En la casa ubicada al pie del salto del Tequendama no hay fantasmas. Todo ha sido parte de los mitos creados con el paso de los años y, especialmente, durante el tiempo en que la construcción estuvo en el olvido. Lo que sí hay es la hermosa postal de una cascada imponente que, a pesar de los putrefactos olores que se desprenden del río contaminado con las aguas negras de Bogotá, sigue atrayendo turistas, que llegan para tomarse fotos y conocer la única construcción que hay en el lugar. A simple vista, dirán algunos, no hay mucho más que las curvas de la carretera y las montañas, que con piedras al descubierto amenazan con irse a pique, pero ¿qué más se le puede pedir a un antiguo paraíso turístico y ambiental en medio de la cordillera?
En sus mejores años, el salto del Tequendama era más que un mítico lugar, donde Bochica, dios de los muiscas, puso sus manos para drenar el agua que inundaba la región. El lugar era una atracción, por lo que llegó a ser una estación de los ferrocarriles y un punto recurrente para los suicidas, que decidían lanzarse desde lo alto, no sin antes dejar una nota. O así lo hizo creer José Joaquín Jiménez, periodista que a principios del siglo XX se hizo reconocido por sus crónicas sobre la gente que llegaba al lugar para quitarse la vida y que tiempo después fue acusado de meter en los bolsillos de los muertos poemas que él firmaba con el seudónimo de Rodrigo Arce.
Paralelamente a esta historia se construyó la casa. Una ostentosa edificación de cinco pisos (dos sótanos y tres plantas superiores), que fue en un comienzo un hotel veraniego para la clase alta bogotana. La vista envidiable y un río en aquel entonces cristalino hacían del lugar un espacio concurrido, por ser casi un paraíso. Debido a esto, el hotel se abrió al público general. El lugar se convirtió en restaurante y un típico lugar de parada para quienes salían de la capital. No obstante, debido a la contaminación de las aguas del río, su deterioro y la falta de conservación, pronto cerró sus puertas y el edificio se convirtió en la casa de los muertos del salto.
Esto lo llevó al olvidó y, más allá de los puestos de comida que se fueron ubicando alrededor, la casa perdió su relevancia. Sus principales visitantes eran inescrupulosos en busca de los espíritus de los suicidas, así como los productores de un canal que recientemente le pagaron al celador para que dijera que efectivamente allí asustaban.
“La razón por la cual compramos la casa fue porque trabajábamos en un proyecto agropecuario en el bosque nublado de la montaña de al lado, en la que encontramos osos perezosos, ardillas y búhos, entre otros animales. Eso nos motivó a recuperar el lugar”, dice María Victoria Blanco, directora de la fundación Granja El Provenir, que hoy se encarga de la casa del salto.
El trabajo no ha sido fácil. Si bien en 2012 se logró abrir la casa como museo, tras el reforzamiento estructural y un largo trabajo para sacar la humedad del lugar, aún quedan cosas por hacer. Por ejemplo, la recuperación de los ornamentos y la fachada, trabajos que sólo puede hacer un artista experto. Por otro lado, una de las grandes dificultades ha sido la desmitificación del lugar, pues aún hay personas que llegan con la única intención de hacerle daño a la casa. “Muchos llegan a romper los vidrios alegando que en la casa hay fantasmas y está endemoniada”, manifiesta Blanco.
Pero no es así. De acuerdo con Blanco, lo único que hay en la casa son historias por contar, como la de la piedra en la que los ingenieros que adelantaron la construcción tallaron sus nombres, el altillo en el que se reconstruyó la suite presidencial que existió cuando funcionaba el hotel y el bosque nublado, donde se ha adelantado una importante recuperación ecológica.
Además de readecuar la casa se ha buscado rescatar su legado. Por un lado, hace un par de años la fundación publicó un libro con la historia del salto durante el siglo XX. Dentro de la casa se destaca la importancia de su conservación y, en alianza con la Universidad Nacional y la Agencia Francesa para el Desarrollo (AFP), se han llevado exposiciones itinerantes de trabajos relacionados con el tema ambiental.
Ahora el objetivo es publicar otro libro en el que se cuente la otra historia, no sólo la de la casa como patrimonio cultural y obra maestra de la ingeniería colombiana, como la denomina el arquitecto Luis Guillermo Aycardi, sino su valor en medio del proceso de recuperación del río Bogotá. Como señala Maurice Bernard, director de la AFP, “la recuperación de esta casa es simbólica, pero a veces desde allí se termina sensibilizando a las personas sobre la grave situación de las aguas no tratadas sobre el afluente y la deuda con el medio ambiente”.