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La tragedia de un río que se niega a morir

Bajo la mirada cómplice de una ciudad, ocho millones de personas acometen diariamente el crimen colectivo. No les importa ser vistas, dejar evidencia, ni hacer felonías. Actúan adrede. Con frialdad de asesino le tienden celadas, lo raptan, lo diezman.

24 de agosto de 2008 - 03:04 p. m.
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La muerte del más grande de los siete ríos que transitan por el casco urbano de Bogotá comienza casi desde su nacimiento en la laguna de Los Tunjos, Páramo de Sumapaz. Allí recibe los primeros residuos de pesticidas usados para las labores del campo, tras la extensión de la frontera agrícola hacia la zona de páramo.

En el área urbana de la ciudad el panorama es peor. En vez de frailejones, conejos, patos y cangrejos, el río lleva las descargas domésticas de los enclaves humanos asentados en la zona más pobre de la capital, los residuos de la industria de las curtiembres y parte de los lixiviados producidos por las basuras de todos los capitalinos, que son acumuladas en el relleno sanitario Doña Juana.

Pero más grave que recibir semejante carga de destrucción es no tener por dónde expulsarla. Y eso es lo que le ocurre al río en su cuenca media, en la que su curso fue modificado varias veces para facilitar la explotación minera.

Sin conciencia sobre el daño, los bogotanos riegan luego sembradíos de hortalizas con las aguas del Tunjuelo, o Tunjuelito, como le dicen con eufemismo para hacerle creer que lo aprecian.

Una zona en conflicto por su relación con el río

La cuenca del río Tunjuelo atraviesa ocho localidades de Bogotá y tiene que ver de manera indirecta con otras dos. Está ubicada en una zona que fue habitada por indígenas muiscas y mucho antes por la comunidad Herrera.

Su importancia no se reduce a la producción de agua dulce del río, sino a la articulación del mismo con el páramo más grande del mundo, el de Sumapaz, cuya capacidad de producción de líquido duplica a la del sistema Chingaza. Por atravesar la zona más pobre de la ciudad, la relación entre el río y los 2,5 millones de personas que habitan sus alrededores es causa de tensiones y conflictos de diversa índole, la mayoría de ellos en la cuenca media.

En Usme, por ejemplo, el Distrito tiene planes para construir 300 mil soluciones de vivienda para los menos favorecidos. Durante los estudios previos a la edificación, Metrovivienda encontró un cementerio muisca, hoy estudiado por antropólogos de la Universidad Nacional, a quienes El Espectador acompañó en las labores de excavación y clasificación de los restos humanos.

En la zona de explotación minera de Ciudad Bolívar y Tunjuelito, las tensiones enfrentan a distintos actores. Por un lado, el Distrito y las multinacionales cementeras libran una batalla jurídica en torno a la responsabilidad por las inundaciones de 2002, que dejaron 25 millones de metros cúbicos de agua contaminada en las minas de Cemex y Holcim. Por el otro, los habitantes de la zona sufren enfermedades respiratorias y deben fumigar sus predios con frecuencia para evitar la proliferación de mosquitos atraídos por el pútrido contenido de las minas. Este diario también los acompañó en sus jornadas de deliberación sobre la problemática, que sólo se resolverá el día en que le saquen el agua contaminada a las minas. Y como en esa zona es donde el río se queda sin cauce y recibe la mayor parte de la carga orgánica de las viviendas, el problema tiende a perpetuarse.

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Los lixiviados de las basuras de la ciudad y la problemática con las empresas de curtiembres legales y piratas agravan el cuadro clínico del río, cuya radiografía presenta El Espectador a partir de hoy.

Por Élber Gutiérrez Roa

Jefe de redacción y editor multimedia desde 2008. Fue editor político en Colprensa, Primerapágina.com, El Espectador, CM& y Semana.com. Ganó los premios de periodismo Rey de España (digital e investigación), SIP, Ipys-Tilac, Simón Bolívar y CPB. Máster en asuntos internacionales y especialista en asuntos políticos de la U. Externado. elbergutierrezr egutierrez@elespectador.com
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