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Memorial de las fuentes olvidadas

A lo largo de la historia de Bogotá el agua, con sus pilas y chorros, fue un elemento importante alrededor del cual se reunían los capitalinos.

15 de agosto de 2008 - 10:38 p. m.
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A la niña le cubrieron la cara con un manto. La encerraron durante seis días con sus noches para que nadie la viera. La sumergieron en la laguna. Luego todos celebraron. Del agua emergió ya no la niña, la infanta desprotegida, sino la mujer que había sido bañada por la diosa Sie, deidad del agua para los Muiscas, investida con los secretos poderes de la feminidad, los lazos oscuros que la acercan al conocimiento de una verdad más profunda, de una existencia más plena.

Al niño lo cubrieron con una manta. Lo sostuvieron unos brazos grandes, como de gigante para aquel cuerpo diminuto. Lo sumergieron en el agua. Todos celebraron. El agua lo purificó. Los poderes ya no provinieron de Sie, sino de Cristo. Los dioses van y vienen, el agua se mantiene.

De los cerros imponentes, mudos guardianes de la ciudad, bajaba el rumor poderoso del agua, un ruido que sonaba como a hermoso desorden. Al llegar a la ciudad seguían su cauce, trazado con años de terca paciencia, de laboriosa insistencia, y cruzaban las calles por donde se atravesaban las mulas, los caballos, la gente; por donde gritaban los comerciantes y los ladrones huían con un pan en las manos. Al final iban a desembocar en las pilas y las fuentes de la ciudad para lavar a los enfermos y a los desarrapados, para deleitar a los poderosos, para consolar a los desolados.

En una época había en la ciudad 37 pilas y fuentes en donde los habitantes de la capital se reunían para conversar, para revolucionarse, para quejarse del estado del país, para declarar el amor eterno a mujeres y causas arteras. Hubo en algún tiempo igual número de chorros a los cuales llegaban las familias para pasar los domingos. Hoy sólo subsisten dos pilas y un chorro a donde peregrinan los bohemios, los nostálgicos y los viciosos.

El agua es un elemento poderoso. Los que viven en sus márgenes lo saben. Los marinos le guardan un respeto milenario. Los poetas han cantado su nombre con cierta reverencia. Alrededor de ella se han planeado ciudades espléndidas, en ella se han podrido los derrotados; ella lleva lejos de sus seres queridos los cadáveres de las mafias y los ejércitos del mal. El Sena. El Támesis. El Neva. Todos nombres que traen a la memoria, sea ésta de recuerdos vívidos o fragmentos de celuloide, grandes urbes, una especie de orden en medio del asfalto y el desbordado afán de los hombres.

El Bogotá, el nombre evoca titulares de periódico donde las palabras corrupción, desfalco y descontaminación priman. En la

capital del país el agua dejó de existir como uno de los pilares de la ciudad para convertirse en un asunto de cobro de factura, de halado de inodoros. Sus ríos fueron olvidados. El San Francisco sepultado por el concreto del progreso. Algunos dicen que aún brama en el interior de las bóvedas del Banco de la República. Sus pilas y fuentes fueron robadas, desmanteladas o destrozadas.

Lo que la ciudad se llevó

El agua convocaba. En varias de las plazas de la ciudad existieron fuentes que invitaban al ciudadano a reunirse, a aglomerarse alrededor del relajante sonido de los chorros. En la Plaza de Las Nieves existía una pila construida por el párroco de la iglesia del mismo nombre en 1665. Fue demolida en 1897 por orden del Concejo de Bogotá, que decidió reemplazarla por una de hierro fundido traída desde Estados Unidos.

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El virrey Ezpeleta mandó instalar en 1793 una pila que sería emplazada en la plaza de San Victorino 100 años después. En su construcción intervino Fray Domingo de Petrés, quien también construyó la catedral de la ciudad y la iglesia de Santo Domingo. La pila permaneció en el lugar ordenado por el virrey hasta finales del siglo XIX. Hoy se encuentra en el lugar la mariposa del maestro Édgar Negret, que tuvo un espejo de agua ahora taponado. Al Parque de la Independencia, con motivo del primer centenario del grito libertador, le fueron adicionados varios elementos, entre ellos una hermosa fuente en piedra de altura considerable y el Quiosco de la Luz. Hoy sólo subsiste el quiosco. De la fuente nadie sabe nada.

La ciudad también se devoró los puentes que pasaban por encima de los ríos San Agustín y San Francisco. Eran algo más de 30. El primero se construyó en 1551 y pasaba por encima del San Francisco. El segundo fue levantado 50 años luego sobre el San Agustín.

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El Mono de la Pila

En 1775 fue instalada una fuente de gran altura coronada por una figura que se atribuía a Neptuno, el dios de los mares en la mitología romana. En tierras del Sagrado Corazón fue rebautizado como San Juan Bautista. Los habitantes de Bogotá no

entendieron quién era quién y se referían al ídolo que dominaba la fuente como el muñeco, el matacho, el Mono de la Pila.

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El Mono yacía al lado de algo llamado “El rollo” o  “El árbol de la justicia”, que era un símbolo de la justicia de los hombres, que también fue utilizado como herramienta de tortura y suplicio.

En este lugar estuvo hasta 1846, cuando fue reemplazado por la estatua de Bolívar. En la plaza, a lo largo de los años, existieron cuatro fuentes, con el mono incluido en el conteo. En ese año la fuente fue trasladada a la Plazuela de San Carlos, donde descansó hasta 1940, año en que encontró su última locación en el Museo de Arte Colonial, donde aún persiste luego de combatir los embates del tiempo, la desmemoria de los bogotanos y los ataques de ladrones y vándalos.

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La exposición

Con la idea de rescatar la memoria del agua en la ciudad, Clara Inés Ángel, una licenciada en bellas artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, quien también es restauradora, se ideó una forma lúdica de contarles a los bogotanos acerca del líquido que los precede.

La muestra no sólo actúa como espejo hacia el ayer, luz que indaga en el olvido, sino como denuncia. A través del recorrido queda una extraña sensación de abandono, de inminente pérdida. Vienen de nuevo las imágenes de las ciudades con ríos majestuosos, caudalosos, llenas de puentes y fuentes y vida, y la pregunta queda flotando: ¿Y Bogotá?

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Conferencias

Además de las fotografías, el video y las piezas que se exponen en la muestra “Agua Fuentes, en Bogotá”, que se puede apreciar del Planetario Distrital, están planeadas una serie de charlas los días lunes con personajes relacionados con el manejo del agua y la filosofía alrededor del líquido. Toda la programación puede ser encontrada en la página de la Secretaría de Cultura.

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