Hace más de una década, en una de las montañas del municipio de Cogua, Cundinamarca, existía el mito de que una mujer mantenía a su nieto de cinco años amarrado a la pata de una cama y que el niño se había convertido en una especie de animal salvaje. Decían que era una señora de unos 50 años la que maltrataba al pequeño para que no hiciera males en la casa.
Pasaron muchos años hasta que el mito se convirtió en realidad. Fue en una jornada de adquisición de predios cuando funcionarios de la administración municipal corroboraron que aquella historia era cierta. Se encontraron con la mujer y con el niño que evidenciaba en sus piernas y manos las marcas de las cadenas. Días después la señora le vendió su predio a la Alcaldía y el menor fue entregado al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Hoy algunos curiosos cuentan que las terapias psicológicas y de lenguaje han avanzado lentamente, porque cuando el pequeño fue rescatado no pronunciaba palabra alguna, sólo gemidos para comunicarse con su abuela.
Inicialmente el objetivo de aquella jornada era realizar la compra de un predio que presentaba un riesgo para casi 900 niños de cinco escuelas del municipio. El agua que consumían tenía estiércol. Entonces solucionaron dos problemas de una sola vez. Convirtieron aquel territorio en una reserva natural que les daría vida a muchos pequeños.
Sin saberlo, por aquella época se estaba discutiendo la ley 99 de 1993, la que obligaba a las entidades territoriales a disponer mínimo del 1% de su presupuesto para la adquisición de predios productores de agua, con el fin de protegerlos y preservarlos. Fueron 60 millones los que se destinaron para adquirir ese territorio y abastecer a los habitantes del sector con acueductos veredales. Los dueños de las 200 hectáreas aledañas entendieron la importancia de la iniciativa y accedieron a vender sus fincas.
“Ya son cerca de mil hectáreas las que se han comprado para la reserva forestal, en la que se han hecho inversiones en conjunto con la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) y la Gobernación para conservar el recurso hídrico en estas zonas de reserva”, cuenta Javier Peña, director de la reserva forestal de Cogua.
La reserva comprende tres zonas: la vereda Rodamontal, Quebrada Onda y Páramo Alto. Allí los frailejones acompañan en cada paso a los tres guardabosques que tienen a su cuidado la naturaleza. De lunes a viernes, de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., estos hombres recorren las casi mil hectáreas cubiertas por partes de musgos y encenillos (árboles que captan la neblina en el páramo).
Los rodamontes, árboles que fueron elegidos como símbolo del municipio por sus características de páramo (retención de agua), son testigos de los 1.050 milímetros de precipitación de aguas lluvias al año. Es decir, que esta cantidad de agua que
capta la tierra año tras año es la que recarga a las quebradas de la reserva y abastece a las familias de municipio en un perímetro de 13.600 hectáreas. Cifras que se conocen aun a pesar de que la región ha perdido en un 80% la capacidad de captación.
Los terrenos de la reserva presentan otras problemáticas como lo demuestra un estudio realizado por el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) en años anteriores, en el que se encontró que el nivel de materia orgánica del suelo está en un 6%, cuando debería tener entre un 13 y 15%. Esta disminución se debe a la utilización inadecuada de técnicas agropecuarias. “La gente, si tiene un potrero, lo primero que hace es quemar el pasto con glifosato”, comenta Mario Cubillos, ingeniero forestal que se encuentra a cargo de la reserva.
Estas son algunas de las razones para que el municipio pensara en tener un espacio amplio que permitiera ser uno de los pulmones de Cundinamarca, además coincide con la ley que dispuso el Gobierno para que se cumpliera a cabalidad la norma de proteger las zonas productoras de agua.
En estos momentos la administración municipal se encuentra en conversaciones con la Pontificia Universidad Javeriana para hacer de este sitio un centro de investigaciones. El objetivo no sólo es conocer los secretos que guarda el páramo, sino también establecer el impacto que ha tenido por tantos años el mal uso del suelo y así poder recuperarlo con mayor efectividad. Así éste podría considerarse un destino turístico más frecuente para los estudiantes de Bogotá y veredas cercanas, quienes en contadas ocasiones han tenido la oportunidad de pisar un suelo que parece un frondoso tapete de agua.
El musgo en su lugar
Para sorpresa de las autoridades ambientales, este año en la capital se decomisaron 10 bultos de musgo en las plazas de mercado y centros comerciales, 20 menos que el año pasado.
“Esperamos que con el pasar de los años la cifra siga disminuyendo, hasta que desaparezca por completo la comercialización y extracción del recurso”, dijo Juan Antonio Nieto Escalante, secretario distrital de Ambiente.
El musgo recuperado fue reintegrado en 50 metros cuadrados de la reserva forestal El Delirio, cerros orientales. Según cifras del Distrito, en 1997 se incautó el mayor número de bultos de musgo, 257. Le siguen 1998 con 184 bultos y 2004 con 120. En 2003 se decomisaron 20 bultos.
El musgo es una planta pequeña que tiene como función realizar la absorción del agua y de las sustancias minerales. En el país existen 900 especies.