En julio de 2012 el presidente Juan Manuel Santos y el entonces ministro de Vivienda, Germán Vargas Lleras, lanzaron en un evento pomposo el programa de 100.000 viviendas gratis en un terreno de Bogotá conocido como Plaza de la Hoja. Lo hicieron allí porque precisamente en ese lote de la carrera 32 con calle 18 se construirían más de 400 viviendas de interés prioritario (VIP) para víctimas del conflicto que viven en la capital. Dos años después, cuando el proyecto está casi a punto de terminar, no todos los vecinos lo ven con muy buenos ojos.
Varios de los habitantes del sector cercano a Plaza de la Hoja se molestaron por haberse enterado del proyecto justo el día del evento del Gobierno. Incluso hicieron una marcha por la carrera 30 para mostrar su rechazo a la idea de las viviendas gratis para desplazados. Hoy muchos dicen que no está claro qué empleo van a tener las familias que lleguen allí en los próximos meses y que no saben en realidad quiénes son.
“Si ellos no tienen cómo autosostenerse, la primera opción es pedir y la segunda robar. Esto se nos va a llenar de vendedores ambulantes”. Esta es la inquietud de Henry Alonso, residente de la urbanización Usatama, ubicada al oriente de la carrera 30. A Luz Marina Rodríguez la preocupa que las casas no tienen los equipamientos que los desplazados necesitan y que son familias “que reciben menos de $90.000 mensuales y tienen problemáticas bastante preocupantes”. “Es evidente que la llegada de las familias no va a ser fácil porque no tienen recursos. Vamos a ver una situación difícil de invasión y del barrio Cundinamarca (donde queda el proyecto)”, dice Luis Malagón, otro habitante de la zona.
En general, los argumentos sobre Plaza de la Hoja no se alejan mucho de los escuchados durante la última semana acerca del proyecto de VIP que Metrovivienda hará en lotes del Distrito ubicados en sectores estrato 6, como Chicó. Opiniones que dan cuenta de qué tan dispuestos estamos a aceptar la integración en la ciudad y a pensar en el otro, más allá del beneficio individual.
Además, si a las prevenciones naturales de los habitantes se suma la polémica que despierta el alcalde Gustavo Petro al salir en la defensa del proyecto con un discurso que polariza, con frases como “la Bogotá Humana está del lado humilde”, el panorama se complica.
Fernando Montenegro, arquitecto de la Universidad Nacional, cree que Bogotá ha estado tratando de encontrar soluciones al agotamiento de su crecimiento, pero no fue capaz de explicarlas correctamente y por eso la reacción es violenta, porque la solución deja la sensación de ser un ataque contra ciertos sectores sociales. También recalca que no se puede tener una ciudad sin que sus pobres tengan dónde vivir. Respecto a proyectos como el de Chicó y la Hoja, dice que ahora se debe diseñar bien las casas, terminarlas de construir con buena calidad y mostrar que son una solución para todos.
El proceso social
Fabio Mariño es el encargado del área social en Metrovivienda. Cuenta que hubo un largo proceso de encuentro con la comunidad cercana a Plaza de la Hoja desde hace dos años. Admite que comenzó con dificultades, pero que muchos de los participantes fueron cambiando su forma de ver la iniciativa. Hubo una mesa de trabajo, visitas puerta a puerta, reuniones con las diferentes entidades del Distrito involucradas en el plan y chocolates comunales, entre otras actividades.
“Notamos que al principio hubo rechazo, pero en la medida en que van conociendo cómo ha avanzado la obra, observan el beneficio para el sector, porque hay nuevos negocios. Eso nos ha favorecido”, relata Mariño. Dice que, en medio del proceso, un reclamo de la comunidad era por la falta de información sobre el proyecto. Una crítica que también señala Henry Alonso, el habitante de Usatama, quien asegura que este es el momento en que no saben quiénes son las víctimas que llegarán a la Hoja.
Fabio Mariño resalta que el proceso social ha tratado de evitar que quede en la comunidad la sensación de que, como las familias que llegan a vivir allí son víctimas, entonces van a generar problemas de seguridad, cuando precisamente se trata de evitar la segregación.
El reto de la integración
“Vivir cerca no garantiza interacción social. Para que estos proyectos de mezcla social funcionen deben compartirse otras instancias, además de la residencial, como por ejemplo espacios públicos y educación. En Berlín, Londres y Ámsterdam los chicos van al mismo colegio público. Eso no lo tenemos en Bogotá entonces hay un desafío extra, una debilidad fuerte que atacar. Lo que no quiere decir que sea imposible”, resalta la profesora de sociología de la Universidad del Rosario María José Álvarez. Además, sugiere que los proyectos de este tipo funcionan mejor cuando las distancias sociales no son tan grandes.
Dice que otro factor que favorecería la interacción social y la no estigmatización es que la arquitectura no se distinga fácilmente entre sectores económicos. “En Londres la vivienda social puede estar en el mismo edificio de la regular, la idea es que no sepas quién vive en cada una”. Ante la prevención de los habitantes bogotanos dice que se debe trabajar con la comunidad para que haya un proceso colectivo, e incluso hacer intervenciones urbanas en el barrio que recibe el proyecto, como parte de la negociación, que puedan usar todos.
La socióloga considera que si la Alcaldía quiere actuar sobre la desigualdad tampoco puede responder a que una comunidad diga no quiere recibir a los desplazados, porque puede que no los reciban en ningún lugar. Pero es importante negociar una buena recepción. Son políticas acertadas, sostiene, que apuntan a poner la vivienda social en lugares que ya tienen servicios en lugar de en la periferia como se ha hecho con sus consecuentes problemas que apartan a la población de oportunidades laborales en el centro de la ciudad y que no tienen servicios adecuados en términos de transporte y educación. Pero, como en toda política pública, “el diablo está en los detalles”.