Hace 16 años que Transmilenio cambió la perspectiva del transporte público en Bogotá. La imagen de buses y busetas atestados de usuarios, muchos de ellos literalmente colgados de las puertas, fue quedando atrás, pero la que parecía la solución definitiva, hoy está en entredicho. A pesar de que son más los avances que los retrocesos, el sistema es uno de los escenarios de mayor controversia en la ciudad y nunca faltan las protestas que terminan en actos violentos.
Si bien la mayoría de críticas apuntan hacia la falta de modernización de los articulados, el número insuficiente de vehículos y rutas y la congestión en las estaciones del sistema, también salta a la vista que buena parte de las zonas grises del sistema están asociadas con comportamientos de sus usuarios. Un tema tan crítico que el año pasado se invirtieron $2.000 millones tratando de que la educación sea el comienzo de un esquema de transporte más ético y humano.
El asunto es tan prioritario que este año apuestan por 41 estímulos económicos para iniciativas ciudadanas de buenas prácticas y conductas en el transporte masivo en la ciudad. Una evidencia de que además de los asuntos coyunturales o institucionales, hay un vacío de cultura ciudadana por atender.
Por eso, con base en la experiencia de quienes a diario transitan por el sistema Transmilenio o llevan 16 años utilizándolo con frecuencia, este diario decidió hacer un inventario de cuáles son los comportamientos por erradicar o de los que se debe inculcar su modificación prioritaria. Y obviamente, el primer reto son los colados, que no solo representan pérdidas económicas, sino que se han convertido en el primer y más significativo dolor de cabeza.
Ya no es extraño constatar como desde temprano en la mayoría de las estaciones hay ríos de colados que aprovechan la apertura de las puertas de ingreso a los articulados, para evitar el pago respectivo. No es difícil colarse y, salvo una eventual intervención de la policía, la gente prefiere ignorar al que lo hace y mirar a otro lado, para evitar ser blanco de las agresiones de los infractores.
No hay distinciones de edad o sexo. Entre los que se suben sin pagar se ven desde adultos mayores hasta colegiales, así como hombres y mujeres. En algunos casos, arriesgando la vida maniobrando entre carros y buses. No pagan y ya. Lo hacen a diario.
Aunque las comparaciones siempre son odiosas, en los metros de algunas capitales, los que incurren en esta práctica son sancionados. A pesar de que el Código de Policía tiene previstos castigos por $196.000 para quienes abordan el sistema sin pagar, la norma es un saludo a la bandera. Hoy los colados hacen parte del paisaje en las estaciones y se confunden con los pasajeros que también saltan desde las puertas por ahorrarse segundos en la salida.
Estos últimos también crecen en número sin control alguno. Se bajan de los articulados, hayan pagado o no su desplazamiento, y en vez de caminar y salir de las estaciones por los torniquetes y los puentes peatonales, prefieren saltar de la plataforma a la calle, poniendo en riesgo sus vidas. La mayoría son jóvenes que aprendieron a bloquear las puertas, generando daños que le cuestan al Distrito casi $12 millones por cada una.
Después de los colados vienen los protagonistas de la ilegalidad. Hoy es común, en los puentes peatonales o en los entornos de acceso a las estaciones, ver vendedores informales de pasajes de Transmilenio, que contribuyen a las pérdidas del sistema.
Según expertos consultados, no es difícil adulterar las tarjetas o usar las que cuentan con subsidio para este fin. Quienes las promueven les permite vender cada pasaje hasta $500 por debajo de la tarifa normal. La idea no es nueva, pero ya en algunas estaciones de concurrencia masiva es común ver a esos comercializadores y a muchos compradores, que las adquieren para no hacer colas.
El coraje se multiplica cuando llega el momento de tomar un articulado. El ingreso y salida de pasajeros cada día es más atropellado, menos educado y se impone una especie de jauría ciudadana. Se supone que el orden acertado es que primero salgan los pasajeros de los articulados y luego ingresen los que van a viajar. Pero en la práctica no hay secuencia válida. Los enjambres de usuarios se empujan, estrujan o pelean por entrar y salir. En las horas pico el asunto es crítico. No hay cultura que valga ni adulto que se respete. Además, es el momento en el que muchos de los amigos de lo ajeno, expertos en el cosquilleo, aprovechan para meter la mano en algún bolsillo descuidado.
