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Escenas de una noche trágica

El no pago de una extorsión fue el móvil que, según las autoridades, llevó a delincuentes  a activar la bomba en la Zona Rosa.

28 de enero de 2009 - 05:43 p. m.
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No sintió angustia. Tampoco pánico. Ni siquiera perdió la calma. Todo pasó “tan rápido” que Felipe Lega, bogotano de 26 años, apenas tuvo tiempo para tirarse al suelo y esperar a que pasaran los segundos de zozobra, después del bombazo que el pasado martes a las 9:05 de la noche mató a dos personas y demolió el primer piso de la tienda de videos Blockbuster de la carrera novena con calle 81, en el prestigioso barrio de La Cabrera.

Lega estaba en el segundo piso del local, esperando para abrir una cuenta, cuando sintió el estruendo. “Fue como si el piso se levantara”, comentó este diseñador digital, 15 minutos después del suceso, mientras se sacudía el pelo para terminar de quitarse las esquirlas de vidrio. “Se cayeron todas las películas, las ocho personas que estábamos arriba nos miramos para ver si había heridos y sólo una mujer lloró. Cuando todo se calmó, nos dieron agua y yo me comí un chocolate que había quedado ahí tirado”.

Juan Varela, subsecretario distrital de Salud, estaba a esa hora en el centro comercial Andino, a dos cuadras del lugar. Corrió para ver qué pasaba y se encontró con un panorama “aterrador”. Polvo, vidrios, escombros, vecinos corriendo desconcertados. “No hay heridos”, celebró en silencio apenas llegó. Pero minutos después, al enterarse de los dos muertos, su tranquilidad se convirtió en preocupación.

Una de las víctimas mortales fue el joven de 27 años Carlos Romero, empleado del parqueadero de Blockbuster (administrado por la compañía Parking), que justamente esa noche estaba haciendo un reemplazo. La segunda, una mujer de 50 años que fue identificada ayer como María Margarita Rico, y quien fue encontrada muerta en la acera de enfrente por los miembros de los organismos de emergencia. Ellos mismos creen que pasaba caminando por la novena en el momento en que explotaron cinco kilos de pentonita dentro de un cajero del Citibank, emplazado en el primer piso del establecimiento.

Mientras un vecino con pantalón de pijama comentaba que había oído las sirenas de la Policía tan sólo instantes después del estallido, y que habían acordonado el lugar en diez minutos, un paramédico curaba a Jason Díaz, barman del restaurante Bagatelle (ubicado al frente, sobre la calle 81), de unas pequeñas cortadas en una mano y un hombro. “¿Está bien?”, le preguntó el ministro de Protección Social, Diego Palacio, también vecino de la zona. “Sí, señor”, respondió Díaz adolorido. “Estaba limpiando la barra, que tiene un techo de vidrio, y me empezaron a caer pedazos, entonces salí corriendo. A esa hora el restaurante generalmente está lleno y preciso hoy se desocupó más temprano”.

El transistor de un portero chillaba que el Ministro del Interior ofrecía 100 millones de pesos a quien diera información sobre los culpables. El Alcalde Mayor le aceptaba descompuesto a un fotógrafo que trataba de burlar el cordón de seguridad que la cosa adentro estaba “tenaz” y el administrador del local les comentaba a quienes lo rodeaban que, aunque se hablaba de extorsión en los medios, hace seis meses no recibían amenazas.

Felipe Lega preguntaba por su carro atrapado en el parqueadero, Mauricio Mendoza cargaba 30 metros de plástico para reemplazar los ventanales del apartamento de su cuñada y Cristina, arrastrando un carrito de mercado por la empinada calle, aprovechaba para venderles a todos chicles, charmes y cigarrillos.

El papá del difunto Carlos Romero llegó al lugar alrededor de la medianoche. Perdido, miró fijamente las luces intermitentes que todavía titilaban en los carteles de los últimos estrenos. No dijo nada. Sólo miró. Y, despacio, se fue para su casa, situada en el barrio Diana Turbay, acompañado de un psicólogo que estará con su familia durante un mes.

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El presagio de Carlos

El martes pasado, antes de salir hacia su trabajo como celador de la videotienda Blockbuster, Carlos Eduardo Romero Echeverría le dijo a su madre, María Echeverría, de 53 años, que tenía el presentimiento de que algo extraño iba a ocurrir. Quince horas más tarde, una onda explosiva de ocho kilos de pentonita lo alcanzó, causándole la muerte casi de inmediato. Romero, de 30 años, después de llevar cinco años en la compañía, había sido trasladado a ese punto (calle 82 con carrera 9ª) dos días atrás, pero justo ese martes iba a pedir reubicación, tal vez por ese mismo presentimiento que lo invadió en la mañana.

Margarita Mora, la abuela

Doña Diana Margarita Mora Vélez fue acompañada por su hija al Blockbuster de la 82 con 9ª para comprarles un par de películas a sus nietas. No había alcanzado a elegir sus videos, cuando la explosión de la bomba del pasado martes la mató. Tenía 50 años, era ingeniera de sistemas y estaba cursando estudios de inglés.

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En este momento su hija, de 25 años, y con tres meses de embarazo, se encuentra en grave estado de salud en una clínica cercana al lugar de los hechos. Ella también fue alcanzada por la explosión. Su familia recibirá una indemnización de 40 salarios mínimos por parte del Gobierno por daños y perjuicios.

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