¿Cómo surgen las restricciones recientemente aplicadas por la Administración?
El Decreto 013 aparece en un momento, por decirlo de alguna forma, de cierto desbarajuste. Esta es una medida transitoria, puesto que está basada en una norma anterior, y es necesario que sea transitoria por lo siguiente: nos preocupa mucho que genere, a manera de respuesta, situaciones alternas, paralelas, de ilegalidad. Ahora, y esta es una reflexión no institucional, yo noto que se empezó a generar un clima de opinión alrededor de cuál debe ser el contenido de la rumba en la ciudad: que tenga buen contenido, que sea sana, que siga favoreciendo a la ciudad en términos de generación de empleo. Mire, sólo en la rumba que se maneja en Kennedy hay cálculos que sólo en ese sector le da empleo a 16.000 personas. En una situación de recesión económica, de necesidad de crecimiento, Bogotá necesita trabajar 24 horas. Nosotros hemos dicho que no se trata de satanizar la rumba, no se trata de eso. Es más de recuperar las condiciones normales en las zonas que nosotros consideramos críticas, de intervención prioritaria.
Es conveniente que la ciudad empiece a pensar de cómo organizamos mejor la rumba. Hay propuestas: unos dicen que el horario de cierre sea, para todos, a las 4:00 a.m.; algunos proponen la implantación de una especie de cédula de autorización de venta de licor para que esa especie de licencia cubra riesgos que se puedan derivar del consumo; otros proponen la venta de una tarjeta de consumo, con un cupo determinado para consumir, cuando se acaba el cupo, pues ya no se puede consumir más. Iniciativas hay, pero el debate se ha centrado mucho en la medida y no en que la rumba es necesaria para la ciudad.
¿En ese marco, por qué se pensó en la restricción de circulación para los menores?
Encontramos, que, sobre todo desde 2005 y 2006, cuando profundizamos los análisis de riesgos y caracterización de violencias, en algunos casos de escasa vigilancia, de déficit iluminación, de manejos mafiosos y delincuenciales en la calle ellos están sometidos a riesgos muy altos y aparecen entonces como víctimas y victimarios. En ese escenario comenzamos a buscar soluciones y nos encontramos una norma vieja que posibilitaba la restricción a la circulación de menores, no es algo que se haya inventado recientemente. En unas zonas difíciles, como algunas UPZ (Unidades de Planeación Zonal) de Suba, comenzamos a aplicarla. Para sorpresa nuestra, se redujo en 22% el total de los delitos y en un porcentaje mayor la vinculación de niños y adolescentes a estas actividades. Después de tres meses de observar los resultados, pensamos en aplicarla en Ciudad Bolívar (la localidad número uno en población joven de toda la ciudad). Y la medida, de ahí en adelante, se difundió. Al día de hoy se aplica en 10 sitios, no en la totalidad de las localidades, sino en cuadrantes especiales dentro de estas.
¿Ante el toque de queda para los menores, cuáles son las alternativas para los jóvenes, la Administración qué opciones les brinda?
Hay varios programas. Por ejemplo, “Jóvenes conviven por Bogotá” es un programa de la Secretaría de Gobierno que pretende identificar y apoyar financieramente expresiones juveniles artísticas, de apropiación de espacio y laborales que tiene un cubrimiento de unas 63 organizaciones juveniles. Nosotros hemos querido aprovechar la oferta musical gratuita de la ciudad, que es la más grande de Latinoamérica, para mirar si somos capaces de hacer lo mismo, de manera desconcentrada, en sitios claves de la capital, llenar los espacios públicos de una programación que sea alusiva a las demandas juveniles. Ahora, el problema no es sólo llenar de contenido el espacio público para los jóvenes, sino también llenar de interés el espacio familiar. Sin embargo, lo que sucede en muchas partes, y lo hemos vivido con los menores que son recogidos durante la noche, es que al llamar al padre de familia este no lo recoge. Habría que hacer una reingeniería del espacio familiar. En últimas, la discusión es: ¿Qué tanto somos capaces de descongestionar de violencia los contenidos? La apuesta de fondo es hacer de Bogotá un ejemplo de que es posible consolidar una sociedad sin prácticas violentas.
