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Mezcla de creencias

Los más de un millón de habitantes de la Localidad 19 llevan 25 años viviendo muy cerca, pero con ideologías tan lejanas y diferentes, que sólo la mente de cada uno puede llevarlos a delimitar sus propios dogmas.

05 de septiembre de 2008 - 03:20 p. m.
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Por las calles, casas y plazas de Ciudad Bolívar se mezclan cientos de creencias, de religiones y dioses, que en el fondo obedecen a un mismo objetivo: encontrarle sentido a la vida. En una esquina de Lucero Alto, por ejemplo, un hombre que aún no ha cumplido los 35 años se autoproclama el Papa del Quinto Evangelio. Invoca al mismo Dios de los católicos, pero su manera de entenderlo y transmitirlo es distinta de aquellas que le inculcaron a él. Diez años atrás armó una banda de rock y reunió con ella y sus recitales a cientos de jóvenes que le cantaban al amor terrenal y del más allá.

En los descansos frotaba sus manos, y con el calor que generaba, soplando, lograba que el recinto de sus conciertos se llenara de bombas de distintos colores. Era un truco, pero sus seguidores no lo sabían. No les importaba saberlo, como tampoco les importaba llegar al fondo de sus sermones. Su carisma era lo que importaba. Y su promesa de una salvación.

En otra esquina, una mujer salió corriendo hace ocho años para comunicarle al vecindario que en una de las paredes de su casa se había aparecido la Virgen. Era una más. La casa se llenó de crédulos, hasta que alguien dijo que él no creía, que la Virgen sólo se le había aparecido a tres campesinos en Cova de Iría siglos atrás. Entonces le creyeron, porque en Ciudad Bolívar creer siempre ha sido un asunto vital.

Esta semana, un hombre barbudo, con el pelo largo, afirmaba que conocía todos los rincones de Colombia mientras viajaba persiguiendo un sinfín de aventuras. Decía que había sido fotógrafo, boxeador, picador de circo, y practicante de artes marciales. Sin embargo, hacía énfasis en que su mayor aventura había sido conocerse a sí mismo, una tarea que lo devolvió de nuevo a las carreteras para predicar este conocimiento en conferencias por todo el país.

Carlos Castellanos ahora tiene 81 años y vive hace 25 en Ciudad Bolívar, encaramado en una de las sinuosas lomas del barrio, del cual clama ser uno de sus fundadores. En algún tiempo residió en un monasterio en Santander, enclaustrado, mientras se encaminaba por una ruta mística que lo llevaría hasta las más altas jerarquías del gnosticismo, las de Dragón y León. “¿Cuándo ha visto a un dragón sin barba y a un león sin melena?”, dice, mientras se arregla el cabello y acomoda un pentagrama que adorna la cabecera de su cama.

Ahora, con diez hijos, participa en el programa adulto mayor de Fabalo (Fundación Ayudamos al Bienestar del Abuelo), en Ciudad Bolívar. Cuenta que nunca ha creído en la suerte, pero conoce todas las trampas de los juegos de azar, y comparte las ideologías del TAO, filosofía que, asegura, “reúne todas las corrientes esotéricas”.

A tan sólo tres cuadras de distancia, en el mismo barrio de Castellanos, Lucero Alto, Jaime Cortés mira al horizonte y recuerda cómo hace casi ocho años su vocación religiosa se vio transformada para siempre. Movido por la curiosidad que le despertó el atavío de un hombre que caminaba por entre el barrio, Cortés se adentró en el misticismo de la Congregación de Israel.

Él, su esposa, María Inés, y sus tres hijos viven hoy bajo las estrictas enseñanzas de los 10 mandamientos y la sabiduría emanada del Génesis.

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Este tolimense que llegó a Bogotá hace 35 años en busca de un mejor futuro encontró en la fe la razón de su vida, lo que lo mueve fuera de la cama en las mañanas.

Los miembros de la congregación consideran que el sacrificio de un cordero es suficiente para limpiar el pecado de los hombres. “Yo no creo en ningún tipo de religión porque para mí son negocio, cogieron a Dios por negocio”, sentencia Cortés. Por eso, cada ocho días, estos fieles invierten su dinero en el sacrificio que realizan en el templo ubicado en una finca en el municipio de Facatativá, Cundinamarca.

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Sus creencias son firmes, sin lugar para la duda. La esposa de Jaime considera que el maquillaje es pecado, ya que de alguna forma éste oculta la suciedad de una persona que debe lavarse con la oración. Asimismo, las sandalias, la túnica y el velo que cubre su cabeza son igual de importantes como el manto, la barba y el cabello largo de su esposo.

Dos familias diferentes, con maneras distintas de afrontar la existencia, de encontrar respuestas en el vacío del universo. Ambas coexisten en el mismo barrio de la localidad que agrupa más de un millón de pensamientos y sentires distintos.

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