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El café de la adivinación

La mayoría de las personas que llegan a Devachan Café Mágico eligen sentarse cerca de un pequeño cuarto sin puerta, decorado con tres pinturas de la virgen y el niño Jesús, custodiado por un enorme muñeco de color blanco, ojeroso, vestido con un traje negro de terciopelo como los que se usaban en el siglo XVI y un sombrero.

31 de octubre de 2007 - 10:58 p. m.
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Juliana Suaya es quien se esconde detrás de esa gigante y temerosa figura, que solamente permanecerá allí hasta halloween. Todos los días desde las 5:00 de la tarde y hasta la medianoche, esta joven astróloga lee las cartas del tarot a decenas de personas que aseguran haber encontrado en estas sesiones, que no duran menos de 20 minutos, respuestas a situaciones complejas de su vida relacionadas con el amor, la familia, el trabajo y la salud.

Para muchos de los clientes del café -un lugar misterioso y excitante, con luz tenue, repleto de cuadros religiosos, figuras de ángeles colgadas de las paredes o puestas selectivamente sobre las mesas principales, velas, imágenes de santos y candelabros antiguos-, ha sido tan acertado el presente y el futuro revelado por las cartas que han optado por consultarle frecuentemente a Juliana Suaya todo acerca de sus vidas. La sesión, que está anunciada en la carta del menú, cuesta $25.000 y uno tiene derecho a preguntar todo lo que quiera. La asignación de los turnos es por orden de llegada, mientras tanto se puede ordenar algo de tomar como el conjuro Harry Potter, una cabeza de Merlín, el cóctel Abracadabra o el Mago de Oz.

Antes de entrar a la consulta me prometí no indagar sobre temas específicos de mi vida, pues sentía mucho miedo de lo que pudiera revelar el tarot. Sin embargo, sólo fueron suficientes unas cuantas frases sobre mi estado emocional y la relación con mi novio para sentir unos deseos incontrolables por querer saberlo todo. Pero antes de que ocurriera esto, Juliana Suaya me pidió que me relajara, cerrara los ojos y tratara de visualizar un telón dorado y pensar en Dios. Después de unos segundos me preguntó mi nombre, la fecha de nacimiento y seis números del uno al 22, con los cuales hizo algo que denominó numerología y a partir de ello dijo algunas cosas sobre mi estado de ánimo, que eran totalmente ciertas. Acto seguido cogió dos barajas de cartas del tarot, me pidió que pusiera mis manos sobre ellas y cerró los ojos. A los pocos segundos quitó una baraja que durante la mitad de la sesión tuve debajo de mi mano izquierda y la otra la fue poniendo sobre la mesa para poder contestar cada una de las preguntas.

Primero indagué por mi vida sentimental y al ver que todo lo que decían las cartas coincidía con la realidad, me animé a preguntar por mi salud, la de mi familia, el futuro laboral de mi novio y el mío propio. Antes de responderme ella cerraba los ojos durante unos segundos y luego con una voz suave y cariñosa me hablaba. No lo podía creer, en las cartas se veía mi problema de gastritis y de colon, la enfermedad de mi abuelo, el problema de cálculos que sufrió mi novio, un viaje al extranjero, una propuesta de trabajo… Al salir me sentía abrumada, culpable pero al mismo tiempo satisfecha de poder conocer lo que me depara el futuro. No estoy segura de que las cartas hayan dicho toda la verdad, y aunque anhelo con desesperación que así lo sea, sólo dentro de unas cuantas semanas podré comprobar qué tan acertadas fueron las palabras de Juliana Suaya.

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