El aire es más húmedo y caliente. Se siente de inmediato en la garganta, en las gafas que se empañan. Es un aire sucio, pesado, perfecto para recordar que no se está descendiendo hacia el trópico, sino hacia los cimientos de Bogotá. Si éste ha de ser el camino al infierno, no está tapizado con calaveras, llamas y lejanos lamentos de las almas perdidas, sino con agua, barro y un olor incierto, mezcla de tierra y algo más, sudor tal vez.
Lugar de trabajo: túnel de 1,60 metros de diámetro, un poco más de 200 metros de extensión y más de 10 metros de profundidad. Cada día Ubaldo Bonilla, mecánico, y Martín Medina, operario, avanzan un promedio de 30 metros al mando de la tuneladora que va devorando lentamente las entrañas de la ciudad por debajo de la calle 26.
La misión: construir 900 metros de nueva tubería como parte de los trabajos de la fase III de Transmilenio. La excavación se realiza debajo de lo que será el paso deprimido enfrente del Concejo, uno de los puntos más complejos de unas obras ya de por sí complejas, por ingeniería, por ejecución, por política, por atrasos, por impacto.
El método se llama “Pipe Jacking” y consiste, en palabras sencillas, en una máquina que en un extremo tiene una cabeza que va excavando la tierra y en el otro unos gatos hidráulicos que empujan las secciones de concreto que van componiendo de a poco el nuevo colector de agua.
Medina y Bonilla son viejos conocedores de un ambiente remoto y hostil. El primero ha pasado ya por varias excavaciones de la mano de la misma máquina tuneladora, que tiene el tablero en alemán. ¿Usted habla alemán?: “Claro”. Y se ríe. Por su parte, Bonilla ha oficiado como jefe de mecánicos del equipo que año tras año le hace mantenimiento al sistema de Chingaza, un sistema de túneles que hace parecer a esta obra como de juguete; la diferencia es que los tubos de Chingaza están enterrados debajo de una montaña, en medio de la nada del páramo, y no en pleno corazón de la ciudad.
A unos metros de distancia de Bonilla, Medina y su equipo, también sumidos en la tierra, están Alejandro Pico, Pablo Corredor y Jorge Enrique Domínguez, quienes cavan su propio túnel, hasta ahora de cerca de 80 metros, con las manos. “Tunnel Liner” es el nombre de este sistema, en el que el trabajo pesado lo debe hacer el hombre, con pico y pala, a través del suelo arcilloso que yace bajo esta parte de la capital.
Aquí no hay máquinas glamorosas, ni pomposos tableros en alemán que emplean giroscopios para saber la inclinación exacta de la tuneladora. Todo se hace manual, aunque por tramos más cortos. Este colector de agua lluvia es de acero, no como el otro, que se construye en concreto, y debe extenderse a lo largo de 880 metros, que deben completarse con varios túneles en los que se trabaja simultáneamente.
“La cosa es que si hay máquina, entonces ya no está uno. ¿Si me entiende?”, dice Pico, mientras camina hacia la salida, casi completamente agachado, por el túnel de 1,20 metros de diámetro, una altura que literalmente convierte la diaria labor en un dolor de espalda. El barro trepa más alto en las paredes del tubo. Los zapatos resbalan más fácilmente en la superficie curva de acero. Del agua café sobresalen dos tablas que hacen las veces de corredor. “Si camina por las tablas se va a demorar más y puede que se resbale”, dice Domínguez en la boca de la excavación.
No son el acero y el concreto los dueños de estos lugares. Tampoco lo son los cientos de hombres que diariamente bajan a las entrañas de la ciudad para arañar la tierra. El amo y señor es el barro, que recubre las escaleras de acceso, los gatos hidráulicos, las botas, los overoles, la iluminación, los tubos de aire. Todo es agua y tierra, lodo. Acá, justo debajo de la ciudad, en el lugar en donde el asfalto se hizo barro.