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Notas sagradas del pasado

La Semana Santa es una celebración que pasa por la música.En Bogotá se escuchan durante esta época antiguas melodías provenientes en su mayoría de Europa, que han influido en la forma como se viven los días santos en diferentes partes del país.

19 de marzo de 2008 - 02:17 p. m.
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Las aguas se agitan y braman. Violentamente se estrellan contra la quilla del barco. Por momentos la embarcación parece sucumbir a la furia del océano Atlántico. El viaje hacia América, en pleno siglo XIX, sigue siendo una empresa arriesgada, una guerra contra los elementos.

Las bodegas del barco van atestadas de víveres y mercancía. Cartagena es la parada inicial para las maravillas que vienen de Europa. De ahí serán regadas por todo el Magdalena, como si se tratara de semillas que se esparcen en un cultivo.

Entre los muchos objetos que traen los barcos mercantes, cordón umbilical que une el viejo continente con América, se encuentran un piano, un cartapacio de partituras y otros instrumentos musicales. Su primer destino es Mompox.

Las partituras hablan de tristeza y dolor. Se trata de marchas fúnebres escritas para conmemorar la pasión y muerte de Cristo. Los compositores son, en su mayoría, italianos y españoles. Influenciados por las composiciones traídas desde Europa, los músicos locales escriben, a su vez, obras para celebrar, por medio de la música, la Semana Santa.

Luego de parar en Mompox, el vapor devora kilómetros de río hasta acercarse a las estribaciones de la cordillera. Del barco se pasa a la mula. El viaje continúa por las sinuosas laderas de las montañas, a través de la tortuosa geografía que lleva al interior del país. Santa Fe de Antioquia es su siguiente parada.

Allí son entregadas nuevamente unas partituras. Su contenido es una especie de lamento antiguo, de canto medieval llamado miserere. Su origen, de acuerdo con la antropóloga María Teresa Arcila, se puede rastrear hasta Toledo, España. Este canto hace parte del rito toledano, predecesor del rito romano, que luego se instauraría como la norma para el mundo católico.

Al igual que en Mompox, los compositores de Santa Fe de Antioquia, siguiendo el sendero trazado por la música europea, escriben sus propios lamentos, sus testimonios de aflicción y esperanza para celebrar la Semana Santa.

Es el caso de Leoncio Robledo, un músico de aquel siglo que nace impetuoso en el ocaso de la Revolución Industrial, quien escribió marchas en donde el dolor y la nostalgia son las notas predominantes, los sentimientos que conducen la música entera. Sin embargo, la tristeza que embarga al compositor no se desprende de la pasión de Cristo, sino de su propia experiencia personal.

La muerte de su esposa y el suicidio de uno de sus hijos sumergen a Leoncio en un profundo estado de tristeza, de trágico estupor, que lo lleva a exorcizar sus fantasmas a través de la música.

Tanto el miserere, como los trabajos de Leoncio Robledo y de los compositores españoles e italianos, que llegaron en barco de vapor y a lomo de mula, siguen siendo usados hasta el día de hoy en la Semana Santa de Mompox y Santa Fe de Antioquia.

El conocimiento ha sido pasado de boca en boca y constituye un pequeño tesoro para los músicos de las bandas locales. Cada año estos guardianes del pasado desempolvan su memoria para tocar piezas que cubren con un sentimiento de identidad la Semana Mayor en estos lugares.

“Su Semana Santa se hace única mediante la interpretación de estas marchas y cantos. La música se transforma acá en un elemento que otorga reconocimiento y distinción a esta celebración en aquellos sitios”, dice la antropóloga.

Pero si es la exclusividad lo que define la Semana Santa en Mompox o en Santa Fe de Antioquia, en Bogotá la palabra que encarna el sentimiento de esta celebración es diversidad.

Según el padre Alfonso Rincón, del centro Música en los Templos, en las iglesias de Bogotá se escucha en Semana Santa una amplia variedad de estilos musicales que abarca cantos gregorianos, como el del lavatorio de los pies; el pregón pascual, obra antigua compuesta originalmente en latín, y música de Bach y Haendel, compositores que fueron introducidos a la tradición por los protestantes en tiempos de la Reforma.

Para el padre Rincón, la música religiosa no es algo enterrado en los anales de la historia, lúgubres melodías de un tiempo remoto y perdido. “En la Semana Santa se conmemora el sufrimiento de Cristo, así como el de toda esta humanidad dolida que se pierde en la vorágine de la violencia. Pero, al mismo tiempo, es una celebración porque hay una esperanza de renacimiento, de resurgimiento a una mejor manera de vivir. Esto también lo refleja la música: es una mezcla entre himnos que hablan de la muerte y alabanzas que festejan el triunfo de la vida”.

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