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Las muertes que dan vida

Crónica del trabajo que hay detrás de un trasplante de órganos, desde la sala de urgencias al quirófano.

29 de noviembre de 2008 - 05:00 p. m.
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En medio del barullo de la sala de urgencias del hospital de Kennedy, en el sur de Bogotá, ella, una mujer rubia, alta y atractiva miraba impávida una camilla de donde no provenía queja alguna. “Es mi mamá”.

El doctor Julio Chacón, coordinador de trasplantes de la clínica Reina Sofía y de la Red Nacional de Trasplantes, se acercó y, como si le hablara a un niño que nada entiende aún, en un tono suave, casi paternal, empezó a explicar lo inexplicable, a darle una forma lingüística a un hecho irrepresentable. Mientras tanto, ella se retorcía las manos con un desespero que a duras penas controlaba. En su rostro se había instalado una única expresión, una zona gris en donde aún no se leía pena ni tristeza, sino una mezcla de expectativa y fe, una suerte de creencia en los milagros de última hora. Esa vez el milagro no llegó.

Al terminar su breve discurso, el doctor se acercó aún más y, como si se tratara de un imán llamando al metal, las lágrimas fluyeron de aquella mujer. Ambos se perdieron en un abrazo infinito en la mitad de un lugar por donde pasaban internos, médicos y enfermeras que largo tiempo atrás se habían acostumbrado a reconocer una escena que jamás querrán como propia.

El diagnóstico de la mujer que yacía en una camilla de marca Renaissance (renacimiento, en inglés) era muerte cerebral. En las películas quien aún respira está vivo. Con la muerte cerebral pasa lo contrario: el cerebro se ha apagado para siempre, pero todo lo demás posee una cierta autonomía que imita a la vida. Aquellos con el fatídico diagnóstico pueden seguir respirando con la ayuda de máquinas, pero eso no es vida propiamente dicha, es tan sólo una muerte lenta, una parada hecha en intervalos. “Esa es la parte más difícil de entender para un pariente  —dice el doctor Chacón—. Ver que la persona aún respira está caliente. Parece viva, pero no, ya no hay nada más que se pueda hacer por ella”.

Chacón le dijo a la mujer: “Ella está muerta. Aún respira con la ayuda de una máquina, pero está muerta. No hay nada que podamos hacer. Pero sepan que ella siempre estará con ustedes”. El doctor hablaba de un consuelo usual contra la muerte, probablemente uno certero: se va el cuerpo, pero quedan los recuerdos y las historias, queda la idea de alguien. De lejos se ve el llanto de la mujer. El doctor se esfuerza, pero las palabras sólo confortan hasta un punto. Racionalmente ha asumido el hecho, pero el daño es más profundo, va por otro lado, un camino tanto más oscuro y tortuoso. “Hay algo que se puede hacer. Es un derecho, no una obligación. Si decide donar los órganos de su mamá, puede darle vida a alguien más”.

Instrucciones para un trasplante

Contrario a la creencia popular, no todas las personas pueden donar órganos. Según la ley, sólo aquellos a quienes se les diagnostique muerte cerebral causada por accidente de tránsito, trauma craneoencefálico, trombosis, encefalopatía y tumores cerebrales primarios que no hagan metástasis, pueden convertirse en posibles donantes, siempre y cuando la familia, o la persona aún en vida (en el caso del diagnóstico de un tumor, por ejemplo) den su consentimiento.

Una persona que camina tranquilamente por la calle tiene 15 puntos en la escala de Glasgow, un mecanismo para calcular la cercanía de alguien a la muerte cerebral. Cuando en algún caso el medidor ha llegado más abajo de cinco, el doctor Chacón recibe una llamada a alguno de sus tres celulares o un mensaje en su buscapersonas; la llamada es vital. La alerta debe ser verificada. De ser positiva, luego de una serie de pruebas y el diagnóstico conjunto de un médico y un especialista en neurociencias, un mecanismo calculado, bien engrasado, se pone en movimiento para realizar lo que se denomina rescate de órganos.

Cuando la familia le diga sí a la extracción de los órganos, los médicos comienzan a inyectar en el cuerpo del posible donante una serie de soluciones que retrasan la destrucción de las células, que prolongan por un corto tiempo la vida en el cuerpo.

