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La pérdida de la inocencia

El fotógrafo Manuel H. Rodríguez registró las principales imágenes acerca de los funestos sucesos del 9 de abril de 1948. Estaba en el momento justo y en el lugar adecuado. Actuó por reacción, más allá del horror que sentía, sabiendo también que alguien debía transformar todo aquello en una memoria.

04 de abril de 2008 - 01:06 p. m.
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La noche del 9 de abril, Manuel H. llegó cansado a su casa del barrio La Concordia. Lo esperaba Julia, su esposa embarazada, pero él de inmediato se encerró a revelar las imágenes que había tomado en su recorrido de guerra amateur, recuerdos de sangre, ira y muerte que sus ojos no terminaban de asimilar.

En el regreso a casa observó las sombras que el fuego proyectaba sobre los pozos de agua que la lluvia había acumulado sobre el pavimento. Escuchó las suelas de sus zapatos triturar vidrios rotos, pedazos de láminas y escombros esparcidos sobre las vías. Giraba su cabeza hacia los lados temiendo un balazo y, de pronto, un hombre lo asaltó y le entregó un bulto de habichuelas. —Eso es suyo. Lléveselo —dijo, y desapareció como un fantasma bajo la llovizna tenue del atardecer.

Algunos hombres estaban dormidos en las calles, vestidos con costosos gabanes femeninos. Otros intercambiaban ropa, vajillas, telas, comida y porcelanas, en un improvisado mercado persa en medio de las ruinas humeantes de la ciudad. Julia, su eterno y único amor de adolescencia, con quien había contraído nupcias a los 20 años, lo había esperado ansiosa todo el día. Había seguido los acontecimientos por radio y tenía noticias imprecisas y sueltas sobre los hechos. Las radios clandestinas hablaban del linchamiento del presidente Ospina Pérez, de sus ministros y de Laureano Gómez en la Plaza de Bolívar. A pocas horas de los tres disparos que segaron la vida de Jorge Eliécer Gaitán, la versión popular de los acontecimientos daba cuenta de un simple atentado contra el político.

La fuerza de los rumores acerca del asesinato había alcanzado a penetrar los barrios del centro, como La Candelaria, Santa Bárbara, San Agustín, San Victorino, Las Angustias y San Diego. En el sur de la ciudad las pasiones políticas comenzaron a exacerbarse en San Cristóbal y Tunjuelo. Hacia los puntos extremos de la capital, como Fontibón, Usme, Chapinero, Usaquén, Suba, Engativá y Bosa, los acontecimientos se pudieron conocer sólo al atardecer.

Hacia las 3 de la tarde Julia recibió una llamada de su amiga Alicia Chávez, quien se desempeñaba como enfermera de la Clínica Central, una vieja edificación de dos plantas, localizada sobre la calle 12 Nº 4-44. Comenzó a organizar mentalmente las proporciones de lo ocurrido. El rostro de impotencia de la auxiliar de enfermería quedó grabado en las fotografías que se publicaron del líder muerto en el quirófano del centro hospitalario. En la imagen sobresale la cabeza vendada de Gaitán, envuelto en sábanas blancas, bajo la mirada vigilante de los médicos Pedro Eliseo Cruz, Hernando Guerrero Villota, Alfonso Bonilla Naar, Agustín Arango Sanín, Yesid Treber, Antonio Arias, Óscar Peláez, Forero Nougués y Noel Gutiérrez.

“¡Aquí está el cadáver, Julita!”, exclamó Alicia en voz baja, al otro lado de la línea, y agregó: “Por aquí vi a Manuel con la cámara. Dile que necesitamos la foto”. La relación de Julia con Alicia era cercana y entrañable. La madre de la segunda había criado a la primera y sabía de su matrimonio con Manuel H. Unos días después la enfermera pudo relatarle detalles precisos de la muerte de Gaitán. Le dijo que la noticia del fallecimiento del político liberal fue ocultada durante media hora al público, que esperaba con ansiedad en los pasillos y en las afueras de la Clínica Central. En un tono sombrío comentó que el reloj en la sala de operaciones marcó las dos en punto de la tarde cuando falleció el líder y que el equipo médico, conformado por diez especialistas, le brindó respiración artificial media hora más. La entristeció enterarse de que “el capitán de multitudes”, como bautizó el pueblo liberal a Gaitán, estuvo vivo cuarenta minutos en el quirófano.

