Justo enfrente del salón comunal, que desde el sábado 10 de mayo se convirtió en una biblioteca con libros de todos los tamaños, computadores, juegos y películas, algunos pequeños del barrio Santa Rosa jugaban a la pelota. Entre risas iban y venían de un lado para otro, felices con el sol que iluminaba la urbanización de Santa Rosa, un conjunto de casas de colores que en el 2004 se convirtió en una amalgama de ciudadanos comunes, ex guerrilleros y antiguos miembros de los grupos paramilitares.
Como si las diferencias políticas e ideológicas se desvanecieran a aquella altura de los cerros de Bogotá, hijos de ex miembros de las Farc, Eln y Auc compartían pelota, goles y gritos, como para confirmar que dentro de una cancha no hay ideologías, pasado o clases sociales que cuenten. Para estos chiquillos la vida de combates, penurias en la selva colombiana y sacrificios eran rastros de un pasado que desconocían. Para sus padres, el barrio Santa Rosa significaba la oportunidad de una vida distinta.
Entre ellos, una, Rosa Elba Durán, boyacense, mirada firme y voz fuerte, coordinaba los últimos detalles para la apertura de la biblioteca de Santa Rosa. Había llegado cuatro años atrás a Bogotá buscando un lugar para olvidar parte de su pasado. Fue justamente en el barrio que lleva su mismo nombre en donde le abrieron las puertas para construir un futuro nuevo, lejos del miedo y la incertidumbre de la batalla.
De las 100 familias de desmovilizados que actualmente habitan el barrio, la de ella fue la primera en llegar. En ese entonces las casas de Santa Rosa costaban ocho millones de pesos y existían posibilidades de que el Gobierno considerara la vivienda allí como uno de los beneficios de la desmovilización. Cuando se enteró, la señora Durán se fue con las pocas pertenencias que le quedaron después de cinco años de pertenecer al Eln y se llevó a su hija, quien también había ingresado al proceso de demovilización.
Los primeros días fueron difíciles. Por un lado, la comunidad se negaba a aceptar su presencia en el barrio. La ignoraban, pues no querían que los identificaran con grupos al margen de la Ley. Por otra, ella, sin saber muy bien por qué, extrañaba aquel uniforme verde oliva que la había resguardado entre la selva por tantos años. El movimiento de la ciudad, la vuelta a esa feminidad que había quedado tras las botas pantaneras y el poder andar por las calles sin temor a los militares, la hacían respirar la tranquilidad de haber escogido un nuevo camino.
Por algún tiempo, esta mujer de rasgos marcados se resignó a aceptar su situación. “Cuando la gente habla de un desmovilizado no se imagina a otro ser humano igual a ella, sino que aparece primero la imagen de un asesino”, suele decir. Con el tiempo comenzaron a llegar al barrio otros “compañeros” que se habían enterado del bajo costo de la vivienda. Poco a poco, los antiguos habitantes de Santa Rosa fueron dándose cuenta de que estas familias tenían los mismos derechos que ellos y que simplemente habían tomado opciones de vida distintas.
“Si nosotros no les dábamos una oportunidad de perdón, ¿quién más lo iba a hacer?”, comentaba en tono de pregunta uno de los habitantes. Lentamente, la señora Durán se fue ganando la confianza y el cariño de sus vecinos. Comenzó a organizar las actividades de la comunidad y con el pasar del tiempo los demás se dieron cuenta de su gran potencial como líder. Ella, por su parte, se centró en trabajar por los demás y en concientizar a sus compañeros de que estaban en una nueva etapa de convivencia, reconciliación y paz. “No le he cerrado las puertas de mi casa a nadie, más me demoro yo en hacerlo que alguien en venirme a tocar”.
En el 2006 fue elegida presidenta de la junta de acción comunal, y en las pasadas elecciones la comunidad la reeligió con un aproximado de 240 votos. “Siempre me ha gustado mucho el liderazgo y trabajar con la gente”, dice. Según Javier Alfonso Forero, gestor local, “desde que los reinsertados llegaron a esta comunidad la gente se ha apropiado más del barrio y se han resuelto los problemas de seguridad y expendio de drogas. Esta es una comunidad sui géneris en donde confluyen ex actores políticos y armados de diferentes tendencias e ideologías”.
En sus épocas de guerrillera, Doña Rosa, como la conocen en el barrio, estaba encargada de la logística. Era ella quien daba las charlas, organizaba la forma de vivir, de compartir, decidía qué comer e instauraba los ideales en la comunidad. Hoy, en Santa Rosa trabaja por una comunidad nueva, incluyente. “Cuando yo incursioné en el Eln pensaba que iba a ver cambios y tenía mucha convicción en su ideología. Dejé todo, hasta perdí mi familia. Ahora no me arrepiento porque esa experiencia me enseñó a valorar la vida, pero tampoco me siento orgullosa de haber pertenecido a un grupo ilegal”.
En este momento, uno de los mayores proyectos de la Junta de Acción Comunal es la apertura de la biblioteca comunitaria. “Esta es una comunidad vulnerable, muchos niños no saben leer, vienen del campo y algunos ni siquiera han visto un computador”, dice Forero. Según el programa de atención complementaria de la población reincorporada, la biblioteca contará con más de mil libros y se espera que más y más ciudadanos se animen a donar ejemplares. El sábado pasado el Alcalde inauguró la casa, pese a que no había un solo libro en las estanterías. En el barrio dicen que la próxima semana se pondrá en funcionamiento. Mientras tanto, los niños juegan a la pelota, o releen el mismo viejo libro que les regalaron tiempo atrás.