El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El trabajo de un ángel en Bogotá

“El ángel de San Victorino” lleva dos décadas de labor social, en los que ha entregado ropa, alimentos, juguetes y hasta sillas de ruedas. Ahora está recolectando zapatos para personas con una sola pierna.

25 de enero de 2016 - 10:07 p. m.
PUBLICIDAD

 

En la mitad de una cuadra del barrio San Bernardo, atestada de jíbaros, drogadictos y habitantes de calle, hay un ancianato. Jorge Enrique Pérez toca el timbre. Se oye el chirrido de un cerrojo y la puerta se abre. Pérez atraviesa el pasillo de la casa derruida. Al fondo, en una cocina, entre ollas vacías, una mujer, inmóvil, se apoya sobre un palo de escoba. Cuando escucha la voz de Pérez, sonríe y, desorientada, intenta ubicarlo. Está casi ciega. La anciana lo encuentra con las manos y lo abraza emocionada.

Hasta hace cuatro años Helena, esa anciana, vivió en la calle. Pérez se la cruzó y la ubicó en ese hogar, donde se convirtió en una especie de ama de casa. Aunque los ojos le fallan, limpia y cocina, cuando hay con qué cocinar. En las paredes del ancianato hay letreros que rezan: “Clausura temporal”, los puso la Secretaría de Salud, porque el lugar se está cayendo.

Antes, allí vivían unos 20 abuelos, ya sólo quedan cuatro: además de Helena, vive Leonidas, quien siempre está pendiente de la puerta mientras ve un televisor viejo de señal borrosa, y otros dos hombres, que pasan buena parte del día en cama. Están casi solos, en medio de una cuadra hostil. De vez en cuando reciben la visita de la dueña de la casa, que la puso a disposición de ellos, y la de Pérez. Aunque el lugar se desmorona, ellos no se quieren ir.

Cuando el trabajo se lo permite, Pérez les lleva el almuerzo. Si no, recoge mercado para que Helena cocine. A veces llega a las 6 de la mañana, les prepara el desayuno, les sirve a los cuatro ancianos y sale a la puerta a repartir el resto entre los habitantes de calle del sector. Así, dice, se asegura de que nadie se meta con los viejos.

A Pérez le dicen El ángel de San Victorino. La lista de obras caritativas que ha liderado durante los últimos 20 años es larga. Sus acciones han llegado hasta La Guajira y Norte de Santander, donde mandó mercados durante la crisis fronteriza del año pasado.

Cuando tenía 6 años, su papá murió. Dice que lo recuerda como alguien entregado a la gente. En él se inspiró para dedicar su vida a trabajar por otras personas, aun cuando sus asuntos personales no están resueltos y pasar necesidades también ha estado entre sus propias penurias.

Hace 9 años se divorció de la madre de sus dos hijos. Al tiempo, una cigarrería, su negocio, se quebró. Pérez estaba devastado, le preocupaba no tener con qué comprar los regalos de Navidad de sus hijos, pues ni siquiera había para la comida. Mientras caminaba cabizbajo por la calle, se encontró con un amigo. Él notó que algo andaba mal. Le regaló ropa para sus hijos y le dio dinero para llevar a casa. Pérez recuerda ese acto con más emoción que todas las obras que él mismo ha realizado.

El Ángel trabaja en el pasaje comercial Los Espejos, en San Victorino, donde se encarga de labores administrativas, y aprovecha el contacto con los comerciantes de la zona para promover sus obras. Recoge ropa, alimentos, cualquier cosa que pueda ser útil y luego reparte. En San Victorino es famoso, cuando alguien llega con un problema lo mandan a buscar al Ángel. En todos estos años ha repartido cientos de kits escolares en las escuelas del sur, juguetes en hospitales, ropa y comida entre habitantes de calle, ha ayudado a recuperar espacios verdes, a conseguir sillas de ruedas y hasta una operación de cataratas para un vendedor ambulante casi ciego. Calcula que al menos 10.000 personas se han beneficiado de su trabajo.

No ad for you

El año pasado, uno de los comerciantes cerró su venta de calzado. Cuando estaba haciendo el inventario, se dio cuenta de que le habían quedado muchos zapatos sin pareja. Llamó a Pérez y se los entregó. Él los guardó sin saber qué hacer con ellos. En diciembre se le ocurrió buscar a personas sin una de sus piernas para entregarle un zapato a cada uno. Hasta al momento ha repartido 20. Las personas llegan hasta el pasaje comercial, él los sienta en las escaleras, busca un zapato que les guste y él mismo se los pone y amarra. Tiene al menos dos bolsas gigantes repletas de zapatos sin par. Y está recogiendo más. Quiere juntar 200 para armar un evento grande y repartirlos en masa.

Esa será la primera campaña de Pérez este año. Esa y acompañar a los abuelos del ancianato en medio de la cuadra de jíbaros y habitantes de calle. Cuando Pérez se despide de Helena, ella lo abraza de nuevo, pega su cabeza al pecho del Ángel y le recuerda que justo ayer se cumplieron cuatro años desde que él la sacó de la calle y la puso allí. La anciana de más de 80 años dice que Pérez, de 56, es como un padre para ella.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias