¡Qué iba a saber de toros más allá de esos carteles españoles que había visto con atractivos y vistosos colores en amplias pinceladas para conseguir efectos ópticos y plásticos que convertían los chorretes de la sangre en manchas pastosas sugerentes que remitían a los trajes y adornos del público, a las boinas y a las mantas españolas! Los seguí pintando en acuarela y en óleo y mirando ingenuamente la plasticidad de sus cuerpos. ¡Qué iba a pensar en lo que significaba más allá ese colorido espectáculo!
A fines de los años sesenta me encontré con la realidad. Ya habían pasado varios años y esas escenas estaban superadas. Paul Rivet en su libro Origen del hombre americano ubicaba en un mapa un grupo aborigen con características pigmoides en la serranía del Perijá, departamento del Cesar, en límites con el Estado del Zulia en Venezuela. Con un compañero de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma Latinoamericana, Daniel Mejía Jaramillo, emprendimos la organización de un pequeño grupo para estudiar dicha población en las alejadas montañas. Así conocí a Norelia, estudiante de antropología en la Universidad de Antioquia. Cuando el tren del Expreso del Sol partió de la estación de Guayaquil con destino a Chiriguaná, Norelia se quedó en la plataforma despidiéndome y a partir de entonces entró en mi vida.
Corrió el tiempo y no sé por qué, meses después estábamos entrando a la plaza de toros La Macarena, a una novillada durante unas celebraciones universitarias. Tal vez sí lo sabía ¡porque quería estar en su compañía!, pero no en ese lugar. Nos encontramos desubicados en medio del jolgorio, la gritería de una turba enardecida que incitaba a la agresión y el desbordado maltrato a aquellos indefensos animales convertidos en motivo de diversión. Más nos demoramos en entrar que en salir.
El comportamiento agresivo del toro en el ruedo está motivado por el mismo miedo que el animal experimenta. Norelia y yo sentíamos terror ante tanta agresividad que la vergüenza de estar participando como espectadores de lo que allí sucedía nos hizo salir a la carrera. La misma carrera de los novillos encerrados buscando alguna salida, la que ellos no pudieron encontrar. Esa fue la primera imagen de ese nefasto lugar, desgarradora e inolvidable, y que con el correr del tiempo pude conocer a fondo.
Ese miedo que Norelia y yo sentimos dentro de la plaza me llevó, años después, a tomar conciencia de que ese engañoso espectáculo era lo más degradante para los animales.
Los toros constituyen una fiesta cruel y bárbara que excita las pasiones primitivas y apela a los más sanguinarios estímulos. No puede justificarse que los animales, que son seres sensibles, sean maltratados o ultimados por diversión, para producir artículos suntuarios o con otros fines no necesarios. El abuso al que se somete tanto al toro como al caballo, por excesivo, afrenta a la justicia; por perverso, a la bondad, y por depravado, a la razón. En todos los aspectos es inmoral. El poder del hombre sobre las bestias cesa en el punto donde termina la satisfacción de la necesidad. No le es permitido arrebatarles la vida ni causarles daño o sufrimiento arbitrariamente por el sólo apetito de una delectación insana contraria a las leyes de la naturaleza.
Por ello, las naciones cultas han otorgado a los animales protección efectiva en sus leyes; y expresamente el espectáculo taurino está prohibido en Inglaterra, Estados Unidos, Italia, Alemania, Canadá, Australia, Suiza, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega, Argentina, Brasil, Chile y Uruguay.
Narra el cronista José María Cordovez Moure en su libro Las fiestas de toros, que hasta el año de 1890 los santafereños no tenían idea de lo que era una corrida de toros al estilo español. Que en un principio tuvieron mediano éxito porque no le comunicaban al espectáculo la animación de las antiguas fiestas de toros que ofrecían aspecto especialísimo de confusión y bullicio: “Pero desearíamos que en ningún caso se permitieran las suertes de los picadores, que presenta indefensos los infelices caballos para que los bichos les saquen los intestinos o hagan presenciar al público escenas de la laya, no menos repugnantes que crueles”. Desde ese entonces venían pues las protestas por esos actos repudiables de maltrato.
Era importante además la preparación de los habitantes, especialmente los menos acomodados, que recurrían incluso al empeño de sus más preciados bienes; con tal de poder participar en las fiestas sus objetos cotidianos, hasta su propiedad raíz, eran garantías para el préstamo. Los condescendientes padres de familia vendían sus haberes para responder a las exigencias de las hijas que querían presentarse en público en el tablado cambiando de traje para cada corrida con la esperanza de encontrar novio, las venteras confiaban en formar un capital en esos días, los tahúres en desplumar a los incautos y hasta el Gobierno creía que aseguraría el orden mientras los estudiantes se declaraban en huelga y las sirvientas notificaban a sus señores que se iban a cuidar a un hermano gravemente enfermo.
Los toreadores eran apenas diestros ganaderos, vestidos con frac y calzón corto, medias blancas y alpargatas, cubiertos con gorro frigio, cada pieza de color distinto. Cuando había un toro de especial agilidad y fuerza se le ataba y colocaba apretada cincha para sostener al atrevido jinete, que era algún campesino más bruto que el animal sobre el cual montaba. Se aseguraba enormes espuelas, se ataba un sucio pañuelo en la cabeza, sin duda para que no se le salieran los sesos que tuviera, y al son de la música, que tocaba el bambuco, hombre y animal se sacudían hasta dejar rendido al primero. La bondad del espectáculo se daba por el número de hombres muertos o heridos en la diversión, que de seguro eran infelices artesanos, único apoyo de sus numerosas familias.
Y al final de todos esos días de fiesta, como si sólo se deseara dejar ominoso recuerdo, se dedicaba la última noche para divertirse con el toro encandelillado que luego de horas de maltrato empezaba a mugir de dolor por las quemaduras de sus cuernos, hasta carbonizarle las astas, la cabeza y enceguecerlo. Rendido de dolor y sin poderse mover se postraba en el suelo implorando la piedad de sus crueles verdugos. Ahí permanecía hasta el día siguiente en que el dueño le hacía la caridad de matarlo.
¡Qué maravilla de herencia cultural!
¡Qué maravilla de tradición!
Esto es lo que tanto defienden los taurinos.
Sí hay, pues, mal que dure cien años.
* Presidente de la Sociedad Protectora de Animales. La obra de Vallejo Editores será presentada por el autor en charla con Óscar Hincapié el 17 de septiembre, a las 7 p.m., en el Café Vallejo. Carrera 74 B No. 39B-126, Medellín.