"¡Mami, por favor, no quiero, no quiero!", gritaba entre lloriqueos Manuela Velandia, mientras la monitora de la ruta número cinco del colegio Nuevo Renacer* intentaba despegarla de las piernas de su madre. Eran las cinco y cuarenta y seis minutos de la mañana y los apurados conductores que transitaban por la Autopista Norte solamente contaban con 14 minutos más, antes de que comenzara el pico y placa.
Desde la cabina Luis Quimbayo, el conductor, sorteaba pacientemente los insultos de los demás conductores, atendía las llamadas de los padres de familia, le informaba la situación al colegio e intentaba mantener el orden dentro del vehículo. Después de casi diez minutos, la pequeña accedió a subir al bus. Quimbayo pidió vía para reiniciar la marcha, pero en medio del caos de aquella mañana ninguno de los vehículos particulares le permitió pasar. Solamente otro bus de transporte escolar le dio espacio.
Según el artículo 84 de la Ley 769 de 2002, que se refiere a las normas para el transporte de estudiantes, "los demás vehículos que circulen por las vías de uso público detendrán su marcha para facilitar el paso del vehículo de transporte escolar o para permitir el ascenso o descenso del estudiante". En Bogotá, a diferencia de otras ciudades del mundo, esta norma no es respetada. Si bien muchas veces la imprudencia de los conductores de transporte escolar es la causa de los accidentes, la falta de tolerancia de los ciudadanos también es una de las razones. La deficiencia en la infraestructura vial de la ciudad ha hecho que la movilidad en las calles bogotanas se convierta en una lucha entre vehículos particulares, buses, taxis y buses escolares. Según Quimbayo, lo más estresante de trabajar como conductor escolar "es que así uno esté por su carril, los taxistas y los buses se le lanzan a uno".
"En Bogotá nadie respeta los buses escolares, la gente no piensa en que ahí puede ir hasta su propio hijo. A principios del año pasado, por ejemplo, en la calle 200 con séptima un bus urbano invadió el carril por donde iba un bus escolar y mató a un niño. Y qué decir del caso de los 21 alumnos del Agustiniano en el año 2004", dice Lupoaín Sánchez, presidente ejecutivo de Colombiana de Transporte Terrestre Automotor Especial, Acoltés. Debido a que los colegios de Bogotá inician y finalizan sus jornadas escolares a horas similares, los tramos del día entre las seis y media y las ocho de la mañana, y dos y cuatro de la tarde, se han convertido en la nueva hora "pico escolar de la ciudad". Durante estos períodos, tanto en las mañanas como en la tardes, se transportan un promedio de dos millones de estudiantes en 12.700 vehículos. Según Acoltés, en la ciudad existen 423 empresas de transporte escolar.
De víctimas a villanos
Pese a que en los últimos años han ido disminuyendo los índices de accidentalidad del transporte escolar, este sigue siendo uno de los problemas centrales de este gremio. Según la Policía Metropolitana, en 2006 se presentaron 57 accidentes de tránsito, en 2007 fueron 47 y en 2008 ya se han presentado 14. Según la Secretaría de Movilidad, las causas de los accidentes son no mantener la distancia, desobedecer las señales de tránsito, dar reversa de manera imprudente y diferentes condiciones técnico-mecánicas.
Como forma de amortiguar estos incidentes, tanto la policía de tránsito como el Fondo de Prevención Vial han venido realizando operativos para garantizar la seguridad de los niños. De 273 automotores revisados por el Fondo de Prevención Vial, 262 fueron sancionados por no cumplir con las leyes de tránsito para el transporte especial y los 72 restantes fueron inmovilizados. Por su parte, este año la policía de tránsito ha impuesto 397 comparendos, ha inmovilizado 130 vehículos y ha realizado 74 operativos de control. No tener el certificado de la revisión técnico-mecánica es una de las principales faltas de los conductores. Le siguen no portar la tarjeta de operación, el sobrecupo, dejar o recoger pasajeros en sitios no autorizados, prestar el servicio sin el extracto de contrato y no llevar sistema de comunicación bidireccional. Un bus de transporte escolar, además, debe tener como mínimo los tres seguros reglamentarios: el SOAT, el seguro contractual y el extractual.
Pese a las normas y al caos del tránsito, el mayor problema del transporte escolar son los informales, una constante tanto en los colegios públicos como en los privados. Para ahorrarse un dinero, muchas veces los padres de familia contratan el transporte de sus hijos con buses que no están afiliados a una empresa y que además no tienen permiso para funcionar como tales. En otros casos, esos mismos padres de familia son quienes realizan las rutas escolares. También se han denunciado casos en los que vehículos de carga transportan niños, y en otros sectores de la ciudad los taxistas, aprovechando las necesidades de movilización, cobran tarifas mensuales por hacer rutas escolares.
Todo esto ha desatado una "guerra sucia" entre conductores formales e informales. Quienes están afiliados a una empresa y conducen un bus reciben un salario mínimo, mientras los informales pueden ganarse hasta el doble.
Según un estudio de costos realizado por Acoltés, un propietario de microbús recibe una ganancia neta de $1’400.000 y está dejando de recibir $1’800.000 debido a la larga cadena de intermediarios. Por eso, en promedio, un propietario de microbús recibe tan solo el 40% de lo que paga el padre de familia. "Muchas veces los colegios no contratan a la mejor empresa, sino a la que cobre menos, para poder cobrar más y así quedarse con una mejor tajada", asegura el señor Sánchez.
Nueva reglamentación
En el año 2005, el Ministerio de Transporte estableció medidas especiales para la prevención de la accidentalidad de los vehículos de transporte escolar. En la resolución 1122 quedó consignado que las empresas de transporte escolar "deberán dotar a sus equipos autorizados de una serie de elementos dentro de los mismos, que permitan el control de la velocidad por parte de los usuarios y de la misma empresa de transporte".
Con esto se estableció que los automotores deberían tener, como mínimo, un dispositivo sonoro que se active cuando se sobrepase el límite máximo de velocidad autorizado, una pantalla digital que registre la velocidad a la que transita el vehículo, un sistema de almacenamiento de información que guarde la placa, un sistema de chequeo y una calcomanía de información a los usuarios.
Cuando fue implantada la norma, los transportadores salieron a las calles a protestar. Hoy en día todavía piensan que las exigencias tanto del Ministerio de Transporte como de la Secretaría de Movilidad a veces son demasiadas y "absurdas". El dispositivo sonoro requerido, por ejemplo, debe tener las siguientes características: "emitirá una señal acústica no menor a 75 (setenta y cinco) ni mayor a 90 (noventa) decibeles (db), medida a 10 centímetros de éste y frecuencia comprendida entre 1.500 (mil quinientos) y 4.000 (cuatro mil) hertz".
Aunque la mayoría de transportadores escolares son felices con su trabajo, aseguran que a veces se vuelve algo estresante. Sin embargo, muchos no se imaginan haciendo otra cosa que transportando niños. A medida que pasa el tiempo, los conductores de bus escolar se han convertido en personajes fundamentales para la urbe. Por un lado son víctimas de la intolerancia ciudadana, pero a la vez, debido a la falta de capacitación e imprudencia, han ido tornándose en villanos para la seguridad vial.