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El caballero de los escudos épicos

Desde hace siete años, Leonardo Ahumada fabrica todo tipo de escudos heráldicos. Su obsesión por los dragones, los guerreros, los castillos, las armaduras y las espadas, lo llevó a consolidar este negocio.

05 de febrero de 2008 - 09:43 a. m.
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Quizá los años de servicio en el ejército le dieron a Leonardo Ahumada la fórmula para entender, de manera sencilla, los escudos antiguos y sus significados. En ese árido mundo de los fusiles y los combates, este joven empresario entendió que las jerarquías militares se obtenían gracias al honor, las guerras combatidas y, sobre todo, la incondicionalidad a la patria. Su juventud transcurrió entre las batallas reales a las que tuvo que hacerles frente mientras prestaba el servicio obligatorio, y los combates que mostraban las películas del Imperio Romano. Aquellas cruzadas cinematográficas le enseñaron otra forma de enfrentar al enemigo, sin armas de fuego ni granadas, simplemente con la fuerza interna del guerrero y una protección que se resumía en un escudo labrado con diferentes figuras que iban cambiando según el personaje que lo portaba.

Este hecho llamó su atención por completo y con el pasar del tiempo ya no le interesaba cómo estaban formados los hombres en el campo de batalla, ni mucho menos los atuendos de aquellos romanos. En su mente sólo estaban esos escudos mágicos que representaban la historia de vida de cada hombre. Su asombro fue mayor cuando supo que su propio apellido tenía un escudo, que su familia venía de Castilla y que había sido precisamente el rey de la época quien había ordenado la forma de aquel símbolo que representaba las raíces y la historia de sus ancestros. Desde ese entonces comenzó a investigar y encontró en la heráldica la respuesta a sus inquietudes.

Con las largas horas que pasó en la biblioteca Luis Ángel Arango aprendió que el escudo de armas nació en el siglo XII, y que en la época era un signo de distinción entre los combatientes. También, que a principios de dicho siglo los escudos solamente pertenecían a los guerreros, pero que después estas armerías se volvieron hereditarias y pasaban de padre a hijo. Además, descubrió que hacia el siglo XII los blasones dejaron de ser exclusivos de la nobleza y se convirtieron en un símbolo de distinción familiar que indicaba las raíces de su linaje. Lo que más le llamó la atención fue que el rey otorgaba a cada familia, sin importar que fuera nobles o de sirvientes, esta figura de orden militar, y que los escudos, además de servir de defensa en la guerra, eran utilizados como adorno en el monumento funerario.

En el año 2001, Leonardo Ahumada ya se había retirado del ejército y se desempeñaba como administrador de empresas. Cada vez que le consignaban la quincena, salía a comprar todo tipo de pinturas, maderas, herramientas y libros especializados en heráldica. En su casa organizó un pequeño taller y después de llegar del trabajo comenzaba su jornada como artista. Su primer proyecto fue construir el escudo de su familia, y en este camino se dio cuenta de que la heráldica era una disciplina de exactitud. Cientos de reglas debían ser cumplidas para que la obra final realmente fuera un escudo heráldico. Un mínimo cambio en el tamaño de las figuras, en los colores, en la posición del yelmo, en la forma de la base o en las medidas del armorial, cambiaría el significado totalmente.

Ahumada se sumergió en un mundo de simbologías en donde las olas del mar representan sabiduría; el águila, generosidad; el caballero, nobleza; la cabeza, un trofeo; el castillo, fortaleza; el dragón, vigilancia, y donde los colores toman su propia importancia. Pronto sus amigos comenzaron a interesarse por lo que hacía. Era común que en las fechas especiales le encargaran una de sus obras de arte. Con la experiencia entendió que además de los colores y las figuras, estos armoriales también debían tener un equilibrio y una armonía en su composición, y que cada figura podía ser colocada en posiciones distintas y representar cosas diferentes.

Con el pasar del tiempo se dio cuenta de que a las personas les interesaba conocer su linaje y que la fabricación de escudos podría ser un negocio rentable. Consiguió un socio y, sin pensarlo mucho, consolidó una empresa dedicada a la manufactura de todo tipo de ornamentos. En estos siete años se han vinculado seis personas en el proyecto, incluyendo a su hermana, que es su nueva socia, y han abierto mercados en Colombia, el Caribe, República Dominicana, Jamaica, Barbados, Panamá, Estados Unidos y España.

Según Ahumada, al mes se fabrican en promedio de 35 a 50 escudos, que oscilan entre los 65 mil y los 140 mil pesos, dependiendo del tamaño y el trabajo que requieran. Estas piezas son hechas en madera y llevan un proceso de diseño, investigación del árbol genealógico del cliente, fundición, moldeado, pirograbado, fotografía, calado, tallado y metalizado. Aunque la especialidad de la empresa son los escudos heráldicos, también fabrican escudos institucionales que les venden a la policía y el ejército.

Para El Caballero de Zión, como Leonardo Ahumada se hace llamar a sí mismo, un escudo heráldico es lo que define las raíces y la historia de una persona, “es ese legado de nuestros ancestros que nos recuerda la estrecha relación entre la naturaleza y lo que somos, ese simbolismo que nos muestra de dónde venimos y para dónde vamos; en definitiva, es ese sello único y particular que marca nuestra histórica existencia”.

La historia de los Uribe Vélez

En una ocasión fabricaron el escudo del presidente Álvaro Uribe Vélez como regalo para el mandatario, y según Ahumada, esta es la historia de su linaje: en el centro tiene dos castillos que significan fortaleza, una muralla que representa el poder que tenían sobre una región. Cada uno de los corazones son las guerras combatidas, que son símbolo de honor y gallardía. La posición del yelmo muestra que eran una familia de reyes.

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