En 1928, la construcción se levantó imponente. “Matadero Municipal” decía en su entrada, adornada por un gran arco. 1.700 metros, distribuidos en varios edificios, dedicados a la carne. Sacrificar, despellejar, limpiar, empacar: producir. El Matadero fue una de las primeras semillas de la industrialización en la ciudad, el epicentro de un poderoso negocio, alojado en un poderoso edificio.
Antes de que existieran los muros, calderas, la chimenea de al menos seis pisos de altura, la gran torre de agua, el lote era un pastizal al que los ciudadanos llevaban su ganado para alimentarlo. Ulen & Co., una firma recordada por la construcción del acueducto de Nueva York y Atenas, se encargó de convertir el potrero en mole, el lote en fábrica.
Hoy, el esplendor de otra época es apenas un recuerdo y allí donde había grandeza se instalaron la ruina y el desplome. El matadero, que a su vez fue plaza de ferias (inaugurada en 1938), se pudrió largamente bajo el peso del olvido y la cagada de las palomas.
El edificio se niega a morir. Reencarna en una forma inusual para su naturaleza. El matadero será biblioteca, la biblioteca de la Universidad Distrital. Aún en etapa de diseños el proyecto se ve interesante, atrevido. Recuperar, no demoler, una edificación industrial para un uso cultural, de la sangre y la carne a la tinta y el papel.
El experimento ya se ha hecho en otros lados. El Meatpacking District de Nueva York, antaño el sector de tratamiento de la carne de esta ciudad, es ahora un sitio exclusivo plagado de restaurantes, bares, clubes nocturnos y boutiques con artículos de moda y diseño.
En total serán más de seis mil metros de construcción que albergarán sonoteca y videoteca en los sótanos (donde se solían tratar las pieles del ganado), una gran sala de lectura, archivo, sala de cómputo y sede administrativa, entre otras cosas. La torre de agua servirá como observatorio.
El matadero revive del deterioro, la lenta muerte de los edificios, para la universidad y la ciudad entera.