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La buena samaritana

Desde el  11 de julio de 1935 este centro médico, que en 2001 fue declarado patrimonio cultural de Bogotá, se ha dedicado a atender a los enfermos más pobres.

24 de octubre de 2008 - 06:00 p. m.
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Cuando al médico Jorge Enrique Cavelier Jiménez le ofrecieron la tarea de ponerse al mando de la construcción del Instituto de Higiene Social, en 1933, no lo dudó ni un segundo. Su padre, un francés famoso en la capital por ser uno de los hombres a quienes les habían asignado la construcción del canal de Panamá, lo había mandado a su natal país para que comenzara sus estudios de farmacia. Al volver había encontrado una ciudad inundada de habitantes y con graves problemas de salud pública. Las enfermedades venéreas eran una realidad, y hasta el momento ni las autoridades distritales ni las departamentales habían encontrado una solución.

En la tarde del 11 de julio de 1935 Cavelier y sus ayudantes le dieron a conocer al entonces gobernador de Cundinamarca la primera parte del lugar en donde por primera vez en la capital se  atenderían a las prostitutas contagiadas con enfermedades de transmisión sexual. El Instituto quedaba entre la calle 1ª y la carrera octava, en el barrio obrero de Las Cruces, sur de la ciudad, en un lote que había sido comprado a los señores Miguel y Teodiceldo Macías por el Departamento de Cundinamarca.

El doctor Cavelier había estado al mando de los diseños y la construcción, todo con el fin de que las instalaciones del lugar estuvieran de acuerdo con los proyectos médicos con los que soñaba. El hospital fue fundado oficialmente por la Ordenanza 24 el 17 de mayo de 1933, el mismo año en que el arquitecto Carlos J. Lazcano y el ingeniero Francisco Cano comenzaron las obras.

El proyecto del Instituto de Higiene Social se había convertido en la obsesión de este farmaceuta francés. En 1934, un año antes de que se inaugurara el Instituto, que sería renombrado por Cavelier como la Samaritana, el médico comenzó a trabajar en las dependencias del consultorio externo, donde realizó un extenso estudio sobre los tratamientos contra la sífilis, blenorragia y el chancro.

“Cavelier era una persona muy creyente, fue él quien bautizó el hospital como la Samaritana en recuerdo del pasaje bíblico en el que Jesús quiso acabar con las tradiciones que prohibían saludar y conversar públicamente con las prostitutas. Para el profesor aquella parábola representaba las funciones que el hospital cumpliría en la capital desde ese momento”, dice Germán Augusto Guerrero Gómez, gerente del hospital.

En el año 1940 comenzaron los problemas económicos para el hospital. Se redujo el presupuesto y como consecuencia, el entonces director, Cavelier, no tuvo más opción que suspender los tratamientos antisifílicos por falta de medicamentos. “El número de enfermos hospitalizados aumentó a 1.180 sin que se hubiese incrementado el número de camas disponibles (80), es decir, se atendieron 15,64 pacientes por cama”, narra el Dr. Alfredo Pinzón Junca, en su libro Hospital Universitario de la Samaritana, 75 años de historia médica colombiana.

Una era de protestas

En 1955 el Instituto de Higiene Social comenzó a atender a todo tipo de pacientes y fue declarado como hospital universitario. En ese mismo año comienza una  fuerte crisis administrativa y financiera, que lleva a una serie de protestas, en su mayoría protagonizadas por el personal del hospital.

Una de las más recordadas es la del 25 de abril de 1962, cuando los 160 empleados cerraron las puertas del instituto, restringiendo la entrada a cientos de pacientes y visitantes, debido a que no les habían pagado sus salarios. Durante dos días las enfermeras y médicos se negaron a abrir el centro.

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En la década del 60 la crisis acabó con el pabellón de caridad y se cerró el hospital durante días enteros debido a la falta de medicamentos y elementos quirúrgicos. Por  esa época era común ver en los pasillos y salas de espera a cientos de enfermos que eran  atendidos sobre colchones. El 17 de febrero de 1972 un grupo de médicos del centro visitó al gobernador de Cundinamarca, Diego Uribe Vargas, para explicarle los problemas que enfrentaba la institución.

Sin embargo, en el 74 siguieron las protestas, los cierres y los enfermos, que no dejaban de llegar hasta el barrio Las Cruces en busca de la misericordia de los doctores de la Samaritana. Hacia la década del 80 el hospital retomó su fuerza.

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Con la ley 100 del 93 se comenzaron a realizar cambios en la gerencia administrativa y el hospital se transformó en una Empresa Social del Estado. Después de las luchas, los cierres, las protestas, la falta de recursos y las miles de historias de los bogotanos que han sido atendidos en el hospital del farmaceuta francés, la Samaritana sigue viva como una de las muestras del patrimonio cultural de la Bogotá de principio de siglo XX.

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