Julia arqueó sus largas cejas y quedó boquiabierta cuando escuchó que el cadáver de Jorge Eliécer Gaitán había sido sacado a escondidas del centro hospitalario y llevado al día siguiente a su casa de la calle 42 con carrera 16. Alicia escudriñó los grandes ojos inocentes de su interlocutora y le confesó en voz baja que se había enterado de que doña Amparo Jaramillo de Gaitán, esposa del caudillo, la noche anterior había tenido una pesadilla terrible con su marido y se la había contado a Cecilia González, secretaria privada del jefe liberal. “Ésta siempre con sus boberías”, dijo Gaitán cuando se enteró, por boca de su asistente, del sueño premonitorio de su mujer.

Al llegar a la casa, Manuel H. se deshizo de la bolsa grande de habichuelas y le entregó a Julia una bella y delicada caja que había recogido del piso del piso cuando pasó frente a la Joyería Tauros, mientras huía a la casa por el cansancio, las sombras de la noche y el agotamiento de los rollos de fotografía. Ella esperaba encontrar un costoso juego de joyas y se sorprendió que en el interior de la cajita hubiera unas correas blancas de reloj hechas de plástico. El fotógrafo también quedó desconcertado y le dijo que había encontrado un sello de hierro para marcar los bueyes.

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“Nada de lo que te encontraste nos sirve”, comentó Julia resignada. Había aprendido a respetar el desprendimiento de su esposo, así como su timidez, que le hubiera encantado echar por la borda en las fiestas en que su enamorado se negaba a bailar con la excusa de que estaba de luto. Desde que lo vio por primera vez, Julia se enamoró de la indisciplina amorosa de Manuel H. en las citas de novios. El enamorado nunca pudo cumplir de forma estricta los horarios establecidos por el padre de la novia para los encuentros: entre las 5 de la tarde y las 8 de la noche. “Mi padre era puntual en eso. Se asomaba a la sala y decía: “La vela se está acabando”, mientras nosotros conversábamos en el sofá. Mi madre nos vigilaba por una ventanita pequeña y Manuel se hacía el loco para quedarse otro poquito”.

Julia vio el rostro de odio y muerte del 9 de abril la noche que reveló con Manuel H. los rollos de fotografía que registraban el motín. El contacto del papel con las emulsiones revelaba las piezas del rompecabezas que había escuchado de los locutores energúmenos y desafiantes por la radio. “Yo fui la primera y única persona que vio las fotografías del 9 de abril que había tomado Manuel. Esa misma noche le ayudé a revelarlas y copié varias muestras. Esperé varios minutos para que se secaran, para ver en detalle lo que había registrado. Me quedé perpleja con las escenas de horror”, confiesa.

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Al día siguiente Manuel H. salió de la casa hacia El Espectador con el interés de ofrecer las fotografías al periódico. Las imágenes del Palacio de la Gobernación y de tranvías ardiendo fueron publicadas el 12 de abril de 1948 en la tercera página del diario capitalino. Ilustraban la crónica de la tragedia escrita por el periodista Felipe González Toledo, titulada “El saqueo y la destrucción de Bogotá”.

Para Julia, de cierta manera, el 9 de abril marcó el final de sus días de inocencia. No reconoció a la ciudad en ruinas que vio en las imágenes de Manuel H. Rodríguez. Tampoco hoy, a sus 85 años, termina de explicarse el dolor que sintieron los cientos de hombres y mujeres que aparecían rígidos y tendidos en hileras en el Cementerio Central de Bogotá. Lo que vio esa vez en el precario laboratorio fotográfico de su casa la persiguió durante la vida como un ejemplo del infierno y el desamparo absoluto.

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Ahora, 60 años después de esa tragedia histórica, cada noche, cuando Manuel H. llega del trabajo a la casa, ella no lo ve. La pérdida progresiva de la visión, a causa de la catarata, la ha empujado dolorosamente hacia las sombras. Pero sonríe al escuchar la voz de su esposo, todavía poderosa y amable. Se alegra y le pregunta cómo estuvo el día. Él no la escucha por el daño irreparable de su oído. Se acerca para darle un beso y le responde instintivamente que quiere una panelita de leche para mitigar el cansancio.

*Periodista y escritor colombiano. Apartes del texto de su libro Manuel H. Rodríguez, pionero de la memoria.

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