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En el callejón de los israelíes

En total, siete hostales cuyas tarifas oscilan entre $15.000 y $55.000 albergan a israelíes, africanos, europeos y americanos, que llegan a Colombia por pura curiosidad, para escaparse de sus propias guerras o para probar la diversidad.

13 de febrero de 2008 - 08:29 a. m.
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De la grabadora que se encontraba en una de las esquinas del patio central del hostal Sue 2, una casa que quizá en la época colonial perteneció a un prestigioso cachaco y su familia, se oía la canción No woman, no cry, del jamaiquino Bob Marley. Enfrente, un joven húngaro de 24 años cantaba la misma melodía, mientras escribía algunos apuntes en su diario de viaje. Al fondo, tres israelíes hablaban en inglés con una pareja de franceses que habían conocido en el Parque Tayrona unos días antes, y que ahora se habían reencontrado en el hostal. En una hamaca, un alemán leía la edición en inglés de la novela del escritor William Golden El guardián en el centeno, que su nueva compañera de habitación, una neoyorquina, le acababa de pasar. Justo en la mitad del jardín, unos surafricanos bebían algunas cervezas mientras disfrutaban del sol bogotano de aquella tarde de martes de finales de enero, que bien podía ser de octubre o marzo.

El hostal estaba casi lleno. Sus huéspedes eran viajeros de diferentes partes del mundo que habían llegado a Bogotá simplemente como escala para alcanzar las famosas playas de Santa Marta. La mayoría se había enterado de este paradisíaco destino por amigos y familiares que habían viajado hasta Colombia, y otros, por agencias turísticas y redes de información de viajeros. En sus itinerarios, Bogotá era un lugar de tránsito, una especie de puerto en donde pensaban pasar tan solo una noche y al otro día coger un bus hacia la Costa Atlántica.

Pese a sus planes, la magia de La Candelaria, la cordialidad de los bogotanos, la hospitalidad de los administradores de los hostales y la buena comida bogotana hicieron cambiar de idea a estos viajeros. Algunos decidieron renunciar a su viaje a Santa Marta y quedarse. Otros, después de ir al Parque Tayrona, postergaron la fecha de su viaje de regreso para poder disfrutar de “una de las ciudades más lindas que existen en el mundo”, como lo explicó aquella tarde Asher Camhi, un israelí de 25 años que desde que descubrió Bogotá ha viajado tres veces y planea volver en agosto.

Él, como muchos de sus amigos, encontró en la vida de viajero la única posibilidad para evadir el servicio militar obligatorio. “En mi país nos condenan a ser parte de una guerra que nosotros no apoyamos”. Hace cuatro años huyó de Israel. Cuando apenas había completado un año en el ejército, se dedicó a viajar por Suramérica con un grupo de amigos. Cuando se le acabó el dinero, se radicó en Estados Unidos y hasta ahora se las ha ingeniado para trabajar durante seis meses del año y viajar los otros seis.

“Lo que más me gusta de la ciudad es el clima” agregó otro joven israelí. Según ellos, de toda Latinoamérica, Colombia es el lugar en el que se sienten más a gusto y Bogotá, su ciudad preferida. Al parecer, las costumbres y los problemas sociales de ambos países les resultan muy similares.

Callejón de viajeros

En este momento, la carrera cuarta, entre calles 12 y 16 es reconocida entre las comunidades virtuales de viajeros del mundo como la calle de los hostales extranjeros en Bogotá. Incluso, algunos hacen parte de las redes de albergues internacionales. Últimamente, este callejón de casas coloridas se ha convertido en la calle de la diversidad cultural. En el día es común ver turistas en las tiendas vecinas comprando víveres, actualizándose en historia colombiana en la biblioteca Luis Ángel Arango, tomando una taza de café o degustando alguna de las comidas típicas en los restaurantes de la zona.

En total son siete hostales que han adoptado todas las condiciones necesarias para que los extranjeros se sientan a gusto. Al estilo europeo, las habitaciones son compartidas. Tienen cocinas, servicio de lavandería y los baños son múltiples. En promedio, los precios de alojamiento están entre los 15 y los 55 mil pesos. “Nosotros no alquilamos cuartos sino camas”, explicó Heidy Torres, encargada del hostal Hostelling International Bogotá D.C.

“Acá la gente se encariña con el hostal, con la gente, y le gusta mucho el ambiente. Hemos tenido casos de huéspedes que planean quedarse una noche y terminan quedándose un mes”, dijo una de las administradoras del hostal Fátima, que abrió hace tan solo cinco meses.

Aunque hasta este callejón llegan norteamericanos, europeos y australianos, sin duda, la calle 12 con cuarta ha sido conquistada por los israelíes. El Hotel Centro Plaza es uno de los ejemplos, aunque está abierto a personas de todas las nacionalidades. Una de sus especialidades es la preparación de platos tradicionales de Israel o la conocida cocina kosher, que es carne sacrificada solamente por un rabino. El encargado del lugar es un bogotano, quien pese a no saber más idiomas que el español y algunas palabras en inglés, busca la forma de hacerse entender. “Yo les hago señas, les muestro los letreros en árabe que dicen las tarifas y hasta hago mímica para poder comunicarme con ellos”.

“Muchas veces los árabes vienen buscando drogas y mujeres, y aquí en Bogotá las dos cosas son muy fáciles de encontrar”, aseguró uno de los comerciantes de la zona. Precisamente, unas cuadras arriba del Hotel Centro Plaza hay una casa de color blanco con azul que tiene un letrero sobre la puerta escrito en árabe. Según uno de los vecinos, de ese hostal salen y entran mujeres y otro comerciante aseguró: “Yo me atrevería a decir que ahí pasan cosas raras, eso es una Sodoma y Gomorra”.

Pese a que estos hostales comenzaron a funcionar desde hace cuatro años, muchos habitantes de La Candelaria no saben que existen. Los dueños de los hostales del callejón de los extranjeros esperan ganar reconocimiento a nivel mundial y cada vez recibir más huéspedes. Como lo explicó una de las administradoras del hostal Fátima: “Nuestros clientes, más que huéspedes, se van convirtiendo en parte de nuestra familia. Acá se crean amistades que perduran a pesar de la distancia”.

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