¿Alrededor de la percepción que se tiene de los jóvenes, la percepción más general de la ciudadanía, qué tanto de lo que perciben los ciudadanos se traslada a la realidad, a los hechos?
Hay una alta percepción de que el joven en la calle es un problema, pero tras eso hay demasiados prejuicios realmente. Nosotros hemos hecho el ejercicio de sentar a los jóvenes y a los padres para que los primeros expliquen por qué actúan como actúan, su vestimenta, sus posturas ideológicas. En estas experiencias nos ha llamado la atención que el padre de familia no tiene idea por qué su hijo de viste de una manera determinada; da el dinero para comprar los zapatos que son, por ejemplo, pero nunca pregunta por qué esos y no otros: en últimas, lo que se evidencia allí es que hay una ruptura entre el padre y el joven. Hay demasiado estereotipos y prejuicios alrededor del comportamiento juvenil. El trabajo que hemos desarrollado en Bogotá es explicarle a la ciudadanía en general que en la capital hay muchas formas de sentir/ser (Planeación dice que son 600) y que estas expresiones deben protegerse y fomentarse; el trabajo es hacerlo sin violencia. Para eso nos inventamos, por ejemplo, los enlaces de las diferentes culturas con la Policía; estos funcionan, con altibajos, es verdad, pero existe el referente institucional con el cual las diferentes formas de expresión juvenil pueden dialogar.
Por otro lado, también hay un factor psicológico que sale a relucir en las encuestas de percepción de seguridad. Los riesgos y las inseguridades son más percibidas por los adultos mayores, sobre todo cuando superan los 40 años, y los que tienen más alta percepción de seguridad es el grupo entre los 16 y 35 años. Hay varias razones, una es que este grupo tiene una mayor apropiación de los espacios; la persona se siente más segura en el lugar que más conoce, el conocimiento del territorio por parte del joven le genera cierta desinhibición frente al reconocimiento del riesgo. Ahora, ya con cifras en la mano, como el número de veces que en un mismo sitio se comete un delito, uno sabe que ahí hay un riesgo y que le corresponde tomar medidas. Se llega a tal grado de reconocimiento del territorio, de apropiación, que en algunos casos los riesgos son considerados como parte del ritmo normal de un lugar, como parte del escenario. Entonces, mientras más se aleja la persona de su territorio, más insegura se siente. Para superar esto se debe generar una dinámica de intercambio más fuerte para reconocer que en Bogotá hay de todo.
¿Desde la Administración cómo es el escenario de la rumba en Bogotá?
En la rumba la ciudad tiene un espacio de socialización muy atractivo. Desde nuestra perspectiva, teniendo en cuenta la cantidad de gente que sale a divertirse de viernes a domingo, que es entre 1´700.000 y dos millones de personas, realmente hay más convivencia que violencia en la rumba de Bogotá. Y hay expresiones de rumbas muy diversas. Se van configurando espacios que adquieren las características de los usuarios. Eso en el territorio de una ciudad que se ha desarrollado tan poco planificadamente genera muchos conflictos, que se han tratado de resolver dándole un orden al territorio, pero también generando las condiciones de interlocución con los actores de esa rumba.
¿Varias de las medidas tienden a atajar el consumo de alcohol, entonces, cuál es la visión que se tiene de esta práctica?
Las prácticas de socialización y de rito colectivo, en unos sitios del país más que otros, están muy ligadas al consumo de alcohol, está ligado estrechamente a una práctica cultural. En Bogotá la preocupación tiene que ver con que notamos un mayor número de jóvenes consumiendo desde más temprana edad; además, lo que los expertos llaman práctica de consumo, tiende a ser excesiva; se ha vendido la idea de que tengo que tomar hasta emborracharme. El per cápita de consumo de licor en Colombia puede ser mucho menor que el promedio de los países que tienen una práctica cultural de consumo de vino o cerveza y en esos países no está ligado con problemáticas de convivencia o alcoholización, simplemente porque el patrón es distinto. No solamente es la cantidad o las zonas, sino la forma como se consume.