Si los usuarios logran entrar, empieza un rosario de desafíos. Inicialmente, con los que se arremolinan en las puertas . Muchas veces en los corredores de los articulados hay espacio, pero es como si no existiera. Se espichan junto a las puertas y cuando el articulado se detiene, como clavados en el piso, no dan su pie a torcer. En múltiples ocasiones, los que tienen que salir saben que deben hacerlo a los empujones.
Hay aspectos que agudizan este espacio caótico. Es común ver a usuarios literalmente recostados sobre las estructuras metálicas para sostenerse. Algunos parecen acostados sobre las varillas. Otros se abrazan a ellas como si fueran sus dueños. Los usuarios de corta estatura son los que más sufren, porque sus manos no alcanzan a las varillas horizontales y tampoco pueden asirse a las verticales.
Unos y otros, en una masa humana concentrada en las puertas de acceso y salida, dispuestos a defender su pequeño espacio, atentos a su chat o en franca pelea si algún asiento queda desocupado. En este espacio es donde también se advierte con mayor frecuencia el abuso de los acosadores. Los que aprovechan la confusión para tocar a las mujeres, los que se arriman a ellas disimuladamente o los que claramente se dedican a robar como auténticos expertos.
Pero el desafío no termina en el espacio adyacente a las puertas de ingreso y salida de los articulados. Hasta hace poco, existía un pacto no concertado de respeto por las sillas rojas y azules. En la actualidad crece el desconocimiento de las reglas de juego. Es común ver el mundo al revés. En las sillas azules, destinadas para mujeres embarazadas o con niños y adultos mayores, van cómodamente sentados los muchachos, y de pie, apretujados, los destinatarios de esos asientos.
Con dos comportamientos adicionales entre quienes saben que ocupan unas sillas que no les corresponden. Muchos jóvenes, hombres y mujeres, que ni ven ni escuchan, porque tienen audífonos puestos, o que literalmente van con los ojos cerrados. Algunos en profundo sueño y otros haciéndose los dormidos para no ceder sus puestos. Salvo algunas excepciones corteses, en múltiples ocasiones tiene que aparecer un reclamante en voz alta para que se paren.
“¡Un asiento para la señora!”, se oye decir cuando el caso ya supera la conchudez. Mujeres con varios meses de embarazo que si no tienen un acudiente que pelee por ellas, llegan a su destino de pie. O personas, visiblemente mayores de 65 años, a quienes se les ve su resignación de ver a muchachos llenos de vigor cómodamente explayados en las sillas azules, a veces con jóvenes sentadas en las piernas de sus novios, mientras ellos soportan el asedio de los apretujones.
En cuanto a las sillas rojas, es claro que cualquiera se puede sentar en ellas, pero en horas pico se repite lo que sucede con las sillas azules. Los más jóvenes, al fin y al cabo más ágiles para llegar a ellas, bien sentados, y los adultos mayores, a su suerte. Los que van más cargados no tienen problema en acomodar sus cajas en los pasillos para incomodidad de los demás. Además, están los dueños de las ventanas, que prefieren cerradas, y van chateando sin mirar a nadie.
A esta pelea desigual por las sillas azules y rojas se suman otras particularidades del Transmilenio bogotano. Las señoras que cargan exceso de bolsas y suelen ponérselas a centímetros de la cara de los que van sentados. Los estudiantes que hacen lo mismo con sus morrales mientras viajan en informal coloquio con sus pares. Los que no recogen las sombrillas en sus estuches y dejan escurrir el agua sobre los demás pasajeros. Los que no dejan abrir las portezuelas de los techos.
Muchos se sientan en el piso, sobre todo en las zonas de los acordeones (intercepciones entre los vagones); otros en las plataformas donde va la última fila de silleterías, y no faltan los tríos que se acomodan en las sillas. En últimas, cada viaje representa un azar. Especialmente en las horas de mayor congestión. Si se logró entrar al articulado, la manera de tener éxito es encontrar un pequeño espacio para sobrevivir a los empujones o a los malos vecinos del sistema.
La otra carga adicional para los usuarios son los que se suben a sumar monedas. Cantantes de toda índole con sus equipos y amplificadores, que incluyen arpas, guitarras, acordeones, flautas o hasta saxofones. Unos intérpretes de música carranguera o norteña, otros improvisadores de rap o melodías de plancha, cantantes de reguetón o rockeros. La flor y nata del folclor urbano entre desafinados, sin métrica o con talento de profesionales.
