Un prostíbulo del Santa Fe
La tradicional Novena navideña no faltó en un prostíbulo del barrio Santa Fe, en pleno centro de Bogotá. Más de 20 mujeres que trabajan en un local de la calle 20 con carrera 16, unas pelinegras y delgadas, otras gordas, mayores y con peluca de pelo corto, y otras con extensiones rubias, madrugaron a rezar el padre nuestro, cantar “Ven a nuestras almas, Jesús, ven ven” y “Tutaina” el 14 de diciembre y no el 16, como se acostumbra, porque muchas de ellas viajaron ayer para encontrarse con sus familias.
Taliana, de 19 años, también rezó con el grupo cada día a las 6:00 de la tarde. Para ella, que hasta hace unos años era un chico más de Ibagué, la Navidad no es una época muy distinta al resto del año. El significado de esta fecha se reduce a una frase: “compartir entre amigos”. Pero reconoce que el trabajo se pone mejor cuando llega diciembre.
En medio de la labor cotidiana de atender a los clientes en menos de 10 minutos, la Novena que realizaron con un grupo de religiosas y voluntarios del barrio Santa Fe sí les hizo sentir la Navidad. En las noches, Taliana y algunas compañeras dejaron de lado su trabajo y, con los mismos ligueros y plataformas de siempre, se pararon junto al pesebre hecho con figuras de cartulina que todas las noches trasladaba el grupo de voluntarios, para entonar los gozos y agradecer a Dios por lo que les brindó en el año.
Hoy, el alboroto de la cena, con pavo incluido, empezará a las 3:00 de la tarde y correrá por cuenta de Trina, la dueña y señora de este lugar, que lo inauguró en los ochenta cuando vino desde Venezuela. “Ella nos regala anchetas, maquillaje, útiles personales o ropa, por nuestro buen comportamiento en el trabajo durante el año”, dice Taliana.
Así celebrarán hoy “las mujeres traviesas de Bogotá”, como las llama Trina, “que estamos discriminadas en la sociedad y sólo piensan cosas malas de nosotras, pero también tenemos espíritu navideño”.
El comandante de la Policía de Bogotá
Han sido 29 años, 29 veces 24 de diciembre, los que Luis Eduardo Martínez — de 47 años, caldense de Manzanares— ha pasado como miembro de la Policía Nacional. La mayoría de ellos, para esta fecha, ha estado de turno, en la calle, lejos de la familia y acompañado por los colegas que no siempre son cercanos.
Hoy no será la excepción. Menos teniendo en cuenta que el general recién se ha posesionado como nuevo comandante de la Policía de Bogotá. Se levantará, como siempre, a las 4 a.m., irá a su oficina, revisará las novedades, mirará las estadísticas, el acumulado del año; se reunirá con algunos de sus hombres, almorzará si hay tiempo… por la tarde saldrá a patrullar, a visitar estaciones de Policía, a regalar a sus subalternos un saludo navideño… Y si acaso, a medianoche, llegará a la casa a abrazar a doña Esperanza, su esposa desde hace 26 años.
El año pasado ella le regaló una Eau de Cartier, su loción favorita. El único hijo, de 17 años, le puso en el árbol el libro El ejército perdido, del autor Valerio Massimo Manfredi. Y la única hija, de 23 y estudiante en el exterior, le trajo mucha ropa. En esta ocasión, esta es la hora en la que él ni siquiera ha tenido tiempo de pensar en qué llevarles esta noche para entregarles durante la única hora que pasará en familia, pues luego de la cena saldrá de nuevo a patrullar la ciudad que necesita reconocer.
Es el precio que paga con gusto por el trabajo que siempre quiso, ese del que no tenía ni idea en los tiempos del pueblo, al lado de los padres, campesinos, junto a quienes descubrió un día, a los 8 años, la verdadera identidad del Niño Dios. “Nunca olvidaré esa Navidad”, recuerda. Y acaba enseguida con la entrevista. Porque tiene que ir a trabajar.
Un fotógrafo de la Plaza de Bolívar
“Si quiere que le diga la verdad, en todo el día sólo he tomado cuatro fotos y, mire, ya son casi las 8:00 p.m.”. Se llama Gustavo Aguilar y se presenta como un profesional. Se acomoda el sombrero, se arregla la chaqueta del traje desgastado y con impotencia dice que tiene 58 años y que los últimos 40 los ha dedicado a cargar una cámara al cuello y a vivir de las imágenes de turistas y enamorados que han pasado por la Plaza de Bolívar. También dice que los últimos años no han sido fáciles.
“La Navidad siempre era la mejor época. Usted no se imagina la cantidad de gente que quería llevarse un recuerdo del alumbrado. Los fotógrafos no dábamos abasto”. Parado al lado del gran árbol de Navidad de la Plaza de Bolívar espera ansioso la llegada de alguien que no lleve cámara. “Hoy, el que uno menos piensa saca un celular con cámara. Definitivamente la tecnología acabó con el negocio”.
Son muchas las noches en las que Aguilar se ha negado a la muerte sentenciada de su oficio. Esta Navidad, cuando la cosa se ponía dura en la plaza, terminaba en la salida de algún bar de Chapinero, esperando que alguien se animara a comprarle una foto. Hoy llegará de nuevo a su lugar habitual y lo recorrerá una y otra vez, hasta las 9:00 de la noche, cuando los turistas desaparezcan para celebrar con sus familias.
Sabe que se dormirá sin haber recibido ningún regalo y sin haber entregado ninguno. Sabe que el 25 se despertará buscando una vez más a alguien que quiera posar para su cámara, que cada vez dispara menos recuerdos.
Una estrella del cine colombiano
Hace tres años a Álvaro Rodríguez la Nochebuena lo sorprendió en San Andresito.
—Un amigo me pidió que lo acompañara a comprar un televisor, y era tanta la gente que no pudimos salir de allá. Entonces el dueño del local sacó una botella de whiskey y nos pusimos a chupar. Salimos trasteados, a las cinco de la mañana.
Así pasa él la Navidad y así se le han ido pasando una a una, desde que hace 35 años llegara de Sevilla, Valle, con la ilusión de convertirse en antropólogo de la Universidad Nacional. Entonces estaban aún frescas en su memoria las escenas de Navidad vividas durante su infancia: su padre y su madre trabajando, noche y día, para lograr mantenerlo a él y a sus 12 hermanos.
—Rece, mijo, rece para que el Niño Dios le traiga regalos —cuenta—. Y yo rezaba y rezaba, y el día de Navidad no me llegaba sino un par de medias. Veía entonces al vecino que salía de la casa con un triciclo y sólo podía preguntarme, ¿será que es que Dios lo quiere más a él que a mí?
Quizá por eso, reflexiona, le molesta que sea el dinero el que mande la parada en Navidad. —¿Sabe que los suicidios se incrementan en esta época? ¿Qué los parientes se pelean por mostrar quién tiene más plata?
Quizá por eso, reconoce, él prefiere una Navidad sin regalos. Y en cambio, una Navidad de amigos y parranda, donde sea la comida la que se cocina generosamente y que circula por las calles de su natal Sevilla o su barrio del alma: La Candelaria, donde siempre habrá un amigo poeta o músico con quién comenzar la fiesta, o en Piamonte, en la localidad de Bosa, donde esta noche Álvaro se tomará los andenes y las calles del barrio de su compañera. Al lado estarán los vecinos. La música sacudirá la cuadra. Así le gusta él. Su Niño Dios, asegura, es la gente.