Entre los escombros y las cenizas quedaron los trozos de bahareque, las yeserías, los decorados superpuestos, las mansardas chatas, los balcones de madera y las altas puertas que caracterizaban hasta ese entonces la arquitectura bogotana. En esa tarde del 9 de abril de 1948, las majestuosas edificaciones de la Avenida Jiménez, la Calle Real, la plazuela de San Victorino y las carreras cuarta y octava, con calles novena y trece, ardían entre el dolor, la sangre y el odio de los bogotanos.
“Fue como si los disparos se hubieran hecho no sólo contra el personaje (Jorge Eliécer Gaitán), sino contra la imagen de una ciudad a la que se quería eliminar, para dar paso a una modernidad obstaculizada por esas arquitecturas obsoletas”, escribió el arquitecto Carlos Niño en el libro El saqueo de una ilusión.
La sed de venganza de los bogotanos eliminó con su furia edificios, casas, colegios, iglesias y los más prestigiosos hoteles de la época. En tan sólo un día, Bogotá pasó de ser una ciudad colonial, con vestigios republicanos, a una urbe caracterizada por la muerte, el polvo y los escombros. Los días siguientes al 9 de abril, parecía como si Bogotá hubiera sido bombardeada en la peor de la guerras.
El Bogotazo, además de fragmentar la historia política de Colombia, también dividió en dos la imagen de la capital de la República. De los escombros se levantó una ciudad con estructuras de concreto y acero, grandes ventanales, amplios espacios, inimaginables rascacielos, avenidas, centros comerciales, conjuntos residenciales y parques. Las destrucciones del 9 de abril se convirtieron en el pretexto perfecto para modernizar la ciudad.
“Para los bogotanos de la época, la tradicional Santafé de Bogotá necesitaba un cambio. La gente quería modernizarse, dejar de caminar por la Calle Real y pasar a movilizarse por avenidas, como sucedía en Estados Unidos o Europa. El Bogotazo permitió quemar lo antiguo para construir lo nuevo” explicó el arquitecto Fernando Carrasco.
UNA NUEVA ERA
Con el fin de cumplir con los caprichos modernizadores de los cachacos de principio de siglo XX, se demolió el Claustro de Santo Domingo, una de las joyas arquitectónicas de la Colonia, para dar paso a la ampliación de la carrera séptima. “Este fue uno los ejemplos de cómo desde antes del Bogotazo la sociedad colombiana soñaba con tener una ciudad moderna, costara lo que costara”, explicó Carrasco.
Años después, cuando Bogotá fue nominada como sede de la XI Conferencia Panamericana, se iniciaron una serie de obras que terminarían por darle a Bogotá los primeros toques de una ciudad moderna. El mismo presidente Mariano Ospina Pérez fue quien autorizó las construcciones, y se nombró como director del proyecto al arquitecto Manuel de Bengoechea. Con el fin de impresionar a los invitados se realizaron múltiples intervenciones, como la finalización de la Avenida de las Américas, la construcción del paseo Bolívar, el Museo Nacional, el edificio de la Caja de Ahorros y el Hotel Continental, y la remodelación del Palacio de San Carlos, el Teatro Colón y la Quinta de Bolívar.
CIUDAD EN RUINAS
Según lo cita Carlos Niño Murcia en El saqueo de una ilusión, en la masacre del 9 de abril se destruyeron 130 predios. Las destrucciones se concentraron en tres grandes sectores de la ciudad: a lo largo de la Calle Real, en la plaza de San Victorino y entre las carreras cuarta y octava, con calles novena y trece.
Abrasados por las llamas quedaron el Palacio de Justicia, la Nunciatura, el Palacio Arzobispal, la Gobernación de Cundinamarca, elegantes hoteles como el Regina, el Ministerio de Gobierno, la Plaza Central de Mercado, las instalaciones del periódico El Siglo y la estación de los ferrocarriles, entre otros.
Ese día los capitalinos, descontrolados por la influencia del alcohol, arremetieron contra las instituciones religiosas, gubernamentales y todo aquello que representara la presencia conservadora, aniquilando los vestigios de la ciudad antigua.
La destrucción se convirtió en el motor clave para darle inicio al desarrollo de una ciudad más moderna, limpia y ordenada. Había que construir sobre lo inexistente y esta fue la oportunidad perfecta para darle un vuelco a la arquitectura de la ciudad y situarla en la era moderna.
Aunque las nuevas tendencias arquitectónicas ya habían comenzado a ganar campo entre las calles capitalinas antes del 9 de abril, fue realmente después de este hecho histórico que la ciudad comenzó plenamente su camino hacia el cambio. Muchos arquitectos de la época aseguran que posiblemente se destruyeron más inmuebles durante la reconstrucción que en la manifestación misma. Lo cierto es que después de El Bogotazo se dio la génesis de la ciudad que tenemos hoy en día.
Meses después de los hechos, un banco gringo le prestó a la ciudad 10 millones de dólares en materiales para reconstruir las ruinas. Se reformó la Gobernación de Cundinamarca, conservando sus diseños originales, el Capitolio y otros inmuebles del centro de la ciudad. Sin embargo, edificaciones como el hotel Regina fueron reemplazadas por nuevos edificios, y para la década del 50 se concluyó la construcción del hotel Tequendama, se inició la construcción del estadio El Campín, el Hipódromo de Techo y la glorieta de la carrera décima con calle 26. En pocos años, la ciudad comenzó a expandirse y su cartografía quedó trazada con extensas autopistas, calles y carreras.
Desde ese entonces Bogotá ha seguido desarrollándose y expandiéndose de forma descomunal. El 9 de abril es recordado por los amantes de la arquitectura de principios de siglo XX como uno de los peores genocidios de la historia. Para otros, fue el comienzo de una nueva era urbana que desde hacía décadas la ciudad estaba pidiendo con ansias.