Los había visto algunas veces, la mayoría en el Centro. Siempre sentados en una banca incómoda, trabajando sobre una mesa enclenque y con sus deterioradas máquinas de escribir. La gente se acercaba, los saludaba como si los conocieran de toda la vida y juntos redactaban algo. ¿Qué? Pensé que podían ser desde tutelas hasta cartas de amor.
Hace dos meses, cuando la Secretaría de Hacienda cambió el sistema de pago del impuesto predial, tuve que ir hasta sus instalaciones, en la calle 26 con carrera 30, y entonces los volví a ver. Con la duda, me acerqué al celador del edificio, quien me explicó que el trabajo de estos mecanógrafos es asesorar: “Le dicen qué hacer para cada trámite. Y si quiere, también le hacen las vueltas y se evita las filas”.
Me pareció curioso que justo ahora, cuando se supone que todos los trámites son más fáciles por internet, la gente prefiriera ir hasta este punto y pagarle un poco más a alguien. Con el nuevo sistema, en el caso del predial, usted puede descargar el recibo con un clic y pagarlo en cualquier banco. Pero, al parecer, no todos están dispuestos a aprovechar esa opción.
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Luis Cubillos tiene un carácter fuerte. Me acerqué temerosa después de ver a lo lejos su cara seria y su ceño fruncido. Le explico que tengo curiosidad por conocer su trabajo, que nací cuando los computadores eran una realidad y que las máquinas de escribir sólo son reliquias de periódicos.
—¿Qué quiere saber?
—¿A qué se dedica, don Luis?
—¡Pues a qué va a ser! Yo soy un asesor tributario. No tengo oficina, pero desde aquí le ayudo a la gente. Soy mejor que cualquier centro de atención del Estado. Todo lo que tenga que ver con papeles me lo sé. El predial, las declaraciones de renta, los certificados de ingresos, los reclamos, las solicitudes. Todo lo que usted necesita lo sé.
Cubillos trabaja a la intemperie como asesor tributario desde hace 26 años. Sus recuerdos dicen que al principio el oficio era más complicado, pues aunque había más personas interesadas, no contaban con el permiso de ocupar el espacio público. Así que cuando llegaba la Policía debían agarrar sus pesadas máquinas, meter como pudieran los papeles a su maletín y huir del lugar, a veces con cliente a bordo.
Después llegó el aval del Distrito de turno y les permitieron permanecer en la calle. La situación mejoró por ese lado, pero después empeoró por la baja clientela. La tecnología avanzó a pasos agigantados y, cuando se dio cuenta, las personas ya podían resolverlo todo a través de internet. Bueno, no todas. Así que con esa excepción decidió continuar con su trabajo y buscar la manera de mejorarlo.
A sus 74 años, no hay nadie que le saque de la cabeza que internet es inseguro con el manejo de datos y que en el caso de los trámites estatales usualmente hay fallas en el sistema. O peor, tienden a ser muy complejos : “Eso no lo entiende nadie y a veces toca sacar muchas claves y preguntas. La mayoría de personas que vienen aquí son viejitos que prefieren todo en papel y en efectivo. Mija, yo le digo algo: no hay nada mejor que el efectivo”.
Él llena los formularios por ellos y hace cartas con su máquina de escribir, que cambia en caso de deterioro por sólo $30.000. Admite que es pesada, aunque destaca que resiste cualquier situación. Es chapado a la antigua, pero reconoce las ventajas de los computadores. Una temporada intentó utilizar un portátil, pero lo dejó debido a la inseguridad bogotana. Además caía la lluvia y no podía sacarlo de su maletín, o el sol de mediodía no le permitía ver la pantalla. Entendió que no siempre la tecnología más avanzada se ajusta a sus necesidades, así que volvió a su máquina de escribir.
Sin embargo, como la gente le exigía papeles que sólo pueden descargarse a través de las páginas web, le propuso a su hijo de 27 años entrar al negocio de las asesorías. Entre los dos alquilaron un lugar donde hay un computador y una impresora. Mientras Cubillos repasa el papel y se encarga del puesto en la calle, Miguel Ángel está al mando del local y de los trámites por internet. Lo que Marx llamaría una oportuna división del trabajo.
De todas formas, Cubillos se ha esforzado por entender también cómo funcionan en la web, pues debe estar bien informado ya que es la cara del negocio y el hombre de confianza. Su éxito, dice orgulloso, ha sido su “honestidad, cumplimiento y excelente presentación personal”. Sonríe y toca su boina.
Además tiene un manejo de los números envidiable. En su puesto de trabajo siempre hay una calculadora que, para ser honestos, es más útil que la máquina de escribir, aunque a las dos las elogia por igual. La memoria le falla cuando intenta recordar anécdotas de su oficio, pero vuelve victoriosa para repasar porcentajes, tarifas y cálculos. Cuando alguien lo contradice, no descansa hasta demostrar que tiene la razón: “Podré tener mis años, pero he leído y he bregado mucho, señorita”.
Siempre tiene formularios listos para los clientes o llama a su hijo para imprimirlos en la oficina. Si la persona necesita irse, le paga un valor adicional para que Cubillos se encargue de todo el proceso. “Yo ya no pierdo tiempo. Desde que lo conozco, le doy una propina justa y me voy de nuevo a mi negocio. Prefiero darle esa plata a él a perder casi $200.000, pues me toca cerrar mi local mientras realizo estos papeleos”, dice Francisco Correa, cliente fiel del lugar.
En la acera que bordea el Supercade de la 30, el sonido que prepondera es el de las teclas de las máquinas de escribir. Cinco mecanógrafos llegan desde temprano para solucionarles los problemas a quienes no quieren entrar al mundo de internet, no tienen cómo acceder a un computador o están confundidos. A pesar de que el Distrito quiso simplificar los procesos tributarios a través de su página web, aún hay una desconexión entre los ciudadanos y estos medios, sobre todo en la población de adultos mayores.
Ese día que visité la famosa calle de los mecanógrafos llegó un señor de 75 años, perdido y preocupado porque casi se vence el predial. En efecto, ayer se cumplió el plazo y él quería pagarlo por cuotas, porque escuchó en la radio que existía esa opción. Don Luis llamó a su hijo, le dio los datos y en cinco minutos el hombre tenía sus cuatro facturas. No tuvo que preocuparse por generar claves o enlaces. Revisó, agradeció y se fue a pagar la primera cuota. Aunque Cubillos sabe que poco a poco disminuirán sus clientes, cree que en algún momento habrá alguien que necesite de su ayuda. Él atesora una característica ausente en los demás y es que disfruta de algo que la mayoría de los ciudadanos odian: hacer trámites y pagos con entidades del Estado colombiano.