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Carlos Conde, un artesano del vidrio

Desde adolescente empezó a trabajar con este elemento, en el cual descubrió su pasión.

El arte del vidrio soplado llegó a Bogotá en los años 70 y se asentó la localidad de San Cristóbal, donde surgieron las primeras fábricas. / Mauricio Alvarado
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Tiene sus manos gruesas y grandes, como las de alguien que se dedica a trabajos pesados. También son negras, como los de alguien que manipula carbón. Sin embargo, esas formas y el color son producto de una labor que, contrario a lo que reflejan, requiere cuidado, precisión y detalle: sostener con fuerza un soplete, que mezcla oxígeno y gas propano, para moldear y convertir el vidrio en arte.

Carlos Arturo Conde Torrejano nació en 1971, por accidente, en Bogotá. Estaba destinado a ser de Neiva (Huila), pero sus padres tuvieron que huir rumbo a la capital, por cuenta de la violencia, no solo para salvar sus vidas, sino para sacar adelante a los cinco hijos que tenían en el momento y los dos que llegaron después.

Aunque el futuro de los Conde Torrejano era incierto, Celiano y Teresa hicieron todo lo posible para darle el pan a su familia. “Al principio fue difícil. Recuerdo y me lleno de tristeza, porque fueron años de sufrimiento, pero valieron la pena”, asegura la madre de Carlos. Los hijos tuvieron que ayudar en la casa y fue así como este artista comenzó a aprender los secretos del vidrio siendo adolescente.

Primer amor

“A los 16 años trabajaba de día y estudiaba de noche. Era amigo del ahijado de Mario Maldonado, un maestro del vidrio de la localidad de San Cristóbal. Me lo presentó y empecé a trabajar con él”, agrega Conde. Debía llegar al taller a las 6:00 de la mañana para alcanzar a salir a las 4:00 de la tarde y poder ir al colegio, pues su prioridad entonces era terminar el bachillerato.

Al principio hacía “unas arepitas”, como le llama al vidrio aplastado, con el que se hacen las alas de los ángeles y las orejas de los elefantes. Además, lidiaba con quemaduras y las bromas de sus compañeros, por ser el novato. No obstante, el tiempo le dio la experiencia necesaria y rápidamente ascendió en el taller. Le fueron asignando más responsabilidades y ya no solo labraba, sino que creaba sobre el material, que moldeaba con unas pinzas mientras este se derretía por las llamas de un soplete.

Una mañana de 1987 vio a su maestro soplando bolas de vidrio y ahí nació un amor que se transformó su oficio en una vocación. “Nunca sentí miedo, sino curiosidad. En el colegio había visto artes plásticas y cuando me encontré con el vidrio, ¡me deslumbré!”, recuerda emocionado Carlos, un hombre alto, de cara redonda, más rosada que blanca.

Emprendimiento y quiebras

Aunque su labor solo le ha dejado dos cicatrices en el cuerpo, en su memoria han sido varios los dolores que ha soportado en 32 años de trabajo, tiempo en el que ha enfrentado más de una quiebra. Tras pasar un año y medio con Maldonado, Conde empezó a trabajar en Figurar, una vidriería cerca a su casa, ubicada en el barrio 20 de Julio, en el sur de Bogotá.

“La ventaja de estar ahí fue que el dueño no tenía mucha experiencia. A pesar de los años que llevaba en el oficio, él no creaba ni diseñaba nada. Por esta razón, yo podía hacer más cosas y él las valoraba. Los dos aprendíamos juntos y eso fue bastante gratificante”, asegura.

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Pero no se quedó allí. Sabía que tenía que arriesgarse. Entonces compró unas gafas y un soplete y así, con 18 años, se independizó. Le fue bien y pudo arrendar un local en el centro. Era popular, especialmente, por los espectáculos que hacia en vivo. El rojo intenso que produce el vidrio caliente atrajo clientes y contratos, que lo obligaron a trabajar incluso desde su casa. Al no poder continuar con sus performances, perdió clientela y ganancias. Ese fue su primera caída económica.

“Cuando me estaba posicionando, conocí a un paisa. Ese hombre vendía absolutamente todo. Nos iba súper bien, pero empezó a atrasarse con los pagos y de atraso en atraso nos tumbó”, recuerda. Esa mala jugada le trajo deudas y le terminaron embargando su casa.

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Sin dinero para comprar materiales, tuvo que trabajar con sus cuñados vendiendo chaquetas en San Andresito. Todo parecía colapsar, pero se puede decir que un milagro le devolvió la esperanza. “Una empresa de publicidad me encargó 12.500 pasionómetros (artilugios de vidrio con líquido en el interior). Los hice en 45 días. Después, puse los pies en la tierra y arranqué de nuevo, pero despacio”, agrega.

Carlos, “el maestro”

Hace doce años, de nuevo, abrió su taller: Conde: El Arte del Vidrio, en el que trabaja con cinco personas más. Hacen figuras religiosas, pipas y lámparas, así como figuras a pedido, que van desde conjuntos vallenatos hasta colibríes de todos los tamaños. “Me encanta la transparencia. Me encanta todo lo que se ha hecho y lo que aún no se ha explorado con el vidrio. Soy un enamorado de este material”.

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Ahora Carlos es el maestro. “Es un hombre apasionado en su oficio y ha llevado esta técnica al arte”, dice Sandra Solano, habitante de San Cristóbal, donde Conde ayudó a fundar el Museo del Vidrio de Bogotá (Mevibo), que justo por estos días está de aniversario, y donde se exhibe una de las obras que más le ha costado hacer: Reto, un caballo parado en las patas traseras. Para John Rivera, quien lleva veinte años al lado de Carlos, su maestro “tiene mucha facilidad para moldear y me ha enseñado mucho. ¡Es muy buen ser humano! Siempre ha estado conmigo y con todos”.

Contrario a lo que muchos piensan, para Conde “el vidrio más que frágil, es resistente”, ya que solo se puede moldear a 1.260 grados centígrados, es decir, doce veces la temperatura del agua hirviendo. El vidrio es como él, que ha trabajado toda su vida por seguir sus pasiones. Ahora sueña con exportar su arte y que su nombre trascienda las fronteras de San Cristóbal, la localidad que lo vio crecer.

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