Desde 2001 el profesor Diego Echeverry Campos se desempeñaba como profesor asociado de la Universidad de los Andes y coordinador del programa de maestría en Ingeniería Civil en el área de Ingeniería y Gerencia de la Construcción. Sin embargo, más que un soberbio profesional, un ingeniero impecable, quienes atendieron a sus clases y compartieron con él las largas horas de trabajo, lo recuerdan como un excelente ser humano.
Un ex alumno, con la voz entrecortada, aclaraba ayer, menos de 24 horas después de su absurda muerte como consecuencia de una bala perdida en el norte de Bogotá, que “mucho más que un profesor, Diego era un padre para todos nosotros”. Sus amigos profesores también resaltan esto, sin duda una de sus mejores facetas: la del amigo que acompaña, que secretamente vigila cómo sus pupilos se desenvuelven en un mundo laboral que puede presentarse cruel y despiadado sin la mano que guía y acompaña de alguien como el profesor Echeverry, de Diego, como le decían con absoluta confianza sus amigos y alumnos.
Diego Echeverry Campos era un trabajador incansable, alguien que sabía que la vida es un milagro y que las oportunidades tienen un precio que debe retribuirse, una persona que tenía claro que una sociedad se construye con el esfuerzo de todos, tanto los más privilegiados como los desposeídos. Por esto, cuando volvió al país luego de cursar su doctorado en Estados Unidos, donde se graduó con una tesis que versaba sobre tecnología de avanzada, vislumbró claramente que las necesidades de Colombia eran otras. Desde entonces dedicó su tiempo al desarrollo de la vivienda social. Formó un grupo de trabajo que se reunía semanalmente para analizar los problemas y retos que presentaba el tema de la vivienda. En la misma mesa sentó a los grandes constructores, a las compañías de financiamiento, para discutir las posibles soluciones que harían que muchos colombianos tuvieran un lugar digno para vivir.
En el gremio de la construcción se ganó su reputación no sólo debido a sus conocimientos, su impecable ejecución profesional de los proyectos que acometía, sino por tener claro que había que trabajar por aquellos que nada tenían, que patria se construye desde abajo.
El elogio más grande para una persona el día de su muerte no es recordar sus títulos y logros, sino que se refieran a él como una buena persona, como un ser humano ejemplar, de esos que inflan el espíritu, que devuelven la esperanza, que arrancan lágrimas de tristeza, pero también sonrisas de consuelo.
Como escribió el filósofo Nicolás Gómez Dávila, “La vida es un valor. Vivir es optar por la vida”. Diego Echeverry Campos vivió de acuerdo con sus principios. Fue un hombre que se guió bajo un código ético y moral de gran altura. Será recordado con dulzura por todos sus alumnos, amigos, colegas y familia.