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Míster ceros

El cajero automático, una vez más, le dijo "lo sentimos, no tenemos papel".

19 de febrero de 2011 - 04:00 p. m.
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¿Deseas continuar? Él respondió que sí, claro, muy a pesar de la ira que le producía el fluorescente tuteo del cajero. ¿Qué más iba a contestar si necesitaba saber el saldo de su cuenta? Oprimió botones, escuchó el ruido de “trabajo intenso” de la máquina y leyó, atento y atónito, el “muchas gracias” de despedida en la pantalla. Sin saldo, rumiando su ira, intentó averiguar el dato en un pac electrónico. Cero, cero, cero. Su cuenta tenía casi tantos ceros como los que le pusieron en el colegio los curas españoles que lo “educaron”. Saldo efectivo, saldo canje, saldo total. Cero, cero, cero, cada uno multiplicado, además, por tres.

Treinta minutos más tarde, un avezado periodista económico, viejo compañero de universidad, fanático irredimible del Medellín, le informó que el banco había admitido serios y diversos problemas en el sistema, que 3,4 millones de clientes se habían visto perjudicados. “El sistema Dios”, pensó Míster ceros, “porque si te dicen que se dañó el sistema —le dijo al periodista— es como si te dijeran los planetas explotaron, qué le podemos hacer”. Raudo, buscó un préstamo que le concedieron en efectivo. A esas alturas de la vida, intuía que los ceros de su saldo serían poco menos que inmodificables, y debía pagar algunas cuentas, pues las cuentas, dijo, no te dan gabela, con ellas uno no puede decir lo siento, se me acabó el dinero, no tengo papel, no funciono, se me dañó el sistema.

El efectivo, sin embargo, no le sirvió en ningún banco, pues ya eran las tres y tantas de la tarde. Al final, terminó por resignarse. El lunes tendría que ir a los Centros de Atención, pagar, sacar fotocopias de sus recibos, autenticarlos seguramente en una notaría, sellarlos quién sabe dónde, en fin. Después, entregárselos al celador cara de ácido de su edificio y explicarle a la administradora que se iba a demorar un día más, sólo uno más, qué vergüenza con usted. La noche de su mal, como decía una ranchera, llegó a su casa sobre las siete, y encendió el televisor que no tendría señal hasta 15 días más tarde.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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