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El cruce de los horrores

A la 1:20 p.m. se oyó el estruendo. Los frenos de ambos carros hicieron chillar las llantas contra el pavimento. Además de los sonidos del metal retorcido, del vidrio quebrado, ese martes 13 de mayo se oyó el golpe de un cuerpo contra el pavimento, el claro quemón de la palma de la mano que cae seca en el asfalto. El silencio después fue total.

15 de mayo de 2008 - 05:43 p. m.
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Los gritos no se hicieron esperar. Al clamor de los conductores se sumó el pedido de ayuda de los niños del colegio militar Antonio Nariño que iban a bordo de la camioneta de placas BFW 641.

Un largo rastro de aceite, que se prolongó por una cuadra, precedía a un Chevrolet Sprint verde. El frente del carro estaba destrozado. El conductor, malherido, permanecía en su asiento.

“Otra vez”, debieron pensar los vecinos. Angustiados, salieron de sus casas a ayudar, a hacer lo posible, como ya lo han hecho muchas veces más. Dentro de la rutina de los residentes del barrio Nueva Marsella, las emergencias, los accidentes, las ambulancias y la sangre fresca en la calle son escenas de casi todos los días, estampas cotidianas.

En la esquina de la carrera 71ª con diagonal quinta hay, mínimo, un accidente diario. A veces son sólo los choques. A veces hay que sacar una escoba. A veces hay que esperar al forense.

“El Sprint tenía que hacer el pare. Al estrellarse, giró violentamente a la derecha, fuera de control, y quedó como a una cuadra de distancia. Entonces, la camioneta, al recibir el impacto del otro carro, fue a parar en el muro de ladrillo que resguarda el antejardín de una casa. El conductor no pudo evitarlo. La señora pasaba justo en frente del muro. El golpe fue espantoso”, comenta Carlos Eduardo Bernal, un habitante del sector y testigo del accidente.

El hombre es un animal de costumbres, que se acomoda a su ambiente. Detrás de la pared de ladrillo contra la cual se incrustó la camioneta escolar se encuentra un sólido muro de concreto que protege a los habitantes de la casa de las visitas inesperadas que se dan todos los días por parte de los vehículos que chocan y pierden el control.

El nivel de accidentalidad es tal que, como lo dijo El Espectador en junio del año pasado, a veces se registran hasta tres incidentes por semana en este cruce. Quienes ofician de testigos no son siempre los vecinos. En medio de las clases de los cuatro colegios aledaños se escuchan los golpes, los insultos y las sirenas.

Esta no es una calle fantasma, un rincón olvidado donde muchos van a encarar la muerte. Al contrario, el sector rebosa de vida. Por los andenes del lugar caminan, al lado de las madres, hijas y hermanas que viven en el barrio, los estudiantes de los colegios ubicados en los alrededores, entran a las tiendas, juguetean en los zaguanes de las casas, timbran y corren a esconderse.

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Qué hacer

Los vecinos del sector han solicitado un semáforo para bajarle las ganas de velocidad a los conductores. Por su parte, la Secretaría de Movilidad hará unas mejoras en lo que a señalización se refiere. Estas son: 

-Estrangulamiento de sección vial de la calle 5 a un carril, canalizando con tachones.

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-Instalación de cuatro bandas sonoras reductoras de velocidad sobre la calle 5 entre carreras 71a y 70c, con pictograma de zona escolar y sendero de zona escolar en la intersección de la calle 5 con carrera 71a.

-Demarcación de zona escolar: desarrollo sobre carrera 71a entre calles 5 y 5a con sendero en intersección.

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– Demarcación de zona escolar sobre calle 5 entre carreras 71a  bis y carreras 71b con sendero en carrera 71b.

– Demarcación de líneas de pare, parada, carril y canalización en área de influencia de intersección.

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