Esteban*: Durante toda la semana hablamos con Diego de ir a Pontevedra. Nosotros crecimos allá, luego nos trasteamos para diferentes barrios, pero el plan era vernos con los amigos del barrio. Nunca tuve afición por el grafiti, pero me gustaba verlo pintar.
Daniel*: Estábamos en el mismo curso y todos los días en el colegio hablamos de ir ese día a rayar. También hacíamos malabares, andábamos en cicla. Ese viernes íbamos de “bomba”, que es hacer un recorrido y rayar por el camino.
Esteban: Yo le había dicho a Diego que me guardara almuerzo. Salí de mi casa como las 5:30 de la tarde. Almorcé y me llevó al cuarto para mostrarme unas pinturas que había comprado ese día. Alistó todo en una mochila que yo le había regalado.
Liliana Lizarazo, madre de Diego: Ese día se levantó, como siempre, faltando 10 minutos para las seis y se fue al colegio en buseta. Estaba feliz porque se iba a ver con una amiga de Pontevedra a la que hace rato no veía.
Gustavo Trejos, padre de Diego: Yo lo recogí en el colegio después de las tres de la tarde y fuimos al centro. Compró una caja de 11 aerosoles. Estaba contento porque consiguió un azul que había buscado antes y un naranja fluorescente. Comimos en Pasadena y lo llevé a la calle 170 a comprar boquillas, pero el señor no estaba. Nos fuimos para el apartamento y me dijo que tenía planes. Yo le pregunté si tenía permiso, llamé a Liliana y los comuniqué.
Liliana: Estaba contento, le tomé del pelo porque se iba a ver con la niña. Él se rio y me dijo que eran sólo amigos. Fue la última vez que hablé con él.
Esteban: Como a las seis y media salimos para el mall de la 164 con Boyacá y nos sentamos a esperar a dos amigos de Diego que yo no conocía. Eran Daniel y Catalina*. Estuvimos como dos horas escuchando música en el celular y salimos como a las ocho y media para Pontevedra.
Gustavo: Yo me fui a recoger a mi esposa y llegamos al apartamento como a las siete de la noche. Nos acostamos temprano.
Esteban: El trayecto no era muy largo, uno habla y el tiempo se le va rápido. Ellos firmaban en los sitios más ocultos, Diego hacía el gato Félix y una mano que significaba la paz y Daniel hacía un rostro. Dijimos que si aparecía la policía nos separábamos y hacíamos como si no nos conociéramos.
Daniel: Llegamos a la 116 y Diego estaba rayando el puente, mientras yo miraba si veía un policía. Vi que venía la patrulla y le dije que parara. Hicimos el amague de parar un bus y en esas paró la patrulla. No me acuerdo de nada, sólo que salimos a correr. Los cuatro cruzamos la Boyacá y sonó un tiro. Miré y vi que todos seguíamos corriendo. Yo tomé la Boyacá al sur y ahí me encontré con Catalina. Seguimos corriendo una cuadra más.
Esteban: Yo crucé la Boyacá y escuché un tiro. Seguí derecho por la 116 y me metí por el primer callejón, pero ya estaba cansado y pensé: si me cogen pues me tocará llamar a mi mamá para que me recoja en el CAI. Paré y el policía me pidió que me acercara. No opuse resistencia. Me requisó. En ese momento vi a Diego acurrucado detrás de un árbol. Nosotros le dijimos que no estábamos haciendo nada. El policía me dijo que lo acompañara, pero yo me quedé ahí quieto. Diego le dijo que me dejara sano que yo no estaba haciendo nada. El policía se acercó a Diego, lo levantó y lo requisó. Lo cogió del brazo mientras yo seguía ahí quieto, no sabía qué hacer. Los vi caminar y de pronto el policía se volteó y me dijo “venga”. En ese momento Diego salió a correr. Yo estaba como a ocho metros y había un celador a mi lado viendo todo. Escuché al policía decir: “Ah, este chino marica”. Apenas dijo eso, escuché el tiro.
El celador me dijo: “No corra porque de pronto le pasa lo mismo”. Cuando me acerqué, Diego estaba en el piso, decía que no sentía las piernas, que le dolía mucho. Yo lo miré y no tenía sangre, sólo un orificio en la espalda con una quemadura. Diego le decía al policía que por qué había hecho eso y yo también le pregunté “¿Por qué le disparó?”. Cómo a alguien se le ocurre disparar a esa distancia. El policía no me respondía, me miraba, pidió ayuda.
Diego me dijo que llamara a la mamá, le saqué el celular del bolsillo y quedé en choque. En ese momento se acercó un carro en el que iban dos personas. Les pidieron que lo llevaran a la clínica, lo subieron al baúl. Yo seguía ahí quieto, con el celular en la mano. Cuando arrancó, salí corriendo y le entregué el celular al policía para saber si lo podía llamar y saber qué le había pasado a Diego.
Daniel: Nos quedamos quietos. Vimos una patrulla parqueada, a un policía que salió a correr y que se devolvía y que se iba en el carro. Le marcábamos a Diego y no contestaba. Yo pensaba que estaba en el CAI y que tal vez le habían quitado el celular. Seguimos hacia Pontevedra y como no encontramos a los amigos de Diego, nos fuimos para la casa.
