Los seis niños que iban en la primera fila de la marcha, sosteniendo un cartel con letras azules que rezaba: “Tenemos derecho a la protección para que no nos hagan daño”, se descordinaban a cada paso. La profesora les repetía que mantuvieran el ritmo, “que están muy adelante, que van muy atrás, que suban más la pancarta”. Los pequeños, de unos seis años, no entendían las instrucciones de la maestra, pero sí sabían de memoria el motivo de esa caminata. “Queremos la paz”, decían, así, sin más explicaciones.
Eran más de 3.500 los estudiantes de sudadera verde y camiseta blanca que caminaron desde las cinco sedes del colegio José Martí, en la localidad Rafael Uribe Uribe, hasta la avenida Caracas. Protestaban por la violencia en sus barrios, porque a la salida del colegio las amenazas con un revólver o una navaja se volvieron rutina, porque los profesores están renunciando o pidiendo traslado a otras instituciones por la misma inseguridad y el mismo temor a un disparo o una puñalada.
Marchaban, principalmente, por solidaridad con tres de sus compañeras de clases, quienes fueron víctimas la semana pasada de un acto de celos o de intolerancia y recibieron un baño de ácido en el rostro, las piernas y el cuello y en el brazo derecho. “Ése fue el detonante —dice Jairo Gómez Ramos, edil de la localidad—. Pero la situación de inseguridad, de pandillas, de venta de estupefacientes y de atracos, venía desde hace mucho tiempo”.
En cada paso que transcurría la marcha, los niños se iban desordenando más, y las filas uniformes que salieron de los colegios se fueron convirtiendo en muchos corrillos desordenados que sólo coincidían en los clamores. “Por el derecho a la vida y a la dignidad humana, colegio San Martín… presente, presente, presente”, respondían en un coro desafinado los estudiantes.
Las compañeras de Erica Vannesa Vanegas, Geraldine Reyes y Paola Francini Sandoval, las tres jóvenes quemadas con el ácido a la salida del colegio, decían a voz viva que estaban cansadas de las agresiones contra los estudiantes y los profesores. “No queremos que lo de Erica se vuelva a repetir, decía una de ellas. La joven de 14 años continúa en el hospital, con su rostro vendado, preparándose para un sinnúmero de intervenciones de reconstrucción. Las otras dos menores ya fueron dadas de alta.
“Éste es un llamado a la comunidad para que protejan y defiendan su colegio, que es lo más importante que tenemos”, decía en medio de la marcha Martha Janneth Bolívar, alcaldesa de la localidad.