El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Mujeres de Bosa se plantan contra los violadores

Este viernes se reúnen en la plaza de la localidad para protestar contra el abuso sexual.

19 de marzo de 2009 - 06:01 p. m.
PUBLICIDAD

Una hecho trágico sacudió Bogotá el 4 de julio de 2007: una niña de dos años murió a la madrugada en la localidad de Bosa tras ser violada repetidamente por su padrastro.

Candelaria Martínez escuchó la noticia en la voz de un locutor. “¿Y la madre?”, preguntaba al aire. “¿Dónde estaba en el momento en el que la niña fue abusada?”. Martínez, entonces directora de la Casa para la Igualdad de la Mujer de Bosa, corrió al cuarto de sus hijas y, al certificar que estaban dormidas, apretó la mandíbula y se echó a llorar.

“No podía creer que estuvieran culpando a la pobre mamá y que nadie preguntara por el real victimario: ¡el violador!”, dice, y vuelven las lágrimas. “En ese momento supe que las mujeres teníamos que hacer algo. Teníamos que hacernos oír”.

Y mientras Candelaria –cartagenera, morena, voz firme- exponía al día siguiente el caso ante más de 150 mujeres en un encuentro ciudadano, recibió una llamada en la que las invitaban a integrarse a una marcha para repudiar el asesinato de 11 de los 12 diputados del Valle del Cauca secuestrados por las Farc. Pero ellas tenían un motivo más importante para protestar: la niña violada y asesinada. “No fuimos, nos quedamos llorándola”, cuenta Candelaria. “Si Colombia entera se iba a mover por 11 diputados, nosotras nos íbamos a mover por todas las mujeres abusadas”.

Entonces las niñas, jóvenes y señoras llamaron a sus amigas y vecinas, escribieron pancartas, se tomaron una manzana y se unieron en un abrazo multitudinario. Así nació el Plantón tal y como se conoce hoy en día (aunque ya se habían reunido para pedir por los derechos de las mujeres, nunca lo habían hecho para protestar por las violaciones en concreto): un encuentro que se realiza una vez al mes en la plaza central de Bosa para condenar la violencia contra las mujeres, para acompañar a aquellas que la han sufrido, para hacerles saber a los violadores que se está haciendo algo, que su agresión ya no es oculta. “Es, en últimas, una estrategia que posibilita promocionar los derechos que nosotras tenemos”, explica Ana Mahecha, líder comunitaria que trabaja hace 25 años con la Corporación de Mujeres de Bosa.

Cuando llegó en los años 60 a Bogotá, proveniente de La Palma (Cundinamarca), todas las calles de Bosa eran de polvo, las casas  no tenían ni agua ni luz eléctrica ni teléfono y las mujeres no sabían que tenían derecho a opinar, a protestar cuando sus esposos les pegaban, a decidir cuándo querían tener relaciones sexuales y cuándo no… Eran ellas, las “invisibles”, como les dice Ana, las que cargaban el agua desde las pilas hasta las casas y las que conseguían el cocinol para hacer la comida. “Nosotras traíamos los servicios públicos”.

Ana –pelicortica, enérgica, risueña- es consciente de que muchas de sus vecinas siguen siendo golpeadas, violadas y maltratadas como antes, como siempre. Denuncia encarnizada a los funcionarios de la fiscalía que culpan de sus propias violaciones a las mujeres que usan la falda muy corta y a los médicos que irrespetan a sus pacientes cuando se hacen exámenes como la citología vaginal. Cree, sin embargo, que la situación en la localidad ha mejorado en los últimos años y que muchas mujeres han aprendido a vivir, sobre todo desde que nació el Plantón.

A una de ellas, a Florencia (nombre cambiado para proteger su identidad), todavía se le descompone la cara cuando recuerda su niñez. Habla despacio, entrecorta cada palabra y respira profundo entre frase y frase: “Tenía unos nueve años cuando un familiar me intentó violar… Mejor dicho, hoy me doy cuenta de que sí me violó”. Le habían pedido el favor de que cuidara a su sobrino una noche que su hermana saldría a bailar. Y así lo hizo hasta que le ganó el sueño. Hasta que unas caricias extrañas la despertaron.

No ad for you

Hasta que su cuñado intentó arrancarle los calzones. “Si usted grita, no respondo”, le dijo en voz baja tapándole la boca. La niña, poseída por el pánico, lo vio impotente cuando se abrió los pantalones y empezó a tocarla. Ella rezó en silencio, le rogó a Dios que le quitara a ese “desgraciado” de encima. De repente la esposa, su hermana, lo llamó. “Le dijo que se acostara… Cuando él fue a calmarla, yo me escapé”.

Florencia –botas altas, nariz recta, pelo muy negro y muy liso- les cogió fastidio a los hombres, al sexo, a sí misma. Se sintió tan sucia, tan indigna, tan culpable, que cinco años después tomó insecticida para ver si acababa por fin con la pesadilla de sus recuerdos, pero un médico le salvó la vida. Después de trabajar durante varios años con jóvenes drogadictos y niños víctimas de violencia familiar, llegó hace un año a la Casa para la Igualdad de la Mujer de Bosa, donde conoció a decenas de mujeres que habían sufrido experiencias similares a la suya y otras que, pensó, aprenderían mucho de su experiencia. Por eso contó su secreto. Por eso se unió al Plantón. “Es un grito pacífico”, dice. “En medio de mi gente me siento segura e  importante, les puedo mostrar a los hombres que conozco mis derechos”.

No ad for you

Ya van 19 ediciones del Plantón, que cada día tiene más adeptos. A la última edición, en diciembre de 2008, asistió tanta gente a la plaza de Bosa que fue imposible contarla. Hubo cantos, bailes, poesías. Lo de siempre. Hubo mujeres abusadas que compartieron sus experiencias. Y hubo alertas para que las madres detecten cuando un violador está al acecho de sus hijos e hijas.

Faltan dos semanas para el próximo Plantón. Florencia, Ana, Candelaria y 13 personas más, la gran mayoría mujeres, están reunidas en el domicilio de tres pisos en el barrio Bosa Nova donde funciona la Casa para la Igualdad. Hay abogados, psicólogos, representantes de las mujeres afrodescendientes, de las discapacitadas, de las desplazadas, de las ambientalistas, de las jóvenes… Todas se presentan con dos apellidos para no olvidar a las mamás, y cualquier término lo dicen en masculino y en femenino (los y las, líderes y lideresas, niños y niñas…) porque “el lenguaje construye”.

No ad for you

Después de que una de ellas denunciara que algunos violadores de menores están yendo a los parques acompañados de sus hijos para captar más fácil la atención se sus pequeñas víctimas, Candelaria les explica la actividad del próximo Plantón, el fenómeno de la uña verde: “Al atardecer, cuando el sol se une con el mar, el último pedazo que se alcanza a ver es verde. La idea es que todos nos pintemos una uña de verde como símbolo de que lo oculto, como son los abusos, salga a la luz”.

Será el viernes 20 de marzo a las 2 de la tarde. Candelaria espera que ese día, como siempre que hay Plantón, las familias almuercen temprano y caminen juntas hasta la plaza. Y que una mujer, aunque sea una, tenga la fuerza para denunciar a un violador. Y que un violador, al menos uno, se de cuenta de que sus abusos ya son conocidos públicamente.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias