. Se lo confesó, mostrándole la notica, cuando lo vio ingresar a la sala principal de lecturas de la Luis Ángel Arango, con su paso medido de todos los días, su mirada altiva, sus patillas a lo prócer de la independencia y sus manos temblorosas. La señora se asustó un poco; apenas llevaba una semana de trabajo. Su nuevo amigo la tranquilizó sin poder contener él del todo una sonrisa, pues los recuerdos, sus propias vivencias y las historias que le habían relatado se le agolpaban en tumulto. Cuando leyó la firma de la esquela de amor, ya no pudo más y soltó una apagada carcajada.
Entonces contó que el hombre de traje oscuro, “ese que va entrando y al que tanto le temes”, iba a la biblioteca todos los días de todas las semanas desde hacía nueve años. “Siempre fue igual, aunque ahora se le notan los años”. Pedía libros de fotografías, o cartográficos, sacaba un manojo de lápices y colores y copiaba las imágenes en un cuaderno. “La verdad es que pintaba superbién y se le notaba que era de buena familia, un tipo de modales, fino”. Cuando lo atendía una mujer bonita, le dejaba sus frases de amor. A veces, incluso, le contaba que había tenido problemas con Santander. “Las discusiones con Santander, mi amada Manuelita, ya no me dejan ni dormir”, escribía.
Por aquellos años 90, ya a finales, comenzó a aparecer por la biblioteca otro sujeto vestido de oscuro que jamás quiso decir su nombre. Llevaba barba y un maletín de cuero con cremalleras, donde guardaba sus papeles, en especial un telegrama que les mostraba a todos los empleados que se cruzaban con él, firmado por Belisario Betancur. Era una invitación al Palacio de Nariño para una velada poética. Según recordaría tiempo después Roberto Téllez, el jefe de servicios públicos de la Luis Ángel, el hombre de la barba pedía siempre, irremediablemente, libros o artículos de revistas sobre medicina forense o biografías de grandes asesinos. “Tomaba notas en un bloc, subrayaba, dejaba los libros en la mesa y se iba para volver al día siguiente”.
Nadie supo nunca por qué dejó de ir a la biblioteca. “Se habrá enfermado”, murmuraban los dependientes, que al mismo tiempo y sin que los oyeran, imploraban para que se enfermera también aquel “Ojos de sapo” que iba desde los 80 con el mismo vestido, oloroso a no sé sabe qué, a pedir El Espacio para ver, o develar desde distintos ángulos, como si quisiera darle vida, a la modelo desnuda de la penúltima página. “El tipo se acercaba al mostrador de la hemeroteca, pedía El Espacio, se sentaba, y pasaba de inmediato a la mona desnuda”, recordaba Mario Bohórquez, coordinador de salas. La ponía de cabeza, al derecho, de lado, y así por horas y horas. Era mayor, de unos 70 años. Nunca se cambió de traje. A comienzos de 2000 dejó de aparecer. Decían que se había pasado a la Biblioteca Nacional, y allí lo vieron por unos meses, acompañado en ocasiones por el mendigo de la 92, a quien los bogotanos de los 70 emparentaban con Virginia Vallejo. “Él también venía por acá”. María Isabel González lo recordaba por su barba, su mano levantada, su discurso que con los años se fue enredando y los libros de Joyce y Kafka que parecía devorar. “Era un loquito decente. Nunca armó escándalo. Yo nunca dejé de preguntarme para qué leía tanto, con quién hablaría sobre Kafka”.
Obsesivos, mujeriegos, paranoicos, lectores compulsivos, poetas, escritores o enamorados. Siempre hubo y habrá en la Luis Ángel Arango visitantes para todos los gustos. Uno le puso a la biblioteca una tutela porque las matas de los pasillos no tenían el nombre científico de su especie; otros se encerraban en las salas de música, insonoras y con vidrios oscuros, para besarse y tocarse y desnudarse. Alguno pidió que le consiguieran sí o sí el poema del Pollo Chiras, y alguna, que le respondieran por qué su canario estaba triste. “Es que no levanta la pata”, decía. Una mañana se apareció por la biblioteca con el canario y un perro. Y la dependienta que la atendió, guardó el canario y el perro en un casillero.