El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

In Memoriam

Esta semana se cumplen 20 años de aquel sábado en que un accidente absurdo nos quitó a mis hermanas Carolina, Marcela y María José, y a mí, la posibilidad de seguir contando con nuestro hermano: Gregorio Rentería Rodríguez. Desde entonces, nada en la vida de nuestros padres, abuelitas, tíos, primos y en las nuestras volvió a ser lo que era antes del 20 de agosto de 1988.

22 de agosto de 2008 - 07:11 p. m.
PUBLICIDAD

Muy seguramente les pasó lo mismo a sus amigos cercanos del colegio con los que compartió 12 años de su vida, su novia de entonces del colegio y sus amigos del equipo de natación y de fútbol del club con los que él vivió su infancia.

Perder un hermano es una situación extraña. Muchas veces uno se pregunta qué sería de la vida si un hermano no hubiera fallecido y la respuesta es que muchas cosas serían diferentes. Quienes hemos perdido a un hermano antes de tiempo sabemos que a partir de ese momento todas las alegrías son incompletas ya que siempre va a estar la sensación de que no están todos los que son para celebrar juntos esas satisfacciones. Es una especie de cicatriz que se lleva en el alma y que, aunque no causa dolor, siempre está presente y cambia la óptica de la vida.

Quienes hemos visto partir a un hermano antes de tiempo sabemos lo que es ver el dolor inmenso de nuestros padres y lo que es la impotencia de un hijo que no puede hacer nada para que su padre y su madre vuelvan a tener una sonrisa amplia, como la tenían antes. Sin embargo, el amor de los padres por sus hijos es tan grande que aunque parte del corazón se va con quien fallece, los hermanos que le sobreviven nunca sienten esto porque a partir de ese momento empiezan a recibir de manera desbordada la atención, cuidado y cariño de sus padres. Esta ausencia, de alguna manera, fortalece a las familias. Todos comienzan a cuidarse mutuamente para así evitar que la tragedia vuelva a acercarse, para evitar que los padres vuelvan a pasar por este dolor profundo, para evitar que los hermanos vuelvan a sentir este vacío. Ningún abuelo y abuela debería nunca enterrar un nieto.

Cuando se presenta el sin sentido de la muerte de un joven, siempre vienen muchas preguntas que no quedan resueltas. En nuestro caso, entendimos que no había respuestas para la temprana partida de una persona noble, buena, comprometida con quienes le rodeaban y que sólo dejó amigos en la vida. Quizá lo más cercano a una respuesta se encuentra en la canción de Billy Joel Only the Good Die Young (Sólo los buenos mueren jóvenes).

En el caso de nuestra familia, desde 1988 hemos tenido la suerte de sumar muchas más satisfacciones que desilusiones, hemos tenido muchos motivos de alegría y hemos derramado una que otra lágrima. Lástima, eso sí, que no hayamos estado todos para celebrar juntos cuando había motivos para hacerlo y para apoyarnos cuando se necesitaba esa ayuda del ser más cercano. Como decía antes, los motivos de alegría pudieron haber sido muchos, pero durante 20 años la alegría nunca fue completa. Siempre faltó una persona más con quien compartirla.

Por eso, cuando esta semana recordamos todos en nuestra familia al hermano, al hijo, al nieto o al tío que los sobrinos nunca conocieron, pero del que tanto han oído hablar, cuando miramos lo que ha sido de nuestras vidas desde agosto de 1988, no nos queda más que agradecer la vida, así fuera corta, de Gregorio. Tristemente somos bastantes los que hemos pasado por esta situación y por eso pedimos que sean cada vez menos los padres y las madres de nuestro país que tienen que llorar la partida temprana de un hijo, los abuelos que tienen que enterrar a un nieto y los hermanos que tienen que vivir su vida con el recuerdo diario de quien debería acompañarnos físicamente en estos momentos, pero a quien sólo llevamos en el corazón.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias