Este año, por primera vez en su historia, el Jardín Botánico abrió sus puertas más allá de las 6:00 p.m., horario en que habitualmente los últimos visitantes deben emerger de la manigua de plantas y árboles para salir de nuevo a la ciudad. Desde el 16 de diciembre, y hasta el 23, el Jardín ofrecerá programación cultural nocturna para la delicia de todos los bogotanos, quienes ahora podrán disfrutar de este escenario incluso de noche, cuando todas las aves que habitan esta suerte de oasis, ubicado en El Salitre, descansan en las copas altas de los helechos y los abedules.
La Orquesta Filarmónica de Bogotá, reciente ganadora de un Premio Grammy, fue la encargada de inaugurar las actividades nocturnas del Jardín con un concierto el pasado martes, al cual asistieron 5.000 capitalinos que, ligeramente congelados, escucharon la interpretación de la Orquesta en pleno.
Esta también fue la primera vez que la Orquesta se presentó en el Jardín, algo que, según el director del mismo, Herman Martínez, “es algo que queremos institucionalizar. En Venecia, Italia, todos los años la Orquesta Filarmónica da un concierto en el Jardín Botánico de esta ciudad y es tal la calidad del espectáculo, que la gente viaja para ver la presentación. Nosotros, emulando este ejemplo, queremos hacer lo mismo con la Filarmónica de Bogotá”.
El miércoles 17 el turno fue para la Libélula Dorada, que presentó “Las aventuras de Papá Noel”. Al siguiente día se subieron al escenario los integrantes de la Academia Charlotte, quienes presentaron una adaptación de “Sueño de una noche de verano”, la obra clásica del dramaturgo inglés William Shakespeare. “El público bogotano puede venir por las noches y ver espectáculos de calidad a precios muy reducidos. La tarifa es de $2.000 para adultos y $1.000 para niños, mientras que en otros lugares donde se realizan las presentaciones ésta puede llegar a ser de $15.000 a $20.000”, explica Dubán Canal, jefe del equipo cultural del Jardín.
La noche del viernes se presentó la compañía Impacto Producciones, con “Aeroícaros”, un espectáculo de danza aérea que combina teatro y circo, en donde los artistas se suspenden a ocho metros del piso por medio de arneses y telas para realizar acrobacias que, por momentos, logran sacar gritos de admiración del público. El sábado quien tomó el escenario, instalado frente a la exhibición de rosas, fue Psoas Coreolab, compañía ganadora del Festival de Danza Contemporánea de este año, que presentó “Páginas de un diario nunca escrito”.
El resto de los días, hasta el 23 de diciembre, habrá repeticiones de las funciones de “Las aventuras de Papá Noel”, “Sueño de una noche de verano” y “Aeroícaros”, en ese orden.
“La idea de abrir el Jardín por las noches y ofrecer programación cultural navideña surge del propósito de posicionarlo como uno de los sitios de referencia de la ciudad. Este año tuvimos unos 330 mil visitantes. La meta del alcalde Samuel Moreno, y que nosotros compartimos, es que el próximo año superemos los 500 mil; para lograr esto, mediante actividades como el concierto de la Filarmónica, estamos dándole mayor visibilidad al Jardín. Este es un lugar para toda la ciudad, es como un museo vivo”, afirma Martínez.
La vista nocturna del Jardín es ciertamente extraña, interesante. En medio de la espesa noche emergen, como una aparición fantasmal, las copas de unas palmas tan altas como edificios, iluminadas por poderosos reflectores que le dan un aura de gótico a la escena, de gótico en el trópico. Más allá, una serie de luces bordean el lago, como una cerca hecha para que la oscuridad del agua no se desborde por doquier.
Al lado de estos árboles se paran los niños para que sus padres les saquen fotos, como si se tratara de alguna de las figuras de cera del famoso museo de Madame Tussaud. Después, alejadas de las palmas, están las rosas del Jardín, cuyos colores, que están hechos para la luz del sol, brillan tímidamente bajo los bombillos.
Los visitantes, cargados con chaquetas, gorros y otras prendas para combatir el frío inclemente, sonríen como si los dedos entumidos y el vaho que sale de las bocas no fueran nada, y caminan maravillados entre aquella selva plantada en el corazón de una ciudad ruidosa, desordenada y caótica como Bogotá. Al final de la noche, después del espectáculo, los grandes protagonistas son los árboles y las plantas, y la frase de Martínez resuena con fuerza: “Es como un museo vivo”.