También aparecen los vendedores de lápices, cuadernos, agujas, dulces, libros, comestibles o accesorios, cuyo ingreso va acompañado de un amenazante buenos días o buenas tardes. Si no hay respuesta, se quedan mirando con cara de sabuesos bravos o reclaman. Luego de su perorata empieza el comercio. Ay de aquellos usuarios que no aplaudan, no respondan el saludo o no compren. Se exponen a la furia, al insulto o al repudio de los que ofrecen.
En estos tiempos, con toda la solidaridad del caso, no faltan los venezolanos. Unos cambiando sus billetes de alta denominación en bolívares, por cualquier moneda colombiana. Otros vendiendo baratijas con el mismo objetivo. Casi todos dejan un pequeño testimonio del drama de sus familias y de su país. Generalmente les va bien y por alguna razón de convivencia colombo-venezolana, hasta los más agrios esculcan sus bolsillos y les dan una moneda. De repente un billete.
A esta avalancha de productos, servicios o espectáculos de pocos minutos, se agregan los que se suben a los articulados, no ofrecen nada, pero muestran sus llagas, sus heridas o sus fórmulas médicas para tratarse enfermedades. Otros, oliendo a todo menos a lociones o perfumes, a quienes por obligación se les abre espacio porque además intimidan. Entre estos últimos no faltan los que se suben drogados, amedrentan sobre todo a las mujeres y habitualmente los baja la policía.
En términos generales, nadie controla la venta libre de productos en los articulados, las estaciones y sus entornos. Al fin y al cabo, en un país y en una ciudad de desempleados, el derecho al trabajo tiene sus protectores. Su principal problema es con los policías, que son otros personajes habituales del sistema a quienes también les cabe una dosis de cultura ciudadana. Su deber es prestar seguridad, pero muchas veces priorizan otras acciones mientras a su alrededor impera la anarquía.
Es común verlos pidiendo documentos de identidad, con cierta tendencia discriminatoria. Primero los muchachos de cabello largo, extraños peinados o trajes desaliñados. Rara vez a uno elegante o bien compuesto. Por fortuna, gracias a la Corte Constitucional, ya no se ve mucho a militares cazando remisos del servicio militar. Pero hay alguno que todavía se atreve a asomarse a las estaciones a detectarlos y luego sacarles dinero bajo intimidación o físico miedo.
A veces los policías se suben a los articulados y los usuarios sienten cierta tranquilidad, pero lo más común es verlos entre las estaciones, sacando a indigentes, capturando ladrones, lidiando con los colados o atendiendo desmayados. Cuando el sistema colapsa o hay protestas masivas, son los primeros que llevan del bulto y se vuelven el blanco de los agresores. La mayoría son policías bachilleres que siempre pierden la batalla.
A todo este escenario anárquico se suma que en otras ciudades como Medellín la gente en protestas no la coja contra el metro. Tampoco en Cali, Cartagena, Pereira o Barranquilla sucede algo parecido. Pero en Bogotá, tierra de nadie y de todos, pareciera que el Transmilenio fuera el trompo de poner, algo así como un sistema con el cual desquitarse de todas las frustraciones ciudadanas acumuladas.
Si la movilización callejera eleva su tono, no falta el que arremeta contra las estaciones o los articulados. Con puertas destruidas, ventanales rotos o usuarios heridos, no es raro que Transmilenio se convierta en el blanco de quienes confunden el derecho a la protesta con la violencia. Hace algunas semanas, en una de esas trifulcas, un vándalo no tuvo problema en arrojar un gas lacrimógeno dentro de un articulado, generando un caos que pudo terminar en víctimas fatales.
En síntesis, sin excusar los atrasos del sistema, la falta de modernización de los articulados y otras acciones atribuidas a la Alcaldía o a las autoridades de tránsito y transporte, no cabe duda de que la incultura ciudadana y los malos comportamientos de los usuarios también contribuyen al deterioro de Transmilenio. Por eso resulta viable trabajar en estos escenarios antes que las medidas únicamente represivas que, ya está claro, suelen ser insuficientes en un país como Colombia.
El sistema tendrá que extenderse por la avenida 68 y la avenida Boyacá, aunque por estos días la pelea política está centrada en la troncal de Transmilenio por la carrera Séptima. Como esquema de transporte masivo está probada su eficacia, pero tras casi dos décadas de operación, requiere reajustes institucionales y ciudadanos. Estos últimos parten de entender que con algo de cultura y educación es posible lograr un Transmilenio más humano.