La parálisis fue reacción y luego estupidez, absurdo, locura. Eran las ocho de la mañana. Sonó el timbre. Él caminó hacia la puerta porque igual ya iba de salida, vestido de futbolista callejero. Cuando abrió, se encontró a boca de jarro con un señor muy alto, muy digno y lejano, vestido de golfista de club.
Era el presidente de la República. Él lo había visto en los periódicos y en los diarios. Conocía su voz, aunque aún no le hubiera dicho “Hola mijo, ¿tu papá está?” Se sabía sus inquisidoras miradas de memoria, aunque todavía él, repleto de pánicos, no hubiese ido a decirle a su papá que el señor presidente lo estaba buscando, aunque no hubiera regresado con un maletín para entregárselo con cierta altanería, “que acá le mandan”. Nadie se lo había presentado en persona. Nadie le había dicho éste es el doctor tal de tal, presidente y bla, bla, bla.
¿Por qué lo iba a llamar señor presidente con toda la pompa?, se justificaba rumbo a su fútbol. Según las eternas y centenarias normas de la Urbanidad de Carreño, que tanto le habían repetido, antes de una primera conversación debía haber una formal presentación. ¿Por qué tenía que cambiarlo todo ahora, entonces? ¿Por un presidente? ¿Un simple presidente? ¿Acaso el país no era un desastre como decían siempre sus amigos y él lo vivía y leía día tras día, y ese desastre había estado guiado por presidentes como aquel que acababa de encontrarse? Sin términos medios, de las excusas, sus propias excusas, pasó a la ira y la indignación. “Un presidente también podía cargar un maletín, no le faltan las manos”, murmuró después, o mejor, masculló. Quiso devolverse para decirle unas cuantas cosas al señor presidente, pero la buseta iba muy rápido y él ya estaba lejos. En el fondo y la superficie, también sabía que no iba a ser capaz de enfrentarlo, ni a él ni a su padre, que cuando los viera, si los veía, iba a agachar la cabeza como siempre y obedecer.
Había obedecido, eso. Diantres, como exclamaban los muñecos de sus tiras cómicas predilectas, lo único que él había hecho era obedecer. ¿Está tu papá?, le preguntó el presidente. Sí señor, ya se lo llamo, respondió él, muy obediente. Dile que me espere y llévale el maletín, ordenó su padre. Eso fue lo que él hizo, al pie de la letra. Se lo entregó. Nadie le dijo que tenía que llevarlo al baúl, esperar a que el señor presidente lo abriera y guardarlo. Nadie le dijo, tampoco, que debió haber sido gentil e invitar a pasar a la casa al señor que estaba en la puerta. Y a él no se le ocurrió nada de eso. A fin de cuentas, tanta orden y tanto castigo le habían eliminado su capacidad de decidir, y ese domingo, en la noche, vendrían más castigos, más insultos, precisamente por obedecer.