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La caravana de la muerte

La primera vez que el “contacto” me citó para contarme que a los gatos y a los perros de la calle los electrocutaban fue en una cafetería del centro.

17 de mayo de 2008 - 05:09 p. m.
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Era oscura, lóbrega, difícil, como todos los lugares que eligen los mandos medios para conspirar, con las tazas desportilladas y el tinto regado por todas partes. Entonces me dijo que al día siguiente, o a más tardar en una semana, los camiones de la recolección de animales sin dueño saldrían sobre las cuatro de la mañana y se encontrarían en la puerta de una cafetería de Teusaquillo. Que los reconocería con gran facilidad.

“Son blancos, grandes, con una jaula en la parte de atrás”, susurró. Miraba hacia los lados de una forma que él debió creer imperceptible. Con los minutos terminó por contagiarme de su paranoia, pues desde aquella cita, y hasta la madrugada del día siguiente, cuando vi que llegaban las jaulas andantes, no dejé de sospechar de cuanta sombra o ruido surgiera por ahí. El recorrido se inició pocos minutos después de las cuatro y media de la mañana, un martes. Todo era normal al principio. Los camiones se tragaban la ciudad, lentos y pesados, con los cazacallejeros atentos a cualquier movimiento.

Yo los seguía en un viejo taxi, medio dormido. De repente, el taxi frenó en seco. De los camiones saltaron cuatro hombres armados de redes que se le abalanzaron a un perro acorralado contra el fondo de un callejón de Los Laches. En un segundo dos redes le cayeron encima.

En otro segundo, un niño salió corriendo de un  portón verde. “Rufo, Rufo”, gritó, cuando vio a su perro volar, dar vueltas y caer en la jaula de los camiones. “Pero señor, es mi perro, Rufo, Rufo… Señor, déjelo salir”. Los ruegos del niño se perdieron  entre el escándalo de los camiones, que continuaron su camino cuesta arriba, llenándose de perros y de gatos por los que sus captores recibirían al final de la jornada 10 mil pesos por cabeza.

A las tres de la tarde el cargamento de callejeros, con o sin collares, fue depositado en un lugar de Engativá llamado Zoonosis. Diez años atrás los hubieran  encerrado,  “pa echarte encima el agua fría, y un chin de electricidad”, como decía Rubén Blades. Hoy los inyectan y cada vez son más porque el pánico se regó por la ciudad y la gente los bota donde sea. No hay vacunas contra la rabia, dicen. No hay dónde tenerlos, dicen. Y van siendo asesinados, ellos, que supieron ser la ternura que nos hace falta cada día más.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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