En cada turno hay 50 hombres que salen a la boca del túnel cada 12 horas. El día o la noche se encuentran a dos kilómetros de distancia y los rayos del sol o la luna están a casi mil metros por encima de sus cabezas. Este pequeño ejército vestido de amarillo se dedica durante tres meses cada año a hacerle mantenimiento a los tubos que traen agua desde el páramo de Chingaza.
El sistema Chingaza tiene 32 kilómetros de tubería que parten desde la represa de Chuza, enclavada en lo profundo del páramo, hasta la planta de tratamiento Francisco Wiesner, ubicada al lado del embalse de San Rafael, en la vía que conduce a La Calera. Todo el complejo de túneles y represas, que provee el 75% del agua que consumen día a día los bogotanos, fue diseñado a finales de los años sesenta. Su construcción se demoró poco más de una década y en los ochenta entró en funcionamiento. En 1997, debido al desgaste que los materiales sufren por el contacto permanente con el agua, varias secciones de los túneles colapsaron y el agua dejó de fluir hacia la capital. Además de los derrumbes, en ese año la ciudad sufrió uno de los veranos más intensos de la época y los embalses comenzaron a desocuparse rápidamente.
“Después de lo que ocurrió en 1997 la Empresa de Acueducto efectúa mantenimientos, año tras año, a toda la red de suministro de la capital para evitar que algo así vuelva a ocurrir”, dice el ingeniero Fernando Manrique, director del sistema Chingaza, el hombre encargado de que el agua llegue a la ciudad. Y añade: “Las obras que realizamos son de revestimiento con concreto de ciertas secciones del túnel de flujo libre para darle una mayor resistencia y durabilidad a la estructura”.
La vida en el interior del túnel es extraña. Un aire frío viene desde un lugar remoto, como si la misma oscuridad soplara helada corriente. De tanto en tanto un ruido ensordecedor, como un quejido de la montaña, hace pensar que el agua viene en camino. Después de veinte minutos en tractor se arriba al frente de trabajo. El piso está inundado. El agua llega más arriba de los tobillos. “El agua se filtra por la montaña. Hay puntos en donde sale a presión desde abajo”, dice el ingeniero Jorge Iván Ortiz, interventor de la obra.
Dentro del túnel conviven medio centenar de personas que trabajan incansablemente vertiendo el concreto a lo largo de 1.200 metros. “En este punto nos queda la mitad de la tarea por hacer, pero ya pasamos lo más difícil. De aquí en adelante los trabajos se aceleran”, dice el ingeniero Nelson Rincón, director de las obras, y quien está acostumbrado a vivir en las entrañas de la tierra desde sus días de trabajo en el túnel piloto de La Línea.
En el corazón de la montaña todo tiene unas dimensiones inusitadas, una agigantada proporción. La sección más grande del túnel tiene casi cuatro metros de diámetro y un espesor, de concreto, de casi 30 centímetros para resistir la presión aplastante de los 14 metros cúbicos de agua que pasan sin parar cada segundo todos los días del año y que vienen del embalse de Chuza, que almacena en total 250 millones de metros cúbicos de agua.
La construcción de la segunda fase de Chingaza, obras que incluirán la edificación de un embalse más en el páramo y la instalación de 80 kilómetros de túneles y tuberías, está proyectada hacia 2017. La dimensión del proyecto es enorme. En la actualidad, entre los sistemas Chingaza, Tibitoc y El Dorado, la Empresa de Acueducto capta cerca de 23 metros cúbicos de agua por segundo. Cuando la segunda fase de Chingaza esté terminada, sólo esta parte del sistema de agua de la ciudad captará 22 metros cúbicos por segundo, casi la totalidad de lo que viene de tres partes diferentes en este momento.
Del total de 32 kilómetros que tiene el sistema Chingaza, faltan por revestir algo menos de 14 kilómetros. “Las obras actuales cuestan, junto con un mantenimiento que se hará en el sector conocido como El Diamante (un pozo profundo en otro lugar de los tubos) y la instalación de un nuevo malacate para llegar hasta el túnel, $9.600 millones”, afirma Manrique.