Esteban: Cuando se fue el carro, me quedé solo con el celador y él me dijo que me fuera para la clínica Shaio. Caminé hacia la 116 y vi una patrulla con una moto. Ellos hablaban del tema. Yo les iba a decir que me llevaran a la clínica, pero solo les pregunté donde quedaba la Shaio. Me preguntaron “¿Usted quién es?” y me di cuenta de que con ellos no iba a llegar a ningún sitio. Cogí mi celular y le marqué a Diego, pero timbraba y no me contestaban. A veces me contestaban y nadie hablaba. Me quedé sin minutos. Fui a una cigarrería y recargué mil pesos. Le marqué a Gustavo. Yo seguía pensando que no era grave.
Gustavo: Como a las 10:40 me llamó Esteban, me dijo que le devolviera la llamada. “A Diego Felipe le pegaron un tiro, lo llevaron a la clínica Shaio, fue un policía que le disparó por la espalda”. Liliana casi se desmaya. Fuimos y lo recogimos en la 116.
Daniel: Mi papá me llamó a preguntarme cómo estaba y me contó que a Diego Felipe le habían disparado. Yo dejé a Catalina en su casa y me fui con mis papás para la clínica.
Esteban: Cuando llegamos a la clínica había policías por todo lado. Yo alcancé a ver al que le había disparado a Diego y le dije a Gustavo. Otro policía nos dijo “Y si fue él, ¿qué?”. Entramos con Gustavo y Liliana a urgencias. Ahí afuera estaban los zapatos de Diego y a Liliana le entregaron la tarjeta de identidad. Luego salió un médico. “Las noticias no son buenas, el joven llegó muerto, no se pudo hacer nada para salvarlo”, dijo.
Gustavo: Entramos a verlo, lo acariciamos. El médico nos habló de dos orificios y de los rastros de pintura en las manos. Cuando salí me encontré a un mayor. Le dije que no era justo que lo mataran por pintar un grafiti. Me dijo que había una investigación en curso. Llegó Daniel con los papás. Apenas se enteró, el muchacho empezó a pegarle a la pared, estaba mal.
Esteban: Gustavo llamó a mi mamá. Ella llegó como a la una de la mañana. Cuando salimos ya no había policías y mientras estábamos afuera de la clínica, veíamos un carro de la policía rondando, dando vueltas y vueltas. Nos miraba. Volvimos al lugar del disparo.
Gustavo: Cuando llegué al sitio había tres civiles que les daban instrucciones a los policías sobre qué decir y qué hacer. Cuando se dieron cuenta de que yo estaba ahí, se fueron. Yo estuve al lado de donde cayó mi hijo y no había pistola, sólo unos ladrillos. Me enteré de que la policía no había entregado la escena del crimen al CTI. Nos devolvimos a la clínica y allá un detective me dijo: “Apareció un arma en la escena del crimen”.
Gustavo: La policía dice que eran sospechosos de participar en un atraco. ¿Por qué nunca detuvieron a Esteban, si se quedó solo en la 116? O ¿por qué no detuvieron a Daniel y Catalina, si ellos se quedaron un rato en la Boyacá?
Esteban: Todos los días me pregunto por qué me quedé quieto, por qué me cansé tan rápido. Qué hubiera pasado si el policía me hubiera cogido. Tal vez me habían llevado al CAI y Diego se hubiera salvado. Y si hubiera corrido junto a él o si me hubiera subido con él en el carro, tal vez lo habría mantenido despierto.
Daniel: La última imagen que tengo de Diego es su sonrisa, un sentimiento de paz y alegría que él transmitía. Nos quedaron muchos muros por rayar, muchas aventuras en cicla, muchos malabares por aprender.
Esteban: Él tenía mucha energía y nos contagiaba. No sé cómo era que siempre estaba feliz. He soñado con él. Sueño que corremos, que escapamos de algo. Yo le cogí miedo a la policía.
Daniel: A mí me cambió la vida, porque me falta un parcero, un hermano que siempre estuvo ahí. Mis papás están muy prevenidos. Ya casi no rayo.
UN PROCESO PLAGADO DE INCONSISTENCIAS
Dos días después del asesinato, los padres de Daniel Felipe Becerra denunciaron los hechos en los medios de comunicación. Desde ese mismo momento aparecieron contradicciones en las versiones entregadas por la policía, que justificaban el disparo al joven de 16 años, aduciendo que era sospechoso, junto a sus amigos, de robo a mano armada a una buseta. La investigación empezó en la Fiscalía y fue entregada a la Justicia Penal Militar, el pasado 12 de octubre.
Los apoderados de la familia pidieron la colisión de competencias ante el Consejo Superior de la Judicatura y éste devolvió el expediente a la justicia ordinaria.
Hace una semana, la Procuraduría elevó pliego de cargos al patrullero Wílmer Antonio Alarcón por incumplir con reglas básicas de la actuación de la institución, como el respeto a la vida y el uso de la fuerza y por haber participado en la alteración de la escena donde ocurrieron los hechos.
Además, se ordenó abrir una nueva investigación por la presunta alteración de la escena donde cayó muerto Diego Felipe, en la que se incluye también al teniente Nelson de Jesús Arévalo, comandante de la estación de Suba; al subteniente Madrid Orozco Rosemberg, coordinador del CAI Andes; al subintendente Juan Carlos Barrero Leal y a los patrulleros Nelson Castillo Rodríguez y Freddy Navarrete Rodríguez.
*Nombres cambiados por seguridad.