Como si fueran estrellas de cine, estos “canes” miran desde el improvisado vehículo a quienes se les acercan. Saben que son una atracción en medio del indescifrable caos urbano que inunda la cotidianidad de Bogotá. Con aire opulento dejan que los observen y, a la vez, saben que deben aprovechar estos minutos de descanso antes de que su amo decida estacionarse en una esquina para que sigan sus órdenes.
Se paran en dos patas, dan vueltas, se sientan y hasta se hacen los muertos. Los que transitan a diario por ahí se preguntan cómo los habrán entrenado, y admiran la fidelidad de estos animales por su dueño.