El 9 de abril de 1948 cambió la historia de Colombia. Nadie lo podrá negar jamás. Como lo había dicho el propio Jorge Eliécer Gaitán días antes de que lo asesinaran en plena carrera Séptima con Jiménez, “si me matan, el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en regresar a su nivel normal”. Lo mataron de tres balazos por la espalda a la una y cinco minutos de aquella lluviosa tarde de viernes. Aún hoy, 60 años después de su muerte, las aguas no han regresado a su cauce normal.
La violencia que él mismo había denunciado continúa, con otros nombres quizás y otras ideologías, pero con la misma crueldad. Sobre las razones y los autores intelectuales de su muerte se han escrito páginas y páginas. Se han realizado extensas investigaciones y emotivos documentales. Sin embargo, la impunidad ha sido el hilo conductor de todas las pesquisas. Lo único que se supo de forma irrefutable fue que un hombre de 27 años, que respondía al nombre de Juan Rosa Sierra, fue quien disparó la Smith & Weson que cegó la vida del caudillo.
¿Lo mató por su propia cuenta y riesgo, pues era un ser extraviado, rosacrucista, imitador de Santander y lunático, como lo describió luego su concubina, María de Jesús Forero? ¿Actuó según órdenes de alguien? Jamás se pudo esclarecer la verdad. Días antes del crimen, Rosa le había dicho a su amante que en pocos días se solucionarían todos los problemas económicos por los que atravesaban. Una hora después de haberle disparado a Gaitán, y ante la pregunta de cuáles eran sus motivos, le dijo a uno de los dependientes de la droguería adonde lo llevaron: “Ay señor, son cosas poderosas que no le puedo decir”.
Pasadas las dos de la tarde murió Gaitán. La muchedumbre, encolerizada, ya había empezado a regar la noticia por la ciudad. Entonces aparecieron los vándalos, los criminales, los ladrones. En fin, la turba. Las noticias que emitía la radio eran contradictorias. Anunciaron que los cadáveres del presidente Mariano Ospina Pérez y del líder coservador Laureano Gómez estaban colgados de los postes de la luz de la Plaza de Bolívar, y que el Palacio presidencial ardía. Anunciaron el fin del fin, y de alguna manera lo fue, porque luego del 9 de abril ya nada volvería a ser como había sido.