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La virgen cegadora

Por aquel tiempo, años 40, la ciencia aún era Lucifer, un demonio semiinvisible que se metía hasta en los más recónditos rincones de sus impecables conventos y lo enturbiaba todo. Hostias, hábitos, sábanas, camas, pisos, rosarios, vírgenes.

04 de septiembre de 2010 - 04:59 p. m.
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Por imposición o por convicción, por miedo al pecado o por simple superstición jamás confesada, la sola palabra, Ciencia, fue mil veces juzgada, condenada y sepultada, no fuera a ser que tal vez, quizás, su veneno terminara por matar la fe, la verdad y el cielo. Copérnico, Newton, Darwin, sobre todo Darwin, todos llevaban en la frente la señal del anticristo.

Estaban prohibidos, como algunos filósofos y escritores, como los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, que igual, las novicias internas compartían por las noches en papelitos dispersos y a veces cifrados y luego se los aprendían, verso tras verso y línea tras línea, porque sólo en sus memorias podían salvarse de la hoguera. Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis: / Si con ansia sin igual /solicitáis su desdén, / ¿por qué queréis que obren bien /si las incitáis al mal?, se decían y respondían unas a otras, pícaras y felices.

Un día de enero, la madre superiora les avisó que a la mañana siguiente saldrían de procesión por las calles del pueblo, Girardot. Que se acicalaran y se guardaran de cualquier tipo de exceso, que el hecho de que fueran a salir no significaba que iban a una fiesta y menos a una feria de provocaciones. Hacía énfasis en la provocación porque sabía, de viejas generaciones, que Sor Juana Inés de la Cruz y sus versos corrían de mano en mano, y en las adolescentes, más tarde o más temprano, producían profundos y diversos temblores. El viernes de la procesión, la madre superiora se vistió con sus mejores galas y su máxima autoridad.

Encabezó el desfile con su gesto más sombrío, gesto de Dios, la Virgen, el pecado y la fe. A mitad de camino la mañana comenzó a volverse oscura, fría. Ella miró hacia el sol y vio que era un anillo refulgente. Es la Virgen, gritó, y cayó de rodillas. Las internas miraron y también se postraron ante el milagro. Se santiguaron mil veces, indiferentes ante algunas voces que repetían Es un eclipse, es un eclipse, no lo miren. El milagro, creían ellas, estaba en el sol, y era un milagro, aunque les hiciera perder la visión.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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