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Una vez la familia da su consentimiento comienza una invisible cuenta regresiva. Pasarán, en promedio, no más de 12 horas después de emitida la primera alerta hasta que las luces se prenden en el quirófano y una serie de órganos son extraídos de alguien que está más allá de toda ayuda médica, de toda plegaria, para que otra persona reciba una segunda oportunidad en un país en donde muchos no clasifican a la primera, cualquiera que sea ésta.

Después del rescate de los órganos van a la persona que obtenga el mayor puntaje en un programa de computador que maneja la Secretaría de Salud del Distrito, la entidad encargada de toda la operación de extracción y trasplantes de órganos en la región Bogotá, una de las cinco en las que está dividido el país. El puntaje se obtiene con el cruce de variables como urgencia del trasplante, compatibilidad del órgano y tiempo en lista de espera.

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Historias mínimas

“Los familiares consintieron, pero los cirujanos no van a operar”. Horas después de que el doctor Chacón había hablado con la hija, paliado de cierta forma el sufrimiento evidente después de la muerte de una madre, luego de que la familia hubiera consentido la extracción de los órganos, todo se vino abajo. “Los cirujanos no van a realizar el procedimiento porque a la señora se le había practicado un bypass gástrico y hace poco sufrió una peritonitis. El riesgo de infección a la hora de la cirugía, según ellos, sería demasiado alto”.

El doctor Chacón se veía cansado. En su rostro había una seña, muy leve, de derrota. En Colombia, el 39% de los familiares, o los pacientes mismos, no donan órganos. El 20% de las personas en lista de espera de un riñón nunca lo recibe. Con estas cifras en la cabeza, como si se tratara de una suerte de cruz, trabaja todos los días el doctor, con la conciencia plena de que cada posible donante es casi un milagro, un hueco profundo en la desalentadora estadística.

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Aquella vez no fue. Como tampoco lo fue en otras tres ocasiones cuando, en plena cirugía, el donante murió, ya no sólo cerebralmente, sino físicamente. Entonces, por ley, los médicos no tienen nada que hacer, si no cerrar el cuerpo e irse a la casa con la certeza que quien necesitaba ese órgano deberá seguir en la angustiante tarea de esperar.

La muerte que da vida

El reloj marcaba algo más de las 11:00 p.m. cuando empezó la cirugía en uno de los quirófanos del hospital El Tunal.

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El silencio reinaba en el último piso del hospital, donde se encontraban las salas de cirugía. En primer plano un contingente de cinco profesionales, entre cirujanos y asistentes, todos vestidos de azul, como si fueran visitantes de un mundo lejano. En segundo, el cuerpo maltrecho de una mujer debajo de unas luces potentes que pretenden ver más allá de la vida y todo lo demás. En medio, el sonido constante de una serie de aparatos que gracias a la televisión pasan por comunes, pero que tienen la mágica cualidad de darle tono a la vida, de musicalizar la existencia.

Para la mujer que yacía bajo la mirada escrutadora de los cirujanos ya no había ninguna esperanza, ninguna salvación posible o inventada: le habían declarado muerte cerebral.

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Rescate se llamaba aquel procedimiento. Varias horas después, cuando la ciudad aún dormía, los médicos finalizaron su intervención. En la sala de nuevo sólo el silencio. Ya no se escuchaba el terco resoplido del respirador ni el chillido de los instrumentos quirúrgicos. En el piso, en tres neveras, navegaban entre hielo varias bolsas en donde se leía, en una caligrafía firme: Hígado, riñón izquierdo, riñón derecho. Chacón echó mano de su celular y dijo: “El paciente ya está llegando al hospital. Ya se va el equipo para allá”.

La Red Nacional de Trasplantes

En el año 2004 la Red Nacional de Trasplantes fue creada por mandato de ley. Antes todos los trasplantes del país los manejaban unas pocas clínicas de manera privada.

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La Red funciona en todo el territorio nacional, el cual fue dividido en cinco zonas de operación: Bogotá, Medellín, Valle, Bucaramanga y Atlántico.

Cada una de estas zonas tiene un área de influencia. En el caso de Bogotá, la más grande, abarca desde el departamento del Meta hasta el Amazonas. La zona de Medellín se encarga de los trasplantes de Chocó y San Andrés, entre otros.

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Cada zona tiene una institución que encabeza todas las gestiones. En Bogotá la responsable es la Secretaría de Salud, entidad autorizada de decidir para dónde y para quién es cada órgano que se rescata. La determinación se toma de acuerdo con varios factores, como tiempo de espera en lista, compatibilidad del órgano y urgencia del trasplante.

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