“¡Qué tal!, plena plaza de mercado en el portal del norte”, comentaba a su compañero de viaje un campesino que acababa de bajarse, en medio de la autopista, de una flota con el aviso Tunja-Bogotá. Aquel hombre, que aparentaba alrededor de cuarenta años, corpulento, con manos enérgicas, bigote desordenado y una camisa de cuadros desajustada, jamás imaginó que la travesía por el andén del costado occidental de la autopista norte, plena Bogotá, capital de Colombia, hasta llegar a la caja registradora del portal, sería un camino lleno de obstáculos. Mientras el vehículo que se encontraba atrás de la flota insultaba a su conductor por la inadecuada maniobra que sólo unos minutos atrás había hecho con tal de dejar a su pasajero, este hombre terminaba de sacar dos cajas del maletero del bus. Una vez listo, cogió su equipaje y se aventuró a dirigirse al puente peatonal.
En sus oídos retumbaba el ensordecedor sonido de la avenida, junto con las voces de los vendedores ambulantes que a todo pulmón lo asediaban con sus productos. “Chicha de borojó para la sed”, “deliciosa pizza hawaina” gritaba uno. “Se le tiene el kit escolar: lápiz, borrador y esfero por sólo mil pesos”, anunciaba aquel que acababa de llegar mientras organizaba su mercancía en los escalones del puente. A medida que avanzaba, una amplia oferta de productos aparecía ante él. Helados, afiches, libros y CDs piratas, cachuchas, cinturones, frutas, flores, golosinas, marionetas, algodones de azúcar, minutos a celular, bebidas aromáticas, juguetes, zapatos y hasta relojes componían el abrumador panorama.
Junto con esta caótica feria instalada en medio del espacio público, el olor a orina tornaba a volverse cada vez más fuerte. Los vendedores, acomodados sobre el piso del andén, con toda su mercancía expuesta sobre sábanas, en ocasiones le dificultaban al visitante el tránsito por el lugar. Una vez pudo llegar al puente, sintió el leve retumbar de la plataforma, que debido a la cantidad de apurados transeúntes mantenía un movimiento ondulatorio constante. Comenzó a caminar y solo por curiosidad se asomó para ver las estructuras que sostenían aquella obra. Sin embargo, de lo único que consiguió ser testigo fue de cómo dos hombres usaban dichas estructuras como retretes. Más adelante era una mujer quien utilizaba el andén como baño, pese a que justo enfrente de ella se encontraba una casa de familia que ofrecía el servicio de sanitarios por sólo $500.
Mientras caminaba hacia las taquillas del Portal, se tropezó en varias ocasiones con gallinas amarradas, un par de perros callejeros sin dueño ni collar, costales repletos de papas, acomodados contra las nauseabundas paredes que parecían transferirles su olor. Una señora gritó que le habían rapado su celular. Un joven le recordó a su novia que por donde iban caminando, 15 días atrás, dos maleantes habían asesinado a un obrero porque orinó contra la pared, como tantos otros, pues no encontró un lugar mejor para hacerlo.
Todo este barullo reiterado empezó en el año 2004, cuando este punto de la ciudad fue destinado como paradero provisional, luego de un fuerte paro realizado por las empresas de transporte municipal. En ese entonces, los conductores se tomaron la autopista norte y entre sus condiciones para la concertación les exigieron a las autoridades que les permitieran recoger y dejar pasajeros por toda la ciudad. Como era de esperarse, tanto el Alcalde como el Ministro de Transporte se opusieron a la idea y para llegar a un acuerdo acordaron un carril del costado oriental de la autopista como paradero provisional.
“La idea en la 170 era que las empresas se autorregularan. Que solamente recogieran a los pasajeros y siguieran su camino, pero actualmente las flotas se quedan estacionadas hasta que se les llena el cupo”, explicó David Mayorca, gerente de operaciones de la Terminal de Transportes.
Con el pasar del tiempo la situación se volvió incontrolable. En este momento prácticamente funciona una terminal, con todo lo que esto implica, pero en el espacio de un andén. Según cifras de la Terminal de Transporte de Bogotá, diariamente están llegando hasta este parador provisional aproximadamente 1.133 buses y se ha podido identificar que es el sector de la ciudad por donde más vehículos y pasajeros salen.
Todo este movimiento, sumado a los usuarios del sistema de Transmilenio, ha traído consigo a los vendedores ambulantes, para quienes este sector resulta muy rentable. Para ellos, el desorden es ganancia. Que las flotas dejen a sus pasajeros en la mitad de la calle, que los ladrones se roben las tapas de las alcantarillas, que los vehículos se estrellen y que los trancones se agudicen genera gente, mucha gente, y negocio, dinero.
Según lo ha podido establecer el Instituto para la Economía Social (IPES), al lado oriental de la autopista norte diariamente llega un aproximado de 60 vendedores informales, aunque algunos días se han llegado a contabilizar hasta 100, y en la parte occidental la cifra es de 19.
La última vez que la Policía hizo un operativo por este sector fue el 28 de diciembre pasado. Los agentes llegaron muy temprano en la mañana junto a los alcaldes locales, la Defensoría del Espacio Público, la Secretaría de Movilidad y la Personería local. Cuando los vendedores se percataron de su presencia, comenzaron a cuchichear. Temían a la autoridad, porque sabían que estaban ocupando una zona prohibida. De todas formas, el negocio es el negocio. Llevados por el poder del dinero, se enfrentaron a las autoridades como pudieron.
Instantes más tarde, cuando dejaron de protestar, los alcaldes locales se les acercaron y con los demás funcionarios les explicaron el porqué de la importancia de organizarse en otro lugar en donde no obstaculizaran el tránsito. Ese día, como en otras ocasiones, se firmaron acuerdos, algunos vendedores perdieron su mercancía y quienes reaccionaron con actitudes violentas fueron llevados por la patrulla.
Los vendedores de alimentos fueron sancionados por comercializar este tipo de productos. Se les retiraron las pipetas de gas, las hornillas y las cocinetas, pues representaban un peligro latente para los transeúntes.
Estas mismas escenas se repitieron el año pasado en diferentes ocasiones. En el mes de diciembre se realizaron cuatro operativos para recuperar el espacio público; en noviembre otras cuatro; en octubre cinco, en agosto tres y en junio cuatro.
Frente a este caos urbano, la directora del IPES, Inés Elvira Beltrán, aseguró la semana pasada que el control de la situación es responsabilidad de los alcaldes locales. “Mientras estos vendedores sigan situados en una zona especial, no podemos darles alternativas de reubicación”. A su parecer, en el momento en que se construya la terminal de transporte del norte las flotas dejarán de parar en este punto, y por lo tanto, irán desapareciendo los clientes. “Las ventas informales son un problema de mercado, un negocio de oportunidad que se va expandiendo en la medida en que encuentra compradores”. Y el caos, aunque parezca contradictorio, ayuda a que haya clientes regados por ahí.