David Spencer, conferencista invitado a Foros El Espectador, es doctor en Ciencias Políticas de la Universidad George Washington, en donde se especializó en Política Latinoamericana. Es un experto en el estudio de la insurgencia en el continente y ha sido colaborador del Comando Sur del ejército norteamericano en proyectos que tienen que ver con esta materia.
En esta entrevista, Spencer, quien ha estudiado de cerca el fenómeno de la violencia en Colombia durante los últimos 14 años, asegura que uno de los retos más ingentes en materia de seguridad ciudadana es el combate de la corrupción en el interior de las autoridades locales.
¿Cuáles son los retos de la seguridad para ciudades como Bogotá?
Uno de los problemas de ciudades como Bogotá es la cantidad de migraciones desde el campo hacia la ciudad y la capacidad de darles soluciones a esas migraciones en temas como vivienda, trabajo e infraestructura. Todas esas cosas inciden en la creación de las condiciones que permiten la violencia y, por ende, la inseguridad. Otro tema de la seguridad en las ciudades es la corrupción. Cuando uno tiene un gobierno transparente la gente está dispuesta a seguirlo, pero cuando hay gobiernos corruptos qué incentivo tiene de acatar la ley si los gobernantes no lo están haciendo.
¿Y en el mundo?
Creo que es un poco lo mismo. En el caso del terrorismo islámico, las razones por las que la gente le cree al radical es porque miran y las cosas no están bien: no hay prosperidad, las instituciones son corruptas. Entonces, aparece un ideólogo que dice que la solución es una religión extremista. Cuando hay seguridad social y bienestar familiar, cultural, esas cosas no penetran.
Aparte del aumento del pie de fuerza, ¿cómo más combatir la inseguridad?
Creo que hay una cosa que se entiende mal y es que la seguridad no solamente es un asunto de la Fuerza Pública, sino que también es una función de la ciudadanía: es la integración de la sociedad hacia un único fin. La Fuerza Pública es la parte evidente del problema de la seguridad, pero también entra ahí la participación del ciudadano, un consenso político, la sensación de que uno puede resolver sus problemas a través de discusiones y de manifestaciones pacíficas, que si hay pobreza ésta se puede resolver mejor a través de las instituciones y no mediante un arma.
¿Cuál es su lectura del conflicto colombiano hoy en día?
Ha habido avances muy importantes. Creo que se ha llegado a un punto de irreversibilidad. Sin embargo, veo, por la situación de violencia que se vive hoy en día en ciudades como Medellín, el auge de las bandas criminales, que todavía no se han resuelto unos problemas estructurales en el país y que son la causa de la violencia. En palabras de un amigo, se ha logrado el 80% de la solución, pero aún falta un 20% que puede ser el más difícil, porque el país ha entrado a mirar y resolver temas de fondo, como las estructuras económicas y culturales. Hay un mito en Estados Unidos de que el Plan Colombia salvó a Colombia. No estoy de acuerdo con eso. Esas políticas son un refuerzo que ha permitido que los logros sean mayores y en un menor tiempo.
¿Cuáles son los mayores desafíos en ese 20% que aún resta por cumplir?
Todavía en ciertas zonas rurales no hay presencia suficiente del Gobierno. Una persona me dijo que el Gobierno en estas zonas se siente como una fuerza expedicionaria, que está ahí, pero no es autosostenible y está rodeado de un ambiente hostil. Buscar cómo sostener ese Gobierno expedicionario es la parte más importante y esto tiene que ver con temas sociales y económicos. En ese sentido, creo que el énfasis del presidente Santos en la prosperidad es bueno. El problema es que esa prosperidad no solamente tiene que ser en los estratos altos, que es algo que pasa, no sólo en Colombia, sino en toda Latinoamérica.
En Colombia estamos en una discusión acerca de la creación de una política nacional de seguridad ciudadana. ¿Qué opina de esto?
Creo que es un buen ejercicio, porque para una política nacional entonces hay recursos nacionales. Pero en cada lugar hay un problema diferente. La idea es que la política nacional sea suficientemente específica para poder destinar recursos importantes para que cada localidad pueda encontrar la mezcla exacta para solucionar su problema. Sólo la combinación de trabajo desde lo local y lo nacional hacen exitoso ese tipo de alianza.
¿Cree que el conflicto colombiano tiene una salida armada?
Creo que la salida armada sería reducir todo a un problema de orden policial, en donde las fuerzas armadas no tengan que estar involucradas permanentemente.
¿Por qué conflictos como el de El Salvador sí lograron finalizar y el colombiano no?
Hay algunos que dirían que el conflicto de El Salvador no se acabó. Se acabó políticamente: hubo un acuerdo de paz y una desmovilización, pero el problema social no se ha acabado y ahora están las maras y unos pronósticos de otro conflicto centroamericano, similar al de México, y que puede ser más difícil. Hubo un proceso de paz y un fin a un tipo de conflicto, pero los problemas de raíz nunca se resolvieron. No creo que esa sea una buena comparación, porque en El Salvador hubo algunos incidentes de narcotráfico, pero no tan importantes. El narcotráfico es, como dicen, la infección que no permite que las medicinas sean exitosas.
¿Cuál es su lectura del proceso de Justicia y Paz?
Obviamente no fue perfecto. Pero funcionó en el sentido de que la desmovilización de las autodefensas con fin político fue importante para develar a los criminales que no tienen bandera política y que ya no pueden esconderse detrás de ésta. Creo que el tema de Justicia y Paz es algo escabroso, controversial, pero es un proceso, es un medio y creo que el resultado final va a incidir mucho en una eventual desmovilización de la guerrilla, porque a los guerrilleros no se les puede ofrecer más de lo ofrecido a los llamados paramilitares.