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El nacimiento dela “Belle Epoque”

En la tarde del 20 de julio de 1889, cuando los primeros ferrocarriles llegaron hasta los terrenos de La Floresta y San Fasón,  los vecinos de la zona corrieron despavoridos a esconderse.

25 de febrero de 2009 - 06:00 p. m.
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El retumbar de las cuatro locomotoras llamadas Bogotá, Santander, Cundinamarca y Córdoba, las  máquinas que habían sido utilizadas en Europa desde 1830, los dejó impávidos.  Era el comienzo de la civilización moderna.

Entre los capitalinos las máquinas adornadas con flores y cintas de colores, que con su paso dejaban torbellinos de humo, fueron bautizadas como los “animales de fierro”. Para ese año la estación del tren de La Sabana (calle 13 N° 18-25)  era una precaria edificación construida con tejas de barro y soportes de madera. Fue hasta entrado el siglo XX cuando  las autoridades comenzaron a trabajar en la modernización de este centro, que para ese entonces ya conectaba las diferentes zonas del país con la capital .

Los diseños quedaron a cargo del arquitecto colombiano Mariano Santamaría, quien influenciado por el neoclasicismo francés y el neogótico inglés,  imaginó un edificio simétricamente perfecto; con ventanas alargadas, balcones ligeros, patios cubiertos de marquesina y piezas de yeso que resaltaban las paredes, los  techos y las fachadas.

En 1913, bajo el gobierno de Carlos E. Restrepo, comenzó la construcción de la nueva Estación de la Sabana, que duró  cuatro años y fue inaugurada el 20 de julio de 1917 en la conmemoración de la independencia. El costo de la edificación fue de $750 mil. Según los cronistas de la época, la celebración duró cuatro días, y entre los oradores sobresalieron el literato Eugenio Díaz y Laureano Gómez, por aquel entonces, un pichón de líder.

“La apertura de la Estación de la Sabana trajo consigo la llegada de inmigrantes y, por lo tanto, la necesidad de adecuar la ciudad para los nuevos habitantes. Esta misma estación fue punto de llegada y de partida de la “Belle Epoque” a la entonces “Atenas Suramericana”, y sería el corredor de los grandes negocios y transacciones que se realizaban en los acogedores restaurantes y cafés de sus alrededores, los cuales eran el lugar predilecto de los “cachacos” de la época”, como decía la revista Identidad Propia en un artículo publicado en  1997.

Durante las dos primeras décadas del siglo XX fue el símbolo de la identidad bogotana. El sector donde actualmente se encuentra la localidad de los Mártires, se convirtió en la puerta de presentación de la ciudad. Por sus calles transitaban los extranjeros y visitantes nacionales.

 En 1984 la Estación, igual que toda la estructura férrea del país, fue declarada Monumento Nacional. Sin embargo, con el tiempo fue perdiendo su importancia. Los trenes habían dejado de circular. Los tradicionales habitantes migraron de la zona  y las casas y edificios construidos a principio de siglo se tornaron en negocios. Al final las locomotoras apagaron sus calderas, la Estación perdió su elegancia y sólo en el recuerdo quedaron aquellos días de la “Belle Epoque” bogotana.

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